Hubo una época en que me encantaba hacer balances: premiaba y sancionaba con absoluta conformidad conmigo mismo, con sólida convicción y firmeza, prestigiaba a mis adentros lo que me había conmovido durante el año por acabar, elegía lo que me había decepcionado, más de lo primero, por no ponerse uno derrotista. Eran cálculos privados, no precisaban ser volcados a lo sumo, entre copas, comentar con los amigos, por ver sobre todo si algo era compartido, si J. o R. o A. opinaban como yo y censaban o escrutaban su año al modo en que yo lo había hecho. No eran decisiones muy pensadas las mías, sino montadas mientras se me iban ocurriendo. Tenían el maravilloso valor de lo improvisado, a pesar de que esa iniciativa esté a veces malhadada, convertida en recurso poco fiable, en pequeña licencia creativa. Al abrir hoy el año, tan infame en tanto el apartado , se me ha ocurrido, abonado a una copia generosa de anís, no hacer peso de los días, no pedir, no rememorar el tiempo vencido, podría aligerar la esperanza de que éste prospere a su antojadizo capricho. Lo hará con ajena voluntad. Yo obraré con la propia mía. Eso dice uno.
