Es frágil la espera. Tiene trazas de euforia y de desaliento. Se adhiere sin entusiasmo, ocupa los huecos que deja la debilidad y lastra toda la herrumbre y todo el temor. El tiempo en que transcurre posee otra velocidad: se desquicia, se corrompe, malogra la memoria y emponzoña el porvenir. No sabe uno cómo manejarse en ella, qué hacer para distraerse y pensar poco o no pensar nada. Por más que se crea adiestrado el oficio de esperar, siempre hay un resquicio, una voluntad ajena que socava cualquiera que podamos disponer y nos postra. Esperamos a que tercie la fortuna en favor nuestro. Decimos fortuna cuando no siempre es ella, pero confiamos en el azar, es más soportable, se deja mejor. Ahí seguimos. Esperando.
