Revista Cultura y Ocio

Dietario 166

Por Calvodemora

No tener atisbo de reproche a quien nos defraudó o no complació cómo queríamos y, a la vez, por más que uno refrene el rencor o se afane en aliviar el daño o en zanjarlo, disfrutar privadamente de la falta que se nos hizo, guardar un resto de dolor del que valerse cuando otro dolor acuda y así poder pesarlos y arrimar al olvido al menos hiriente, el que solo nos visitó y con frívola intendencia malogró algo que se amara o de lo que tuviéramos afecto especial, no es difícil eso. No reprochar o, más personalmente, que no se nos reproche. Reprochar es dar censura tasada y tangible, que prospere cuando se ejerce y dé alivio a quien encomienda a su ejercicio algún tipo de satisfacción. No se nos satisface, esto es visible. Se anda ahí, en el cobro de lo esperado, como si cuanto se haga tuviese su retorno en favores o en gracias. Esta me la debías, ha dicho hoy un hombre a otro en la terraza del bar. Ya estamos en paz, sentenció. Luego se han echado en cara las faltas acumuladas. Tú hiciste aquello y yo lo tenía guardado. Tú debiste decirme. Tú creías que podíamos ser amigos, así sin más. Hasta hubo apretón de manos. Aquí paz y después gloria. No se cohibían en reprimir esos reproches, aireados en voz alta, no importándoles qué pensara quién no pudiera evitar hacerse cargo de la trama antigua de pecados y de absoluciones. La vida misma.


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