El amor es siempre bossa nova, el amor es siempre Copacabana.
Carezco de solemnidad, carezco de triunfalismos, carezco de metafísica, vivo sin alardes, vivo sin trascender, me arrimo al arrobo de mí mismo, me conforto, fluctúo entre la conmiseración y el diletantismo.
Hay un francotirador en el texto, te tiene a ojo, Sigmund Freud.
Lleva La montana mágica de Thomas Mann veinte años en el mismo anaquel. Cojo el libro de cuando en cuando, le limpio el lomo, abro unas páginas, busco el pasaje en el que, en una tormenta, Hans Castorp se prenda de la pureza de la nieve y se refugia en una cabaña, en donde fantasea con la posibilidad de una felicidad que sabe imposible, pero no lo encuentro.
