Revista Cultura y Ocio

Dios salve a la reina – @tearsinrain_

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

[ Este relato es la continuación de “Telebasura”, publicado en de krakens y sirenas el 26 de mayo ]

CUATRO

El monorraíl se eleva poco después de arrancar, solo unos metros por encima de la estación protegida. A medida que asciende, la perspectiva de las barracas cambia y pasa de ser un amontonamiento de precariedad a un feo mausoleo de techos de madera, de distintos tonos de marrón, todas prácticamente iguales en tamaño y forma salvando alguna excepción. Siempre hay alguien mirando subir el transporte: niños corriendo o perros ladrando hasta que la velocidad del tren les va alejando, hombres o mujeres observando con ojos cansados a aquellos privilegiados que pueden permitirse el lujo de abandonar, y también miradas de odio de personas ya mayores que alguna vez pudieron subirse. La esperanza de vida entre ellos es de sesenta años, así que a los 40, cuando su piel empieza a arrugarse y las heridas dejan de sanar, cuando los huesos muestran síntomas de deterioro, la fatiga se asienta y la esperanza se borra completamente de su mente, entonces ya se les ve viejos.

El monorraíl tiene cuatro estaciones en aquel sector, y todas están envueltas de paredes de cristal irrompible, y en partes donde la situación no es la más dramática. No hay estaciones donde la gente vive bajo cartones o bajo plásticos, ni evidentemente tampoco en los vertederos. La vía forma una larga uve, elevada cuatro metros por encima del suelo e iniciando un suave descenso hasta la estación, para alzarse nuevamente. Allí, donde los Amarillos que trabajan para el servicio de limpieza suben y bajan, la seguridad es suficiente. Allí, Janus mira con rabia y tristeza por la ventana reforzada mientras, a lo lejos, se divisan los bloques de pisos de los Grises, como muralla infranqueable. Desviando la vista, el hombre de barba descuidada y que tapa su incipiente calvicie con una gorra negra no reglamentaria, sigue el recorrido del transporte elevado dando un rodeo gigante por la zona donde se amontona la gran mayoría de la sociedad y la inmensa mayoría de la miseria. Luego, al bajar los ojos, topa con el color chillón de su mono de trabajo e intenta contenerse recordando lo que le ha costado llegar hasta aquí: la mierda que limpia ahora es minúscula al lado de la que ha tenido que comerse. Y su orgullo, también este, devorado a mordiscos y tragado con la nariz tapada para evitar arcadas mayores a las que mentalmente le invaden cada vez. Pero todo forma parte de una trayectoria, de un camino hacia algo mejor.

Sus pensamientos se difuminan unos instantes cuando nota la vibración en su pulsera. Sube la manga derecha de su traje y observa la pantalla de cinco pulgadas, ya parte de su cuerpo, que le informa: trabajo diario de 7 horas, rendimiento equivalente a 7,75; saldo actual positivo de 9,25 horas; bonos por rendimiento de trabajo: 0,23×7= 1,61B + 7,75×0,28=2,17; total B=3,78; créditos diarios: 7,75×0,62=4,805. Total Créditos Acumulados: 297,85/ Total Bonos Acumulados= 51,67. Bonos Restantes Para Prueba De Nivel: 1948,33. Días Restantes Para Prueba De Nivel (según ritmo actual)= 516.

Dos semanas trabajando en el alcantarillado, en la descongestión de las vías de movilidad, en barrer y fregar las oficinas del Urbanidad… y ya estaba harto. Habría reventado esa estúpida pulsera electrónica, pero ya lo hizo una vez y las consecuencias se hicieron notar rápido. Ahora, ahora que ha vuelto a entrar en el sistema, tiene que cumplir, seguir con lo que de él se espera, ir escalando poco a poco, esforzándose lo suficiente como para destacar ligeramente, que se le vea voluntad sin demasiada ambición, disciplina, entrega. Ya estuvo cerca tiempo atrás y estuvo a punto de ascender hasta que la cagó, hasta que se metió en problemas y perdió casi todos sus puntos. Esta vez no se precipitará. Los créditos le importan poco, no necesita complementos inútiles ni tampoco recambios más allá de lo básico: unos zapatos de vez en cuando quizá, el resto aguantaría algún año más.

Cuando el monorraíl vuelve a meterse entre las casas, pasado el túnel que separa las zonas, la pulsera marca las 17.35. La puntualidad es algo exagerado en estos trastos, piensa. Llegará con el tiempo exacto. Se levanta como la mayoría de pasajeros y se coloca frente a las puertas. En la estación han aparecido unas pintadas, con un mensaje críptico. Algunos Naranjas prueban de quitarlos. No hay que fiarse de los Naranjas, le había dicho siempre su padre, parecen de los buenos pero no son más que perros amaestrados, te morderán a la mínima orden. Los luminosos anuncian el programa especial 50 de “La hora de Jasper”, con sorpresas y novedades, con una selección de concursante más perfeccionada que nunca. Le ha llegado el rumor que la Ley de Ciudadanía fue modificada recientemente para evitar que ese Jasper subiera de nivel gracias a la audiencia. Es más que probable. Caminando por la estación, observa uno de los muchos carteles manualmente pegados a las paredes: DIOS SALVE A LA REINA. Sonríe. Lo han hecho. Y por lo visto bien hecho ya que cuatro perros amaestrados necesitan mascarillas para protegerse del producto químico usado para arrancar las letras del muro.

Los Amarillos no viven en barracas ni viven en los supuestamente cómodos cubículos de Grises y Azules. Los Amarillos viven en compartimentos, unos espacios comunes con alguna pequeña comodidad como aseo y ducha, con comedor y sala de juegos. Todo compartido. No es ninguna maravilla pero ofrece ciertas garantías higiénicas y se producen ráfagas de desintoxicación cada quince días. Igualmente muere gente, pero nada comparado con el constante goteo de fiambres de las zonas en que los más desafortunados habitan. Allí la llamada “Peste Magra” campa a sus anchas y, claro, nadie hace nada. Los callejones estrechos le conducen por el enorme laberinto a través de múltiples edificios de dos y tres plantas, paredes color ocre, no se les fuera a olvidar quien son, y alguna tienda de alimentación, de recambios y, cada mucho, una de ornamentos o complementos. En todas las paredes las letras de DIOS SALVE A LA REINA, negras, cada una del tamaño de su pulgar, dan muestras que algo se avecina. Los de colorines deben estar nerviosos. En una sola noche miles de pintadas. Se para en una tienda de frutas y gasta unos pocos créditos en una bolsa de melocotones, de los que a simple vista se ve que no sabrán a nada. El tendero, después de comprobar que nadie les escucha, cosa casi imposible en una zona con una densidad de población de miedo, pregunta:

– Eso es cosa tuya, ¿verdad? –Taan sonríe, pero no contesta–. Estamos impacientes, ¿significa todo esto que es ya el momento?

Taan pone una mano sobre el hombro huesudo del frutero y responde que todavía no, falta poco. Y se marcha.

Al final de uno de los callejones, uno sin salida, está la taberna. Como siempre algunos hombres y mujeres se aglutinan en la entrada, hablando de esa forma que hace pensar en una conspiración: cabezas bajas, miradas esquivas, tono neutral. Cuando una de las mujeres, vestida con su túnica amarilla sucia y roída, le ve venir, hace un gesto a los demás y todos callan. Él va de amarillo también, la chaqueta gastada sobre la camiseta negra, los pantalones de mecánico manchados, los zapatos algo más oscuros, que empiezan a mostrar síntomas de agotamiento.

– Buen trabajo –dice Taan a modo genérico al pasar por su lado. La mujer que primero lo ha visto le toma suavemente del brazo.

– Tiene que ser ya, Taan. No podremos contener a la gente demasiado tiempo.

– Pronto, Bruïn –responde él–. Faltan detalles solamente.

CINCO

La taberna, numerada y sin nombre, como todo lo Amarillo, huele bastante mal, pero no peor que otras veces. Es relativamente oscura. Una cámara le sigue al cruzar la puerta, pero no teme por ella, controlan las estratégicas de hace unos días. Eso que tiene que llegar pronto lleva tanto gestándose que Taan sabe que, de dejarlo más tiempo, se podría pudrir. Pero todavía no es el momento, se dice a sí mismo cada vez y se pregunta cuando lo será. Pide una cerveza y se sienta en la mesa acordada. Las 17.50, puntualidad insultante. Las dos televisiones emiten programas estúpidos para público estúpido, es la consigna de los de colorines, algo que distraiga y comida mala. Pan y circo, como en la antigua Roma. Ya no les cuentan a los niños lo de la Antigua Roma. Las escuelas. Esa es la clave.

El hombre con el que ha quedado se siente enfrente de él al cabo de unos minutos. Taan lleva una gorra negra de lana, único lujo no amarillo que se atreve a llevar, y el otro lleva un sombrero de alas, amarillo oscuro. Con ese disfraz no consigue disimular su metro noventa de estatura pero parece uno más.

– No sé cómo puedes beber eso –le suelta, sacando de una bolsa de lona colgada en bandolera, una pequeña petaca.

– Es lo que nos venden. Y tú, ¿cómo pasas eso por los túneles?

– Tengo contactos.

Taan rebufa, a veces esa condescendencia de su interlocutor le pone enfermo, sabe que lo hace más en broma que otra cosa, pero no puede evitarla. Lleva el sombrero de tal manera que bajo las bombillas del techo se le oscurecen los ojos y parte de la nariz, como sacado de un cómic. Pero sabe lo que se juega bajando aquí, sabe que a pesar de llevar una máscara deformante que le hace parecer otra persona, al final lo descubrirían y todo, toda su vida, se iría a la mierda. Él, sin embargo, corre otro tipo de riesgo, las consecuencias no pueden ser demasiado severas cuando no tienes casi nada que perder. Pero es la única manera. Intentar hablar por comunicadores les delataría, enviarse mensajes también. Ambos sospesaron bien el mejor modo de encontrarse y hablar con pocos riesgos. No hay drones en la zona Amarilla y los Naranja solo aparecen cuando hay conflictos serios, cosa que no ocurre desde hace años. Las cámaras de vigilancia están manipuladas, gracias precisamente a quien se arriesga viniendo hasta aquí. El hombre, con toda su corpulencia, se hace pequeño cuando el contenido de la petaca le hace toser.

– Deberías dejar de tomar esa mierda –dice Taan.

– Gracias por preocuparte, hermano.

– No me llames así, joder.

El contenido de la petaca es un compuesto químico de moda en algunos lugares. No es difícil de conseguir, incluso donde están ahora han intentado vendérselo alguna que otra vez. La droga de moda en los suburbios, una de suave y que mata poco. Entonces el hombre empieza a hablar, y le dice que está todo a punto, que le ha costado mucho y que teme acabar paranoico de tanto mirar hacia atrás, de tanto fingir ante todo el mundo, de tanto miedo. Reconoce tener miedo. Pero no es miedo a que le pillen, que también, sino a que fallen. El plan que tienen resultará torpe a ojos ajenos, pero es milimétrico y solo da lugar a dos puntos de improvisación, que penden de un hilo. Ellos dos son los únicos que conocen todo el plan, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, a contracorriente y en picado. Pasan en la taberna un par de horas, ultimándolo todo. A su alrededor las mesas cambian de clientes, el camarero acude un par de veces y trae más cerveza y un vino blanco que el visitante apenas prueba. Algunas personas de las que entran y salen miran con suspicacia la mesa, saben quiénes son y de qué va la cosa, y eso les inquieta, todo sigue en marcha y cuando se ve a venir algo grande, cuando se acerca, los nervios crecen inevitablemente. La expectativa genera adrenalina, y si se pasa la adrenalina es peligrosa porqué puede hacer que pierdas el control. Entonces la pulsera de Taan emite un pitido. Lleva dos horas exactas allí, tiene que moverse, no está permitido permanecer ocioso demasiado rato. Antes de marcharse, el hombre le alarga una foto que Taan guarda con cuidado en su bolsa. No se despiden.

Al llegar a su compartimento, después de saludar a la gente que duerme con él en las literas, se va al baño y se lava diligentemente en uno de los lavabos. Su rostro frente al espejo le devuelve la cara de alguien joven que aparente una edad superior, pero eso es normal allí, nadie envejece dignamente como esclavo. Claro, los de colorines no les consideran esclavos, tienen un trabajo por el que ganan créditos y bonos para poder ascender, es una cuestión de mérito. La meritocracia que reina desde hace tantos años. La meritocracia que los vuelve a todos competidores y les mantiene bajo control. Todo su rostro es relativamente uniforme: cabello corto, marrón oscuro, clareando arriba, ojos marrón oscuro, barba de pelo marrón oscuro, piel blanca algo oscurecida por el Sol que lo acompaña en sus jornadas laborales en el Sistema de Suministros, con el alcantarillado, limpiando oficinas… Al vaciarse uno de los váteres, se encierra en él y se sienta en la taza con la tapa bajada. Entonces saca la foto. En ella hay la cara de una chica joven, sus hombros muestran que lleva puesto el uniforme azul. Ella es la elegida, la concursante del programa especial número 50 de “La hora de Jasper”. La mira atentamente, como si aprenderse de memoria las facciones fuera a servirle de algo. La chica no sabe todavía lo que le espera, el programa no se emite hasta dentro de dos días. Tiene el pelo negro, liso, en la media melena oficial. Sus mejillas parecen finas y suaves, de piel blanca con ligeros toques sonrojados. Los labios son una línea fina que simula media sonrisa. Es la foto oficial de Nueva Ciudadanía, hace poco que dejó de ser Gris para ser Azul. Taan se pregunta que tendrá ella de especial para que Jasper la haya elegido entre millones y millones de ciudadanos ansiosos por concursar en esa pantomima. Alguien pica a la puerta y despierta a Taan de sus pensamientos. Se levanta, tira de la cadena para disimular y sale. Vuelve a lavarse las manos, rodeado de conciudadanos amarillos tan agotados por el trabajo que apenas sonríen, o se saludan, simplemente coexisten.

Ya en la habitación coloca la ropa del día en el cubo de limpieza, se prepara la ropa limpia, que no en buen estado, para la jornada siguiente y se tumba en su cama, la de abajo de la litera número 14 de esa habitación. Antes de dormir repasa lo hablado, recoge datos y analiza situaciones. Finalmente, mira de nuevo la foto y se pregunta si ella estará ahora durmiendo ya, o tendrá el dudoso privilegio en su cubículo de ver televisión o jugar a “realidades” antes de acostarse. Guarda la foto debajo de la almohada y cierra los ojos. Dos días, se dice a sí mismo. No ha cenado. Convencido que los nervios no le dejarán dormir, cae agotado con un pensamiento: Dios Salve a la Reina. A la Reina Azul.

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