
Me imagino al autor de Donde nadaban los dragones redactando estas palabras (“Los personajes, ficticios, y las tramas, claramente novelescas, son fruto de la imaginación del autor”) y decidiendo si colocarlas al final de la obra o al principio. E imagino su sonrisa de gato de Cheshire optando por la primera opción, cuando los lectores ya han decidido (mecachis) qué caras y qué identidades se esconden detrás de infames, corruptos y venales protagonistas de la obra. Muy astuto. Pero es que cuando se afronta una novela ambientada en el Mar Menor, con su anoxia y sus aguas colmatadas de nitratos y fosfatos tóxicos; con sus vertidos ilegales y sus agropotentados de mierda; con sus vandalismos y sus sobornos para que nadie investigue más de la cuenta; resulta imposible inhibirse en una posición neutral, blanca o equidistante.
“Los hipocampos [se lee en la página 177] son, junto a otras especies sensibles, un indicador biológico de la salud ambiental de la laguna. Los dragones de mar, tan antiguos y venerados que los fenicios […] representaban a sus dioses cabalgándolos. Miles de años con nosotros, formando parte de nuestra historia, y apenas queda ninguno”. Son solamente un ejemplo, pero que ilustra el drama de un espacio natural bellísimo y destrozado por la avaricia irresponsable de quienes nunca tienen bastante cuando tienen muchísimo; y convierten su codicia en un arma de destrucción, importándoles un bledo todo lo que no sean sus cuentas bancarias. Por eso, Donde nadaban los dragones no es solamente una espléndida novela criminal (donde asistiremos a atropellos, decapitaciones, allanamientos de morada y otras trepidantes aventuras), sino, sobre todo, un libro incómodo y valiente, lleno de referencias literarias, cinematográficas y televisivas, donde nos resulta fácil identificar a las figuras empresariales que infectan el sureste español y a las figuras políticas que lo mangonean a su antojo, tanto en la zona del Cabo de Palos (se nos habla de que “un honrado político que gobernó en la región decidió, porque así le salió de las gónadas, regalar el emblemático faro a un amigote para convertirlo en un exclusivo hotel de lujo”. Y que, cuando se destapó el asunto, “en reconocimiento a su pesetera maniobra, al político apañado lo premiaron, según dicta una rancia tradición, con una patada hacia arriba. Ahora calentaba, pagado de sí mismo, un importante sillón en la sede de su partido en Madrid”, p.70) como en la propia capital murciana (con un presidente que vive como un pachá junto a un “yacimiento arqueológico (único en Europa) que se desmoronaba, olvidado, a los mismos pies de la sede gubernamental”, p.237). En efecto, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Así que prepárense para acompañar al inspector de policía Lucas Daireh, a la agente medioambiental Aitana Ferrer y a la anciana y lenguaraz doctora Escarbajal en sus pesquisas por los campos cartageneros, donde tendrán que lidiar con miradas suspicaces, pintadas amenazadoras, desplantes burocráticos y hasta con una DANA. El brillante Antonio J. Ruiz Munuera no les va a dar respiro, créanme. Y les aseguro que van a aprender mucho sobre las mafias (ficticias, claro) y sobre las corrupciones políticas (también ficticias, claro) que se abaten sobre el dolorido, paciente y ya muy quebrantado Mar Menor. Memorable.
