Donald Trump resultó, contra todo pronóstico, vencedor -en compromisarios que no en votos-en las elecciones presidenciales de noviembre de 2016, pero no fue hasta el 20 de enero de 2017 cuando tomó posesión del cargo como 45º presidente de Estados Unidos de América. Se cumplen, pues, dos años exactos de mandato del presidente más arrogante, mentiroso, impulsivo, visceral, imprevisible, sectario, racista, misógino, controvertido, inepto y mediocre que jamás haya tenido el país más poderoso del mundo. También se cumple medio mandato de la Administración más caótica y que más bajas ha cosechado en su equipo gubernamental de la historia reciente de EE UU.Durante este corto período de tiempo, el mandatario norteamericano ha demostrado que todos los temores que infundía su persona eran ciertos y que las preocupaciones que podía despertar su gestión no eran infundadas, sino que aumentan cada día que pasa en la Casa Blanca. Si las consecuencias de todo ello recayeran exclusivamente en quienes lo han votado y sobre el país que gobierna, Donald Trump no llamaría la atención del mundo más que por liderar un movimiento político ultraconservador y ultranacionalista que inspira a los Salvinis, Orbán y Bolsonaros de otras latitudes, convenientemente asesorados por el ideólogo que ayudó a Trump a ocupar un cargo que se le queda grande, Steve Bannon.
Lo grave, lo verdaderamente inquietante, es que las iniciativas y decisiones del presidente de EE UU las sufren también las naciones del ámbito de influencia de la primera potencia mundial, es decir, todas las del planeta, ya sea de manera directa como indirectamente. Hasta la aceituna negra que exportaba España a USA ha padecido las consecuencias de la obsesión de Trump por alterar las normas del mercado internacional para favorecer la producción nacional mediante aranceles y regulaciones que, a la postre, perjudican a la propia economía de EE UU, la más exportadora del comercio mundial. Cosa que a un presidente que está en contra de la multilateralidad le importa poco o simplemente ignora.Estos dos años de Trump en el Despacho Oval se han caracterizado por destrozar, como un elefante en una cacharrería, todo el equilibrio en que se basaban las relaciones de EE UU con el mundo, tanto a nivel estratégico-militar como comercial y económico, para preservar sus propios intereses sin ignorar una correspondencia con los demás países. Y por dividir aún más a la sociedad norteamericana mediante políticas nefastas para las minorías raciales y desfavorecidas de aquella nación y favorables hacia ese supremacismo blanco y rico que persigue a toda costa. La Norteamérica de la razón e ilustración reniega, así, de un presidente del que siente vergüenza, pero la que puebla los extrarradios de las ciudades desindustrializadas y la campesina que estaba acostumbrada a vender en un mundo que también cultiva, confían en el líder que prometió pensar: “Primero, América”.
Trump escucha a Bannon
Sin embargo, estos 24 meses del America first han mostrado más caos y desorganización que un programa de gobierno sólido, calculado y consensuado. Los enfrentamientos y diferencias de criterio surgidos en el equipo de Trump han sido constantes, más por las veleidades y ligerezas del propio presidente, que cree dirigir una empresa suya antes que gobernar, que por esa falta de unidad que exhibe en su cometido. De hecho, es la Administración que más bajas y abandonos ha cosechado en la historia reciente de EE UU, por las diputas, recelos, rencillas, rencores, mentiras, abusos, deslealtades e intereses que enfrentan a Donald Trump con su equipo en la Casa Blanca. La lista de los que se largan o echan, a veces a través de un simple twitt, es aparatosamente larga, empezando por aquel consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, que tuvo que dimitir por ocultar sus contactos con el Kremlin. O la del Secretario de Estado (ministro de Exterior) Rex Tillerson, amigo y empresario como él, por ser públicamente cuestionado por su jefe sin ningún recato. O la de su ideólogo de cabecera, Steve Bannon, expulsado, a los pocos meses de estar susurrándole al oído, tras despertar celos en la familia y recelos en el gabinete.Otras dimisiones y ceses son de especial preocupación por evidenciar maquinaciones por obstruir la justicia o maniobras para ocultar lo que desde la Casa Blanca no quiere que se sepa en torno a Donald Trump. Es el caso de James Comey, director del FBI, por no frenar la investigación sobre la trama rusa, y la del segundo en la misma agencia, Andrew McCabe. Y la del Fiscal Federal que le investigaba, Jeff Sessions. O la de James Mattis, jefe del Pentágono, por disentir de la política militar del presidente. Y la de Sally Yates, responsable de Justicia, quien a los diez días de ser nombrada dio portazo para no secundar el veto migratorio que decidió Trump por su cuenta y riesgo y que los jueces tuvieron que paralizar. También las de Gary Cohn, presidente del Consejo Nacional de Economía, H. R. McMaster, teniente general que asesoraba al presidente, y Nikki Haley, embajadora de EE UU ante la ONU.



Disturbios en Charlottesville
Tras dos años en el poder, mantiene el mandatario norteamericano sus fobias, reduciendo las regulaciones legales que pretenden preservar el Medio Ambiente, desmontando el Obamacare (seguridad médica) que deja sin asistencia ni protección a millones de ciudadanos sin recursos, trasladando la embajada de EE UU a Jerusalén en claro apoyo a la política sionista de hechos consumados contra los palestinos de Netanhayu, no renovando el Tratado de Armas Nuclearesde Medio y Corto Alcance (INF), rubricado por en 1987 por Ronald Reagan y Mijaíl Gorvachov, pero del que acusa a Obama de no romper ante los supuestos incumplimientos de Rusia, y hasta “comprendiendo” la violencia racial contra los negros por los supremacistas blancos, en casos como el sucedido en Charlottesville(Virginia), donde murieron tres personas y más de treinta resultaron heridas por los disturbios.Este es el balance a vuela pluma de los dos primeros años del mandato de Donald Trump, un presidente que, a buen seguro, seguirá ofreciendo motivos para la preocupación y la intranquilidad en su país y en el resto del mundo. Sus relaciones con la trama rusa de injerencia en las elecciones en que salió elegido, cuya investigación trata como sea de frenar; su familia a la que inmiscuye en su gestión; sus negocios que son incompatibles con su cargo; su forma impulsiva de actuar como si el Gobierno fuera una empresa de su propiedad; su ideología más que conservadora, radical y populista; su xenofobia de marcada tendencia racista; su obsesión en destruir el legado del anterior presidente; su misoginia y antecedentes con la prostitución de lujo; su odio a los Demócratas, en especial a Hilary Clinton, más por mujer (inteligente) que por demócrata, a la intenta criminalizar a cualquier precio; su desprecio a la prensa, a la que acusa de fabricar noticias falsas cuando le cuestiona y corrige (piensa el mentiroso que todos son de su condición) y hasta su inexperiencia y mediocridad, que tanta vergüenza provocan, más la desconfianza que exhibe con aliados y adversarios, harán que los dos años restantes de su mandato sean igual o más excitantes que los pasados, si ello no supusiera un riesgo terrible para quien no sea norteamericano, blanco y rico.
