Revista Insólito
Tiburcio lo advirtió antes que nadie, porque sabe mirar en los recodos imposibles. Tal es su precisión, que percibió un verso suelto, huérfano de cuaderno y dueño, prendido en el rabo del perro de San Roque. Sí, con un aire que arrastraba la cola hasta los alambres del cercado con partitura de pito jocoso. El animal, hasta entonces criatura de oficio y costumbre, empezó a moverlo con ademán ajeno
