En 1149 el rey navarro García Ramírez propicia la fundación de un cenobio sobre una granja navarrica de la Oliva que desde 1145 pertenecía a Santa María de Fitero y que sería incorporada a 1a Orden del Cister en 1151 con esta prevención real: " ... edifiquen allí un monasterio", mandato que acabaría cumpliéndose treinta y cuatro años después en que se consagraría en 1198 bajo la advocación de Santa María, pues era Regla la que obligaba a todos los monasterios de esta Orden estar consagrados a Santa María. Aquel lejano julio de 2012, tras superar la tapia de la muralla original y atrio de la portería
obligué a mi mascota a reconocer mi presencia abonando el impuesto de portazgo de 2,5 eurazos de vellón para acceder al patio abacial

y enfrentarme a una portalada occidental de doce arquivoltas apuntadas de ornamentación floral bajo mainel decorado con cabecitas

que alberga en sus laterales los rosetones más antiguos de la arquitectura medieval navarra.

El tímpano con crismón del Agnus Dei rodeado de tetramorfos, Virgen y Niño, sol y luna de segunda mitad del siglo XIII.

El interior con nave de cruz latina de 70 metros de longitud por 14 de altura, tres naves separadas por pilares con semicolumnas adosadas que apoyan arcos apuntados sosteniendo bóvedas de ojivas menos la central del ábside que es de horno y nervada.

Los capiteles sencillos y refinados vegetales con alguna figura humana y del bestiario.


accedemos a la Sala capitular donde el preboste recuerda la Regla e impone el respeto que en mi nuca encontró.

Claves de volta decoradas con rústico agnus o pollinus


o águila imperial heráldica

vigilan desde las alturas un ara excepcional

Y un polémico pero bellísimo sarcófago

Capilla de San Jesucristo

Y marcas indelebles para la eternidad que abren puertas,


e inmortalizan el trabajo

como signo y legado en la penumbra de los tiempos.


