Revista Insólito
El acordeón, tras un largo periplo por la costa mediterránea, descansaba sobre una tapia tibia sin molienda, oliendo a siesta y polvo viejo. De repente (siempre era así) una ráfaga torpe lo empujó hacia la charca inmediata. Cayó con estrépito de feria derrotada, levantando un coro de ranas que parecían carcajear partituras verdes. Hundido hasta las teclas (cejas), el aparejo singular exhaló un
