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El arzobispo al que se le secó el cerebro

Publicado el 10 enero 2010 por Elhombredelpiruli
El arzobispo al que se le secó el cerebro
Leer novelas de caballerías puede ser peligroso para la salud. Eso ya nos lo dejó dicho Cervantes en El Quijote. Al bueno de don Alonso Quijano, de tanto leerlas, le dio por echarse al monte para hacer el bien, aunque no todos lo entendieran.
Al arzobispo de Granada, Javier Martínez Fernández, también se le ha secado el cerebro si es que alguna vez lo tuvo esponjoso. No sé si ha sido por leer libros de caballerías, por sorber el aceite de las lamparillas como las lechuzas, por exceso de vino litúrgico y quizá por abuso del pajillerismo (mental) en sus turbias noches de soledad en el tálamo vacío.
La homilía que pronunció el pasado día 20 diciembre en la catedral de Granada, disparando con ánimo cuasi predelincuente contra el aborto, es prueba de ello.
Veamos lo que dijo (aquí la homilía completa):
"Pocas imágenes en la historia más tristes que la que han ofrecido nuestros
parlamentarios aplaudiendo lo que por fin se ha convertido en un derecho:
matar a niños en el seno de la madre. ¿Y a eso lo llaman progreso? Se
promulga una ley que pone a miles de profesionales (médicos,
enfermeras,…) -sobre todo, a ellos- en situaciones muy similares a las que
tuvieron que afrontar los médicos o los soldados bajo el régimen de Hitler o
de Stalin, o en cualquiera de las dictaduras que existieron en el siglo XX y
que realmente establecieron la legalidad de otros crímenes, menos
repugnantes que el del aborto".

Y luego añade:

"Pero matar a un niño indefenso, ¡y que lo haga su propia madre!
Eso le da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del
cuerpo de la mujer, porque la tragedia se la traga ella, y se la traga
como si fuera un derecho: el derecho a vivir toda la vida apesadumbrada
por un crimen que siempre deja huellas en la conciencia y para el que ni
los médicos ni los psiquiatras ni todas las técnicas conocen el remedio.
Sólo existe una medicina para este crimen: el perdón, medicina que sólo
conocemos los cristianos."

Se permite el lujo, no solo de criticar lo que el Parlamento, representación del pueblo soberano, ha aprobado, sino que además compara el ejercicio del aborto con las prácticas nazis en los campos de exterminio (asunto sobre el que el actual papa, B16, puede informarle de primera mano) . Esta equiparación, por sí sola, sería motivo de sanción por calumniosa, pero lo que dice de la mujer en el segundo párrafo es, además de la obra de un mentecato, apología de la violencia de género y un menosprecio de la mujer también merecedora de un castigo.
Sin, embargo, lo que más me ha chocado de la homilía de este misericordioso cristiano no han sido sus alusiones al aborto, la mujer y demás basura (ya conocida, por otra parte), sino su alusión a la "preciosa Edad Media". Vean la frase:
"Porque es de cobardes matar al débil. Hubo
en la Edad Media -en esa preciosa Edad Media que nadie se atreve a
recordar porque tampoco es políticamente correcto- una orden militar
cristiana donde los caballeros hacían el juramento de no combatir nunca
con menos de dos enemigos a la vez, porque para un caballero cristiano era
indigno combatir de igual a igual con quien no era cristiano."

Sabíamos que la mentalidad de la Iglesia sigue anclada en la Edad Media, pero ¿dónde estudio historia este señor? Parece que los obispos, arzobispos, párrocos y demás cargos jerárquicos de la Iglesia saben de todas las materias, porque opinan de ellas sin rubor como si tuvieran ciencia infusa por obra y gracia del Espíritu Santo. Hablan de historia, de medicina, aconsejan a las familias sobre relaciones sexuales, opinan de política... Hubo un tiempo en España en el que los más ilustrados eran los curas, los maestros y los boticarios. No es que fueran unas lumbreras pero al menos sabían leer, cosa que no podía decirse del resto de la población, que vivía en la opresión y la ignorancia. Pero esos tiempos ya pasaron, lo mismo que la Edad Media que tanto añora el arzobispo.
A don Javier Martínez, arzobispo por la gracia de Dios, habría que recordarle que la Edad Media fue una época en la que la nobleza y la Iglesia oprimían a los seres humanos. El noble y el cura engordaban como cerdos a expensas de los esclavos que mantenían en sus tierras, que se repartían equitativamente entre ambos. El noble al menos bajaba las grasas en la guerra y de vez en cuando moría. Al obispo le crecía el culo de tal manera que necesitaba ayuda para subirse al púlpito para amenazar a sus siervos con el infierno. De esta época, no lo olvidemos, viene la famosa frase "vive como un cura".
Después de explotar a hombres y mujeres en los predios de los conventos, el sacerdote corría detrás de las hembras para follárselas porque le resultaba muy dura la abstinencia. Y si las preñaban no las dejaban abortar. De esa forma regaron el suelo patrio de bastardos. Quizá el mismo arzobispo de Granada sea descendiente de uno de esos curas hijos de puta que predicaban el bien mientras emputecían a las mujeres de su rebaño. Quizá yo también lo soy. Y quizá también tú que me lees.El arzobispo al que se le secó el cerebro
Cuando la cosa se complicaba por superpoblación de hijos sin trabajo, que estaban ociosos murmurando o confabulando contra el poder, se secaban de la manga una cruzada y los enviaban a la muerte a los Lejanos Lugares que ellos creían santos. Mejor muertos o en el quinto infierno antes que en casa enredando (esta política también la aplicó Franco enviando a los parados a Alemania).
Y para dar más prestancia a esas cruzadas criminales, la Iglesia se inventó las órdenes militares, esas que, según dice el señor arzobispo, sus miembros hacían juramento de luchar en desventaja. Quizá el señor arzobispo debería leer menos amadises y dedicar su tiempo a empaparse con textos de historia para conocer en detalle las salvajadas que templarios y hospitalarios, entre otros, hicieron en los Lejanos Lugares.
Esta política milenaria de la Iglesia es la que la ha colocado al frente de los mayores genocidas de la historia. Y no asesinando no natos, precisamente.
Está claro a estas alturas que la Iglesia de Rouco y sus monaguillos lo que pretenden es una segunda reconquista o una segunda contrarreforma a la sombra de la espada y la cruz, y no reparan en medios para conseguirlo.
Lo mejor para combatir esta ofensiva es una Segunda República realmente laica, en la que individuos como este no vivan a costa nuestra, como hacían sus predecesores medievales, y que homilías como la mencionada sean merecedoras de castigo. No de cárcel, no. Mejor que se pene con trabajos para la comunidad: abriendo zanjas, atendiendo enfermos incurables, acompañando a ancianos o (esto sería lo mejor para este fulano) ayudando a mujeres maltratadas.
Enlaces de interés sobre el asunto:
Por el camino de la letra
Crónicas de una bala perdida
Periodismo + derechos humanos
Grupo en Facebook que pide acciones legales contra el arzobispo

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