Revista Cultura y Ocio

El asalto a la escuela

Publicado el 29 noviembre 2012 por Luisritx @luisritx
And his axe was made of gold
Leonard Cohen
I.
Déjenme que les cuente: primero fueron las exposiciones bélicas y el exhorto a que los niños las  vieran.  Luego  el  intento  de  golpe  dianético.  Ahora  llega  la  nueva  embestida  contra  la escuela, esta vez de la mano del empresario Armando Prida, bien provisto de la soberbia que da la ignorancia y dispuesto a enseñar a los expertos lo que es bueno. 

El asalto a la escuela

De "Rostros" a "Lo bueno de ser bueno"


Resulta que el pasado jueves 26 de enero, directivos y supervisores de una Corde de Puebla fueron  convocados  a  asistir  a  un  taller  sobre  valores  que  resultó  ser  una  emboscada destinada  a  la  presentación  de  un  “método”  de  trabajo  y  una  serie  de  libros,  ambos producidos  por  la  fundación  Educación  por  la  Experiencia,  que  encabeza  el  mencionado empresario.  Cuando  algunas  de  las  asistentes  comenzaron  a  manifestar  objeciones  e inquietudes, el ponente principal, Armando Rugarcía, trató de calmar las aguas asegurando que  existe  un  acuerdo  con  la  SEP  estatal  para  usar  los  textos  en  todas  las  escuelas  de Puebla, a partir de este año, una hora a la semana. En otras palabras, más que discutir había que comenzar a resignarse, en espera de que llegaran las instrucciones oficiales (“ya saben cómo es la SEP”, explicó).
A  medida  que  trataban  de  bucear  en  el  charco  intelectual  de  los  materiales  propuestos, algunas maestras se atrevieron a plantear que no había en ellos nada novedoso y que, sobre todo,  no  aparecía  por  ningún  lado  el  sustento  pedagógico  de  sus  afirmaciones.  El   doctor Rugarcía,  entonces,  soltó  esta  perla:  “Bueno,  esto  ha  surgido  de  la  experiencia,  todavía  no hay  sustento  pedagógico,  lo  vamos  a  construir”.  Estoy  seguro  de  que  en  algún  lugar  de  la sabiduría  popular  hay  un  dicho  que  caracterice  la  frase  anterior,  los  patos  tirándole  a  las escopetas,  o  los  bueyes  detrás  de  la  carreta,  o  algo  así,  pero  resulta  de  un  desparpajo curioso  para  venir  de  un  académico  emérito  de  la  Ibero,  con  un  doctorado  y  dos postdoctorados en educación.
Los  textos  en  cuestión  -una  “guía  metodológica”  y  ocho  libros,  incluyendo  uno  para  cada grado  escolar-  son  un  ejemplo  impecable  de  pobreza  conceptual,  falta  de  imaginación  e ignorancia pedagógica. Ya abundaré en esto enseguida, pero no puedo dejar de mencionar que todo el material tiene un innegable tufillo retrógrada, desde el lenguaje empleado hasta las actividades, un cierto aire a manual escolar franquista o a las propuestas pedagógicas de la junta militar de Videla y compañía, todos ellos bien asesorados por jesuitas, salesianos y el resto  de  la  caterva  de  curas  empeñados  en  convencernos  de  que  a  la  felicidad  se  llega  a fuerza de repetir, a ritmo de paso de ganso, que “es bueno ser bueno”, que “yo estoy bien, tú estás bien”, que “un ser amable y respetuoso será feliz y recibirá un trato amoroso” y otras estupideces por el estilo que al final se resumen -lo demuestra la historia que se empeñan en desconocer- en que la culpa la tuvieron las víctimas.
Pero  mientras  tanto,  es  urgente  preguntarse  otra  vez  quién  diablos  dirige  los,  digamos, destinos educativos del estado y del país. Quién diseña lineamientos curriculares, quién toma decisiones  de  política  educativa,  quién  elige  libros,  didácticas  y  pedagogías.  Una  rápida búsqueda  en  internet  resulta  en  varios  ejemplos  de  videos  y  noticias  en  los  que  don  Prida presenta su “método” y afirma de todas las maneras posibles que esto ya está aquí, que así se trabajará obligatoriamente en todo el país, con Puebla como conejillo de indias. Lo que no se ve por ningún lado es a Lujambio, a su suplente o al menos a su chofer respaldando ese dicho,  informando  a  los  docentes  y  refiriendo  el  proceso  de  evaluación  por  el  cual  las direcciones  de  materiales  y  de  métodos  educativos  de  la  SEP,  oficialmente  encargadas  de
estas  cuestiones,  aprobaron  dicho  “método”  y  los  libros  que  lo  acompañan.  Es  decir,  don Prida  habla  como  si  él  fuera  la  SEP  federal,  lo  cual  a  su  vez  explica  por  qué  Armando Rugarcía  está  ahora  ocupando  las  funciones  y  no  sé  si  el  puesto  que  teóricamente  le corresponden en Puebla a Luis Maldonado Venegas.
II.
Lo  primero  que  llama  la  atención  de  la  “Guía  metodológica”  propuesta  por  Armando  Prida como  material  de  uso  nacional  obligatorio  es  su  exigüidad:  unas  ocho  páginas  de  texto  en total (no cuento las hojas en blanco destinadas a que el usuario tome nota o a que descanse del esfuerzo). Lo segundo, que no se trata en absoluto de un método. A ver si me explico.
Como maestro en servicio, estoy acostumbrado a que las nuevas propuestas educativas me obliguen  a  leer  unos  cuantos  cientos  de  páginas,  sin  contar  con  las  fuentes  en  que  esas propuestas están basadas. La más reciente reforma curricular, sin ir más lejos, representó la lectura  de  más  de  600  páginas  entre  documentos  legales,  programas  y  propuestas didácticas,  más  la  revisión  de  una  serie  de  textos  básicos  sobre  constructivismo, competencias,  proyectos,  valores  y  otros  asuntos  de  los  que  sin  duda  Prida  se  empapó  a conciencia antes de salir a arreglar el mundo a la brava.
Ya  recuperado  de  esta  sorpresa  inicial,  sin  embargo,  uno  se  ve  obligado  a  hacer  algunas precisiones  sobre  el  término  “método”.  Por  ejemplo,  para  no  entrar  en  mayores complicaciones, buscándolo en el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora. Basta eso para comprobar, grosso modo, que un método es un camino, una serie de pasos que siguen ciertas reglas, así como las razones por las cuales se adoptan tanto esos pasos como esas reglas.  El  problema  del  método  tiene  que  ver  con  la  realidad  que  se  intenta  conocer  y también  con  el  significado  estricto  de  los  términos  que  emplea.  No  es  de  sorprender  que nada de esto se encuentre en las ocho páginas en cuestión.
Pero  quizá  Prida  no  ha  querido  pecar  de  esnob  y  se  ha  conformado  con  la  definición  del Pequeño Larousse ilustrado, o incluso del diccionario de la RAE, y entiende el método como el “modo de decir o hacer con orden”, tal vez para que los maestros, que somos todos medio simples,  lo  comprendamos  con  facilidad.  Y  aquí  llega  la  tercera  sorpresa.  El  “método”  aquí propuesto consiste en mostrar a los niños una “frase célebre, dibujo, video, discursos cortos”, para  luego  iniciar  una  discusión  y  al  final  firmar  una  carta  compromiso.  Antes  de  que  uno pueda  cerrar  los  ojos  asombrados,  el  inicio  de  la  siguiente  página  resume  :  “Del  método: dialogar, escuchar (sic), resolver, trascender”. Y no me pregunten, por favor, cómo se puede dialogar sin escuchar, o qué está haciendo aquí la trascendencia: asuntos tales rebasan mi pobre entendimiento docente.
Observar  un  fenómeno  para  luego  analizarlo  y  sacar  conclusiones  generalizables,  sin embargo,  es  una  operación  elemental  de  la  inteligencia.  Es  también  una  de  las  actividades más comunes en la escuela desde que Sócrates se paseaba por Grecia en el siglo V antes de  Cristo,  de  modo  que  difícilmente  se  puede  ver  qué  es  lo  que  Prida  propone  aquí  como cosecha  propia, en tanto  no  sean  sus  errores  de  comprensión:  por  ejemplo,  cuando  a preguntar “qué pasaría si...” lo denomina “método de competencias”, demostrando de nuevo su ignorancia supina sobre el asunto.
Volveré  a  esto  al  hablar  de  los  libros  que  complementan  la  guía,  pero  antes  de  que  Prida piense  que  lo  comparo  con  Sócrates,  diré  de  una  vez  que  no  sólo  no  hay  aquí  ninguna novedad, sino que además se han usado actividades de corte tradicional cuya ineficacia ha quedado  de  sobra  demostrada  por  la  pedagogía  de  los  últimos  cien  años.  Se  trata  en  el fondo  de  una  propuesta  esencialmente  verbalista,  opuesta  a  la  lógica  de  competencias  y proyectos del currículum oficial, y a la que el recurso de las cartas compromiso no hace más que agregarle riesgos, tanto para la adecuada construcción de los contenidos como para la estabilidad emocional de los niños.
Donde,  en  cambio,  se  lleva  de  calle  a  Descartes,  Stanislavsky,  Montessori  y  cualquier  otro autor  de  métodos  que  yo  conozca  es,  faltaría  más,  en  visión  empresarial.  No  sólo  es  el “autor”  de  este  “método”  sino  que  además  -si  están  de  pie,  por  favor,  siéntense-  tiene  el copyright  del  mismo  a  nivel  mundial.  De  verdad,  no  es  broma.  Lo  registró.  Don  Prida  ha hecho  como  esas  empresas  que  patentan  el  maíz  o  el  dedo  gordo  y  luego  se  sientan  a cobrar  las  regalías  de  lo  que  nunca  fue  suyo  y  todo  el  mundo  usa.  Descubridores  del  hilo negro  abundan,  pero  no  todos  tienen  la  audacia  de  patentarlo.  Quizás  no  esté  de  más tranquilizar a los lectores: este hombre es un mecenas, un benefactor, un filántropo que no le cobrará a los docentes de éste y otros países por usar su idea de dar clases tradicionales, ni aunque lo hagan con fines de lucro. Si su objetivo fuera ganar dinero, tendría mejores formas de hacerlo.
Patentar el método científico, por ejemplo.
III:
Los  libros  que  concretan  todo  lo  anterior  son  difíciles  de  describir  tanto  por  su  pasmosa simplicidad como por su reiterada capacidad para la perogrullada y la indigencia pedagógica. Todos  comienzan  con  las  mismas  tres  páginas  referentes  a  las  “palabras  mágicas”  (“hola”, “por  favor”,  etcétera,  prefiero  ahorrarle  al  lector  la  experiencia  completa).  Justo  antes,  una descripción de la bandera mexicana; enseguida  el índice y una página de agradecimientos que  incluye  instancias  de  gobierno,  universidades  públicas  y  privadas  e  instituciones diversas.  En  cada  caso,  el  lenguaje,  el  diseño  y  las  ilustraciones  son  exactamente  los mismos, como si niños de seis años y de once fueran, también ellos, exactamente iguales.
A  continuación,  la  estructura  de  los  libros  se  repite  con  una  regularidad  que  es  eco  de  la pobreza  conceptual  del  “método”.  Un  texto  más  o  menos  literario  o  uno  más  o  menos informativo versan sobre el  tema de cada unidad, seguidos de un ejercicio y/o una moraleja. En el primer caso, dos o tres preguntas abiertas o de opción múltiple requieren del estudiante responder a cosas como “¿Qué  relaciona a la lectoescritura con el pensamiento?” o  decidir si  lo  aprendido  en  un  cuento  le  permite  “ser  mejor  persona”  o  “ser  igual”.  En  el  segundo, deben  escribir  una  moraleja  grupal  que,  para  no  correr  riesgos,  puede  cotejarse  con  la moraleja  del  propio  autor  del  texto.  Por  ejemplo,  “la  honradez  y  la  sinceridad  te  abren  las puertas del cariño y la amistad”, fino pareado de gran profundidad poética, o “Esforzarte por leer y escribir bien te puede resolver muchos problemas de comunicación”. Obviaré cualquier comentario sobre los abismos intelectuales de la frase mientras hago una pausa para repetir “Freinet, Piaget, Vygotsky, conflicto cognitivo” como mantra contra la estupidez.
Cada unidad concluye en los seis libros con la firma de una “carta compromiso” que debe ser signada  por  cada  estudiante  y  por  una  especie  de  testigo  familiar  que  a  su  vez  se compromete a ayudar. Como llevo unas ciento veinte líneas hablando del asunto empiezo ya a quedarme sin adjetivos y sin mantras. El “método” no se preocupa por las consecuencias de sus propuestas, de manera que la angustia o el progresivo desinterés que pueda sufrir un niño que se encuentre incapaz de cumplir con el compromiso asumido ante todo el grupo (y cualquier maestro, cualquier padre o madre sabe de lo que hablo) pertenece probablemente al  reino  de  lo  intrascendente.  Eso  sí,  todo  encabezado  (otra  vez,  en  los  más  de  cien  mil ejemplares  impresos  de  cada  libro)  por  una  cita  del  autor  que  humildemente  reclama:
“Puebla es el primer estado de la República Mexicana con educación sustentada en valores en las escuelas primarias; pionero del cambio en México y en el mundo”. Tomen ésa, griegos presuntuosos.

Podría  seguir  otras  ciento  veinte  líneas.  Errores  ortográficos,  ilustraciones  de  mala  calidad, textos “literarios” cuya explícita intención didáctica es casi repelente, ejercicios verbalistas y memorísticos  presentados  como  panacea,  confusión  en  la  comprensión  de  los  procesos (“lectoescritura” y “enseñanza-aprendizaje” como si fueran así, una sola cosa), sistemáticas caravanas con sombrero ajeno que pretenden hacernos creer que todo esto tiene el aval de la  OEI,  las  universidades,  el  gobierno...  Sumadas  al  lenguaje  de  los  videos  que  pululan  en internet  y  al  de  los  “talleres”  para  docentes,  todas  estas  cosas  configuran  una  especie  de golpe  de  estado  educativo  que  hasta  el  momento  no  ha  merecido  una  sola  línea  de respuesta  oficial  pero  que  corre,  sin  embargo,  por  canales  oficiales,  los  de  la  Secretaría  de Educación Pública. Cualquier docente sabe lo que eso significa: respaldo de la autoridad al estilo Maldonado, llamado a no discutir y resignación cristiana al estilo Rugarcía, ignorancia de la historia al estilo empresarial. Flojitos y cooperando.
Los “valores” bien, gracias.

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