
Balcón de Lanuza, febrero 2020.
Annie Ernaux termina Los años con esta frase “salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más”. En el que ya no estaremos nunca más. Como el 29 de febrero. Escribir, fotografiar, para salvar aquello que no volverá, aquello que no puede volver a suceder. Como si el día a día fuera el bonus track de febrero. Bonus track que tan solo fue el sábado. Pero… ¿cómo salvamos aquello que no llega, aquello que no vivimos, aquello que se equivoca de balcón? ¿Cómo hacemos para que se quede siempre con nosotros? ¿Es cruel, es salvaje, es violento salvar el “no tiempo” en el que no estaremos jamás? No dejar de hacerse preguntas, así vive una, como le escuché hace unos días a Leticia Dolera. Preguntarse por qué pasó de largo el bisiesto sin compartir la carcajada en plena calle. Una se pregunta cómo es posible que aún crea en la magia, en las promesas, en los días bisiestos como si fueran un regalo. Cómo es posible que se aferre a unas sílabas contadas que le proporcionan el aliento, el oxígeno para salir a la superficie. Cómo es posible creer en los “casis” cuando se ha perdido el 29 de febrero. “Las ocasiones desperdiciadas, los reveses de la fortuna, la inoportunidad, la angustia retrospectiva de haber fracasado en la vida por una cabezonería, por un ataque de orgullo, por una mala decisión, una facultad, un avión, un beso, un sms, una cita. Por ese “casi nada” que se convierte en obsesión cuando el presente te muerde los talones.” Si lo dice Claire Legendre, en El nenúfar y la araña, es que debe ser verdad que todos esos “casi” que no se viven, y se esperan como el primer sol de marzo, son vitales porque el presente acecha y nos muerde los talones. Ese presente desaparece un poquito más cuando el bisiesto se equivoca de balcón y nos pilla el frío esperándolo ahí afuera.