


El Carnaval de Santander a comienzos del siglo XX




A comienzos del siglo XX, Santander vivía una etapa de crecimiento y proyección social que se reflejaba también en sus celebraciones festivas. Convertida en ciudad de veraneo de la aristocracia y la burguesía, con una intensa vida cultural y comercial durante todo el año, el Carnaval ocupaba un lugar destacado dentro del calendario invernal. Aunque no alcanzaba la espectacularidad de otros carnavales españoles más conocidos, la fiesta santanderina combinaba elegancia, diversión y participación popular, dejando un interesante rastro documental en fotografías y crónicas de prensa.
Uno de los aspectos más característicos del carnaval santanderino de aquella época era la costumbre de retratarse disfrazado en estudios fotográficos. Familias enteras, grupos de amigos y parejas acudían a inmortalizar el momento luciendo trajes históricos, atuendos exóticos, personajes teatrales o máscaras refinadas. Estas imágenes, hoy conservadas en archivos particulares y colecciones históricas, revelan el cuidado y la creatividad que se ponían en los disfraces, así como la importancia social del acontecimiento. El carnaval no era únicamente una celebración efímera, sino también una experiencia digna de ser recordada y compartida.
Los bailes de máscaras constituían el núcleo de la celebración urbana. Salones, sociedades recreativas y espacios emblemáticos como el Gran Casino del Sardinero organizaban veladas musicales que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. En estos encuentros participaban miembros de la burguesía local, profesionales liberales y visitantes habituales de la ciudad. La música en directo, los concursos de disfraces y las representaciones humorísticas formaban parte del programa, en un ambiente donde el misterio de la máscara permitía juegos sociales, sátira y una cierta transgresión permitida antes del inicio de la Cuaresma.
Al mismo tiempo, en calles y plazas se desarrollaba un carnaval más espontáneo. Comparsas improvisadas recorrían el centro urbano, se escuchaban coplas festivas y no faltaban bromas públicas que alteraban por unos días la rutina cotidiana. La prensa local recogía el ambiente animado, describía los disfraces más originales y relataba pequeñas anécdotas que daban cuenta de una ciudad entregada a la diversión invernal. Aunque Santander no consolidó tradiciones carnavalescas tan ritualizadas como otras localidades de Cantabria, el espíritu festivo estaba plenamente integrado en la vida social de la ciudad.
Con el avance del siglo XX y los cambios políticos y sociales posteriores, muchas de estas formas tradicionales fueron perdiendo fuerza o transformándose. Sin embargo, las fotografías y testimonios de principios de siglo muestran un carnaval vivo, elegante y profundamente vinculado a la identidad urbana santanderina. Aquella mezcla de refinamiento burgués y alegría popular constituye hoy un valioso testimonio de cómo la ciudad celebraba, durante unos días, la libertad, la creatividad y la convivencia antes de la solemnidad cuaresmal.
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