Revista Opinión

El centro decisivo

Publicado el 04 junio 2019 por Manuelsegura @manuelsegura

El centro decisivo

La debacle del Centro Democrático y Social (CDS), aquel partido creado a su imagen y semejanza por Adolfo Suárez en 1982 tras autodinamitarse Unión de Centro Democrático (UCD), comenzó hace justo treinta años. Se desencadenó al pactar, en junio de 1989, una moción de censura con Alianza Popular (AP), que en Madrid descabalgó de la alcaldía al socialista Juan Barranco, aupando al sillón capitalino al exministro y fiel escudero del que fuera presidente del Gobierno, Agustín Rodríguez Sahagún. En aquellas autonómicas y municipales, el CDS alcanzó el mayor respaldo de su historia, con casi dos millones de votos, obteniendo la presidencia del gobierno canario, una representación de 200 diputados en más de una docena de parlamentos autonómicos, casi 700 alcaldes y unos 6.000 concejales en numerosos ayuntamientos del país. Aquel proyecto, concebido como tercera vía por el entorno de su carismático líder tras la cruenta experiencia del conglomerado ideológico que supuso la extinta UCD, fue lo más cercano al centro político que ha existido en nuestro país desde la etapa de la Transición.

Hasta ese año 1989, en un país netamente bipartidista, el CDS supo guardar distancias con las dos grandes formaciones (PSOE y AP), pasando de sus exiguos dos diputados en el Congreso de 1982 hasta alcanzar notables éxitos electorales, como ocurrió en las generales de 1986, con casi una veintena de escaños. Sin embargo, el pacto madrileño con la derechista y conservadora AP, cuyo grupo municipal encabezaba José María Álvarez del Manzano (quien luego accedió a la alcaldía en 1991 y la retuvo hasta 2003), marcaría el principio del fin de la formación centrista, integrada apenas un año antes en la Internacional Liberal, que llegó a presidir el propio Suárez.

En Murcia, el CDS también había cosechado un apreciable éxito al obtener en aquellas municipales de 1987 cinco concejales en el ayuntamiento de la capital; unos comicios en los que la lista del PSOE, encabezada por José Méndez, fue la más votada, alcanzado los 12 ediles, pero no la mayoría absoluta. Sin embargo, las negociaciones del CDS con AP, que contaba con 10 concejales, no fructificaron, y ni Ramón Luis Valcárcel, entonces candidato popular, ni Adolfo Fernández, centrista, vieron colmadas sus aspiraciones de convertirse en alcalde con el mutuo apoyo. A lo largo de la legislatura, ambos amagaron varias veces con presentarle una moción de censura al PSOE, si bien esta sería solo una amenaza que no cuajó como sí ocurriera en Madrid.

En 1991, tras unos resultados decepcionantes en las autonómicas y municipales de ese año, Adolfo Suárez dimitió como presidente del CDS. Muchos cargos y militantes centristas se pasaron en masa a otras formaciones, fundamentalmente al refundado PP que terminó por fagocitarlo. Los rescoldos del CDS prolongaron su agonía durante unos cuantos años, llegándose a episodios tan chuscos y rocambolescos como que encabezara su candidatura a la presidencia del Gobierno, en las generales de 2000, un tal Mario Conde

Aquel ejemplo de lo ocurrido en la capital de España, que marcó el descenso a los infiernos de un partido de claro corte moderado y progresista, debiera servir para quienes en estos días negocian pactos de gobernabilidad en España. La pugna por ocupar el centro político en este país, que es tan vieja como nuestra recuperada democracia, supone hacerse con un granero de votos que suele desequilibrar la balanza de cara a imponerse en las elecciones. Aquellos que aquí aspiran a algo y se alejan del centro suelen pagar cara su osadía. Le ocurrió al CDS en su momento con AP, al PSOE en otros tiempos al aparecer Podemos y, más recientemente, al PP tras la irrupción de Vox por su flanco más diestro. Y esto es algo que en Ciudadanos, siempre tan reivindicativos a la hora de ocupar ese espacio político central, y ubicados hoy en el fiel de la balanza, no deberían olvidar, por la cuenta que les trae.

[‘La Verdad’ de Murcia. 4-6-2019]


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