Las medicinas complementarias, también llamadas alternativas no salen gratis. Bueno, realmente nada en este mundo es gratis. Lo que queremos decir es que no están libres de costes colaterales, aparte del coste pecuniario que puedan representar.
Cuando alguien decide optar por tratamientos antes o por fuera de la que se entiende por Medicina convencional está tomando una serie de decisiones que, además de afectarle directamente y de lo que son muy dueños, plantea repercusiones más allá del propio usuario. Como quiera que los tratamientos alternativos y complementarios no suelen tener cobertura por los sistema de asistencia o seguro social (con la excepción de Francia, según sabemos) se genera una carga económica adicional al tratamiento de cualquier alteración de la salud.
No se puede pretender que la medicina convencional, biomédica, tenga todas las respuestas y este libre de efectos negativos, muchos conocidos y otros aún ocultos, Pero basada en un principio de eficacia, ha conseguido un considerable grado de aceptación por esa misma eficacia sobre todo en los últimos 50 años. La asignación de recursos a otras opciones de eficacia no siempre evidenciable, distrae esos recursos siempre escasos, sobre todo en el nivel individual, al tiempo que detrae confianzas tanto de los usuarios como de terceros que observan.
Se puede incluir también que, y en general, la información que acompaña la práctica y la prescripción de tratamientos alternativos resulta escasa cuando no incompleta y, a menudo, desviada de realidades comprobables.
También existe el riesgo que quienes utilizan medicinas alternativas se autoexcluyen a menudo del recurso a la medicina convencional, con lo que se retrasan o ni siquiera se accede a remedios de eficacia como pueden ser intervenciones quirúrgicas, muchas de las cuales, no simplemente no tienen alternativa. El ejemplo más elemental es la apendicitis aguda, uno de los procesos con tratamiento quirúrgico menos discutible. O las fracturas óseas, las interrupciones del embarazo o las hemorragias evidentes.
En el anecdotario reciente se incluye la asistencia a un servicio de Urgencias, llegando en una UCI móvil de una niña que había ingerido unas pastillas de un tratamiento homeopático tan inocuas como ineficaces, cuya dosis tóxica hubiese precisado la ingesta de 1 millón de pastillas. Quien prescribió el tratamiento debería haber sido más insistente en su inocuidad y con ello evitar el empleo de un transporte extraordinario y el gasto consecutivo. Pero el error está en que si se insiste en la eficacia de un tratamiento homeopático, lo lógico es que los padres interpreten que cualquier exceso pueda tener efectos indeseables. Tal es la incongruencia de la homeopatía.
El anecdotario no hace más que señalar situaciones y sólo puede interpretarse en ese sentido. Lo que queremos enfatizar es que los efectos sociales de la medicina alternativa se extiende más allá de sus saurios y que deben tenerse en cuenta.
X. Allué (Editor)
