Revista Cultura y Ocio

El desván de Eva Roma

Publicado el 28 julio 2010 por Evagp1972
El desván de Eva Roma
Capítulo uno
Dedicado a L. Mir y X. Miret
Carla querida,
Desconozco si continúas viviendo en tu preciosa residencia de Via Sacchetti. En todo caso, espero que alguien de la Orden te hará llegar esta carta. Quizá la recibas con algunos renglones ocultos por el vigilante rotulador negro del censor. En ese caso, vaya por delante mi saludo a estos profesionales tan simpáticos de la Orden a los que tengo, como sabes, un profundo cariño.
Te sorprenderá saber de mí después de tanto tiempo. Y ahora qué mosca le habrá picado, dirás. No respondí a tu última carta e hice caso omiso de la última tarjeta de Navidad que me enviaste. Nuestra amistad puede superar cualquier cosa, decías. No sé si una amistad puede superarlo todo o, en todo caso, superarlo y quedar indemne. Algo se pierde, irremediablemente, en cada encontronazo.
Pero heme aquí escribiéndote una carta que no sé si llegará a tus manos, y quizá por eso te la escribo: porque tal vez no te llegue nunca, y no seas tú sino un perfecto desconocido o desconocida quien la esté leyendo, con una mezcla de curiosidad y culpa, sin saber de nuestra historia pasada, nada de mi vida ni de la tuya. He tenido en cuenta, también, la posibilidad de que esta carta no se lea nunca, ni por ti, ni por nadie. Perdida, nunca abierta, quizá por la ineptitud del cartero o de quienes ahora ocupen tu lugar en esa domus de la Orden semejante a un palacio. Vivías entre columnas dóricas que casi llegaban al cielo y pisabas un hermoso y brillante suelo de mármol, en perfecto ajedrez blanco y negro. Recuerdo el amplísimo vestíbulo en el que, por toda decoración, tenías un magnífico piano de cola.
No sé qué habréis comentado sobre mí Carmen y tú. Supongo que debe estar bastante enfadada conmigo, quizá por los mismos motivos que tú. Sea. Creo que le hará bien estar lejos de mi mala influencia. Tener amistades con gentiles no es una afición demasiado sana para vosotras. Ni sana, ni prudente. Que alguien se pasee por el lado salvaje de la vida y sea feliz (feliz de veras, sin paliativos), alguien sin Dios y, sin embargo, con una vida llena de sentido...no ha de ser fácil. Podríais acabar pensando que la vuestra no es la única vía de acceso a la verdad; que no hay una sola verdad, sino muchas. ¿Recuerdas nuestras luchas dialécticas? Hoy no te escribo para herirte (seguro que sabrás contraargumentarme, como siempre, con el mismo apasionamiento de entonces), sino en cierto modo para recordarte y recordarnos y, por qué no, para explicarme.
Me has hecho pensar en aquella reunión con el padre Céspedes (desde aquel día, padre Columpio). El buen sacerdote intentaba convencer a un público ya convencido (faltaba yo, claro) de la existencia de una Única Verdad. El escenario fue la sala de estar de una de vuestras casas. Mesa y sillas de rústica sencillez, un grupo reducido de almas ansiosas de alimento espiritual... Luces tenues, decías, para facilitar el acceso al mundo interior de cada cual. Yo me decantaba por pensar – yo y todos los buenos seductores- que esas luces tenues eran también un buen medio para adormecer las conciencias... La conferencia empezó mal (era su primera tertulia, pero eso tampoco disculpa tan pobre resultado), tartamudeando y sin encontrar el hilo de una argumentación que se le iba constantemente de las manos para acabar, sudoroso y confuso, balanceando arriba y abajo las piernas en su silla, sin percatarse de que no había mantel cubriendo la mesa en la que apoyaba los brazos y que, por tanto, en cada subida de piernas, bastante cómica de por sí, quedaban al descubierto las medias hasta las rodillas que hasta entonces habían ocultado los faldones de su clergyman. Recuerdo tu enfado de aquella tarde: tú pretendías llevarme a la luz y aquel santo varón  sólo consiguió llevarme al lavabo, donde me refugié para reprimir no tanto una iluminación espiritual sino más bien un ataque de risa.
Querida Carla, no creas que  me río de tus intentos por llevarme por el buen camino. Agradezco tu buena intención y la de Carmen, que tuvo que soportarme, hay que decirlo, por más tiempo y en peores momentos de mi vida que tú.
Tú asististe con temor (acertado, lo reconozco) a mi creciente apasionamiento por Marc. ¿Recuerdas? A veces me pregunto si habrá conseguido que publiquen “su novela”, o si habrá hecho realidad su amenaza de colocar una lírica soga alrededor de su cuello, en caso de no lograrlo. Artistas... También viviste el momento en que arrestaron a papá. Tan sólo viste, sin embargo, el primer acto de la trama. Marchaste a Roma  obedeciendo los dictados de la Orden y fue Carmen la involuntaria testigo, a través de mis palabras y de las noticias que iban apareciendo en la prensa, de la lenta pero inexorable destrucción de papá. Carmen pasó los tres años siguientes soportando mi sentimiento de culpa. Y por si fuera poco fue ella quien descubrió mi aventura con Blanca. Méritos hizo para ganarse el cielo por causa de mi alma pecadora. De esto sí doy fe.
Creo recordar que no conociste a Blanca durante el tiempo que compartimos en la Orden. Te hubiera gustado. Era expansiva, explosiva casi, llena de vida, con su risa entre procaz y juguetona llenando el espacio, allí donde fuera. Ella y sus cabellos excesivos, y yo intentando inútilmente seguirla por los pasillos de aquel colegio en el que impartíamos clase, cuando a los alumnos aún podía interesarles algo más que encontrar el modo de romper los nervios del profesorado. Llena de vida, aunque siempre vistiera de negro. A veces me pregunto qué colores cubrirán su cuerpo, ahora, años después de mí. En realidad me pregunto, más bien, quién cubrirá su cuerpo, ahora, años después de mí.
Recuerdo la noche en que me llevó a casa en ese auto suyo que conducía siempre como si la mafia rusa nos pisara los talones, perdiendo una llanta en cada curva, dejando yo siempre perdido el asiento de sudor (de veras, en una ocasión pensé que no vería el día siguiente). Aquella noche llovía a cántaros, pero eso no la arredró, a ella no. Conducía a cien por hora en las callejuelas de la parte alta de Tarragona, donde solíamos perdernos los sábados por la noche, y cuando milagrosamente llegamos con vida a la puerta de mi casa, salió ella del auto, abrió un inmenso paraguas, y no dejó que abriera la puerta del coche hasta asegurarse de que podía hacerlo bajo su manto protector. Me acompañó hasta la puerta de casa (de la que me separaban tan sólo cinco o seis pasos) y, al despedirnos, me hizo, riendo, una graciosa reverencia. Me pareció un gesto encantador. Creo que en ese momento empecé a amarla.
(Continuará...)

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