Le habían inculcado que era alguien especial. Aún no había dejado de mearse en la cama y ya se tenía por alguien distinto, notaba que no pertenecía a aquel barrio feo y sin asfalto. Lo cierto es que, ya fuera fruto del azar o del trabajo, fue logrando las pequeñas metas que se trazaba, aunque el precio era mucho más caro de lo que él lograba imaginar.
Siempre tuvo claro su deseo de cambiar lo que no le gustaba. Sólo anhelaba aquello que no tenía, y experimentaba un ansia irrefrenable por dejar un rastro imperecedero que reflejara su paso por el vasto mundo que le rodeaba, incapaz de contener un firme deseo de entrega que le sobrepasaba, y que sólo podría colmar en la batalla, las más veces por y para los demás.
Pero siempre dudó sobre cuál debía ser aquella huella en el camino, y terminó por plantearse si servía para algo tanto sueño sin alcanzar. Tampoco estaba plenamente seguro de si realmente el mundo necesitaba que algo suyo perdurase. Y se instaló en el descanso y la pereza, descorazonadora forma de asumir que era uno más de la comunidad.
Los años pasaron y terminó por convertirse en una persona muy austera. En las paredes de su casa no había cuadros, espejos ni plantas. Tampoco tenía muebles, y jamás cubría su cuerpo con joyas, relojes o cadenas. Hacía mucho tiempo que había descubierto que el disfrute de la vida iba mucho más allá de lo material. Quijote, vagabundo y solo.
La comodidad del ayer no había devorado sus sueños, pero sí había dejado un páramo extenso y desolador como único resultado. Los ejemplos que había tomado como buenos y que sencillamente eran otros errores acumulados, se sumaron a los continuos miedos respecto a aquello que podía o no podía hacer habían terminado por consumir su existencia. ¿Habría estado viviendo una vida que nunca quiso tener? Y hubo un día que se hizo tarde y, como en la canción, pensó que sólo era eso, porque la noche si vino y no dejó de darle un beso.
Hoy casi nada queda de aquel deseo de cambiar lo establecido.
Resignarse a mirar su entorno sin tan siquiera hablar es algo que le consume lentamente, porque siempre supo que había algo en su interior que necesitaba dar. No sabía muy bien qué ni cuándo, pero tenía que hacerlo.
Los sueños incompletos, las pérdidas que se clavan profundamente en la piel, el dulce sabor de las pequeñas y amargas victorias... Tanto por hacer y tan poco tiempo.
Nunca es tarde para caminar. Sólo hay que reunir ganas para hacerlo.
