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El diablo de la botella (1893), de robert louis stevenson. una apuesta arriesgada.

Publicado el 19 mayo 2012 por Miguelmalaga
EL DIABLO DE LA BOTELLA (1893), DE ROBERT LOUIS STEVENSON. UNA APUESTA ARRIESGADA.
Cuando me propusieron el otro día elegir la siguiente lectura en el club de la Biblioteca Provincial, a la espera de que nos traigan un nuevo libro oficial, no me lo pensé dos veces y elegí este cuento de Stevenson, que tanto me impresionó en mi adolescencia.


Como tantas veces sucede, temí que, leído tantos años después, el relato me decepcionara. Nada de eso. La magia sigue intacta, su estructura sigue siendo perfecta y su lectura me deja la misma mezcla de placer y desasosiego que la primera vez. Esta es la manera de concebir la literatura de Stevenson: una presunta sencillez en la escritura que esconde nada menos que la entera complejidad del ser humano.


La estructura del relato es perfecta, permitiéndole ser un modelo clásico de este género. Stevenson nos presenta un objeto mágico del que derivan una serie de reglas; se trata de una botella en la que habita un demonio que concede a su poseedor todos sus deseos, a cambio de una peligrosa contrapartida: si muere sin haberla vendido será condenado por toda la eternidad. La botella debe ser vendida por un precio menor al que se compró e informando al nuevo poseedor de todas las características de la misma.


Como se puede imaginar el conflicto surge cuando el protagonista, Keawe, que se ha beneficiado del diablo de la botella y ha logrado venderla, siente la necesidad de recuperarla ante la inminencia de una enfermedad, que descubre precisamente cuando está a punto de contraer matrimonio. Volver a encontrarla no resulta demasiado difícil: no hay más que seguir la estela de buenas viviendas y propietarios aliviados que va dejando. El problema surge cuando advierte que él va a comprarla a un precio tan irrisorio que será imposible volver a venderla. ¿Merece la pena arriesgar el alma por un poco de felicidad aquí en la Tierra? Keawe se hace de nuevo con la maldita botella conociendo las consecuencias. A veces los humanos, cegados por el amor y el bien inmediato nos perdemos. Pero eso es precisamente lo que nos hace humanos.


Hay algo que resulta curioso en el relato de Stevenson. Los personajes que aparecen, que compran la botella a precios irrisorios, ya que lleva siglos pasando de mano en mano (el autor nos informa de que fue propiedad del Preste Juan, de Napoleón Bonaparte y del capitán Cook), no parecen albergar grandes ambiciones: se conforman con una buena casa y una renta para mantener una felicidad humilde, que es la felicidad verdadera. Es como si los que pueden permitirse comprar la botella cuando su precio es mínimo no tuvieran la misma naturaleza de sus antiguos poseedores, que querían reinos, prestigio universal y gobernar imperios.


En el club se intentó extrapolar el argumento y las enseñanzas del cuento a nuestra época, como es posible hacer con prácticamente cualquier clásico. Me parece divertido comparar al banquero que ofrece una hipoteca para toda la vida a un trabajador, que quizá no podrá afrontarla en algún momento de su vida, con el diablo de la botella. Ambos ofrecen felicidad a cambio de una posible condenación de por vida: una apuesta arriesgada en la que a veces se pierde, como tristemente vemos todos los días. Bien es cierto que hoy día nadie cree en el infierno, pero sí que somos testigos de otras amenazas prácticamente equiparables: el paro, los embargos, la exclusión social. Y todo porque un día se nos apareció un diablo prometiéndonos la felicidad a cambio de prácticamente nada.

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