Revista Cultura y Ocio

El discurso vacío, por Mario Levrero

Publicado el 13 marzo 2010 por David Pérez Vega @DavidPerezVeg

Editorial Caballo de Troya. 169 páginas. Edición de 2007, primera edición 1996.
Este libro está escrito unas dos décadas después de las novelas que componían La trilogía involuntaria. El editor de Caballo de Troya, Constantino Bertolo, afirmaba en el prólogo de París que El discurso vacío junto con La novela luminosa son lo mejor de la producción de Levrero, que por lo que he leído hasta ahora pasa por, al menos, tres etapas: la kafkiana, surrealista y fantástica de La trilogía involuntaria; la de corte rápido basada en la novela negra norteamericana de Dejen todo en mis manos; y la confesional en forma casi de diario que estaría formada por El discurso vacío y La novela luminosa.
En El discurso vacío un narrador, mucho más identificado esta vez con la figura del autor que en otras obras, nos informa que ha decidido llevar a cabo ejercicios caligráficos con la intención de cambiar su letra. Su pretensión real es modificar su carácter y su personalidad: si su letra actual analizada caligráficamente refleja su ansiedad y angustia, ha pensado en invertir el proceso lógico, cambiará su letra para conseguir que aflore en él una nueva personalidad.
El narrador comienza a escribir a mano. Se percata de que ante un papel en blanco sus ansias de crear un texto literario le hacen no prestar atención a la letra, así que para que su experimento terapéutico tenga éxito debe intentar no hablar de nada trascendente, recrearse en las explicaciones sobre el trazo de la letra o banalidades, es decir crear un discurso vacío. Evidentemente no va a poder ceñirse a este propósito y los pensamientos que escribe en sus ejercicios caligráficos constituyen la novela; un texto casi confesional, que se va estructurando en torno a fechas, igual que en un diario.
El narrador (Levrero) nos habla de su día a día, de sus intentos caligráficos, de sus juegos con la computadora, que le hace pensar que ha llegado a sustituir a su Inconsciente como campo de investigación (página 32), también afirma: “En mi inconsciente llegué a investigar tan lejos como pude, y el subproducto de esta investigación es la literatura que he escrito”, dándonos las claves de La trilogía involuntaria.
En la página 37 el narrador afirma que su esfuerzo grafológico está enfocado a convertirle en el artífice de su destino, una idea preponderante en el desarrollo de su narrativa.
Página 39: “Quiero escribir y publicar. Tengo necesidad de ver mi nombre, mi verdadero nombre y no el que me pusieron, en letras de molde. Y más que eso, mucho más que eso, quiero entrar en contacto conmigo mismo, con el maravilloso ser que me habita y que es capaz, entre muchos otros prodigios, de fabular historias o historietas interesantes. Ese es el punto. Esa es la clave. Recuperar el contacto con el ser íntimo, con el ser que participa de algún modo secreto de la chispa divina que recorre infatigablemente el Universo y lo anima, lo sostiene, le presta realidad bajo su aspecto de cáscara vacía”.
El discurso suele verse interrumpido por las relaciones con sus familiares: su mujer, Alicia, y el hijo de ésta, Juan Ignacio. Bastantes reflexiones sobre las interrupciones se hacen en el libro. El narrador intenta desentrañar sus relaciones familiares y la conclusión parece algo desalentadora: no quiere vivir sólo, pero sí rodeado de gente que respete su soledad. Quizás un enunciado de la distancia del escritor frente a los demás, de su aislamiento y también de su necesidad de los otros.
Las reflexiones sobre la familia se desvían al analizar las relaciones que se establecen entre los otros habitantes de la casa: un perro y un gato. En la descripción de sus hábitos y comportamientos el narrador irá encontrando claves sobre su propio comportamiento y situación dentro del núcleo familiar.
La angustia vital kafkiana también está aquí: las interrupciones, la carencia de espacio propio, el ruido amenazador, la inestabilidad económica, la esencia del artista: “Tengo ganas de escribir algo literario, no rentable”, se afirma en la página 71. “Aprendí a separarme del cuerpo y vivir en la mente”, página 75.
Como ocurría en los otros cuatro libros leídos de Levrero hasta ahora, el mundo de los sueños empieza a cobrar importancia, sobre todo en forma de sueños eróticos.
Tal vez nos encontramos ante la clave última del texto en la página 121, cuando el narrador nos dice: “Cree la gente, de modo casi unánime, que lo que a mí me interesa es escribir. Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (=despertar)”.
El libro me ha resultado interesante, y me hace sentir deseos de acercarme a La novela luminosa, que me parece que ha de ser un libro parecido a El discurso vacío, pero a mayor escala en su análisis del paso del tiempo y de mayor ambición. Creo que el interés del libro es mayor una vez leídos otros libros de Levrero, y El discuros vacío debe ser tomado en este caso como unos apuntes sobre las claves del autor, sobre la intimidad cotidiana de alguien que veinte años atrás tuvo la fuerza necesaria para escribir un libro como El lugar.

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LOS COMENTARIOS (2)

Por   David Pérez Vega
publicado el 22 agosto a las 21:51
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Hola La Blues:

Disculpa lo que he tardado en contestar, estaba fuera de vacaciones. Creo que este libro de Levrero necesita haber leído algunos previos de él, para familiarizarse con su mundo de obsesiones. Yo cuando lo leí ya llevaba 4 seguidos y el personaje Levrero me hacía gracia. Supongo que el hecho de que yo también escriba ayuda al interés, al sentir curiosidad por las manías o pensamientos de otra persona escribiendo.

Saludos

Por  La Blues Mund
publicado el 05 agosto a las 13:35
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Jop, leyendo tu reseña me siento aún más estúpida, pero es que a mí me ha parecido carente totalemnte de interés, como así lo reflejo en mi comentario.

Saludos

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