Revista Sociedad

El fenómeno de "Ocho Apellidos Vascos"

Por Jmbigas @jmbigas
Para desgracia de la industria cinematográfica nacional, y de la mayoría de nosotros como espectadores potenciales, en el cine español abundan las películas pretenciosas. Historias que pretenden convertirse en obras maestras en base a guiones deshilvanados que no interesan a nadie (quiero creer que excepto a su propio director); en base a personajes extremos que no forman parte de la vida diaria de la mayoría de los ciudadanos; en base a una realización mediocre, con actores y actrices que encarnan de forma rutinaria los papeles que les han correspondido, y que parece que no se creen demasiado; en base a un sonido a menudo ininteligible y a montajes atormentados que intentan disimular lo endeble de la historia en sí.

El fenómeno de

Emilio Martínez Lázaro, el director.
(Fuente: hoyesarte)

En resumen, la mayoría del cine español no es más que un páramo del que desertan en masa los espectadores, que persiguen ofertas mucho más atractivas. Proyectos que, a menudo, no superan la fase del más puro onanismo cultural. Por supuesto, también hay algunas buenas películas, aunque son una distinguida minoría. Hay algunos directores de muy buen nivel, que siempre realizan buenas películas, aunque a menudo no resulten atractivas para el espectador. Y también hay un buen puñado de directores con oficio, que siempre constituyen una cierta garantía de calidad del producto terminado. Y también hay algunas obras maestras, aunque la lista siempre será discutible. Posiblemente la mayoría estemos de acuerdo en incluir al García Berlanga de El Verdugo (1963) o Bienvenido, Mister Marshall (1953), aunque podamos diferir sobre si lo merece la fallera Paris Tombuctú (1999). El Amenábar de Los Otros (2001) podría estar, aunque sea muy discutible que se trate de una película del cine español. Personalmente incluiría al Almodóvar de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) y de Volver (2006) o al Fernando Trueba de Belle Epoque (1992) o de La niña de tus ojos (1998). También estaría en mi lista el Juanma Bajo Ulloa de Airbag (1997). Y hasta dentro del cine más casposo destacan algunas películas que han trascendido a su época (que es un requerimiento para que pueda pensarse que se trata de una obra maestra), como el No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970). Creo que también debería estar el Carlos Saura de La Caza (1966), aunque me costaría incluir alguna obra del (presunto) genio Luis Buñuel, cuyas películas, en general, me parecen pretenciosas y alejadas del espectador.

El fenómeno de

Clara Lago es Amaia.
(Fuente: elmundo)

Con Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014), no estamos ante una obra maestra, pero sí ante una película pequeñita, pero excelente y deliciosa, de la que puede disfrutar cualquier espectador, incluso varias veces. Digo que no es una obra maestra porque, básicamente, ninguno de sus autores ha pretendido que lo sea. Eso la convierte en una película nada pretenciosa, que está teniendo un éxito de público y taquilla más allá de todas las expectativas. Será, sin duda alguna, una película que se recordará (y se volverá a ver) durante mucho tiempo. Pero, ¿cuál es la receta?. En el fondo, es simple, aunque conseguir que todos los ingredientes estén en su proporción exacta, que la cocción esté precisamente en su punto justo, y que la guarnición realce con elegancia pero no oculte el sabor principal del plato, está al alcance de muy pocos. La historia es sencilla: la improbable historia de amor entre un chico sevillano de libro con una chica vasca de manual, que vive en el imaginario pueblo de Argoitia, junto al Cantábrico. A partir de esta historia, el guión es una finísima obra de orfebrería, que maneja todos los tópicos imaginables con un cariño muy cercano; que se permite reírse de muchas cosas sin que (creo) nadie pueda sentirse herido.

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Dani Rovira es Rafa, aunque a veces le toca
parecer Antxon.
(Fuente: zoomnews)

Los personajes son de los que quedarán en la memoria del espectador por mucho tiempo. Y a ello contribuye un cuarteto de actores en absoluto estado de gracia, que más que encarnarlos, son sus propios personajes. Los cuatro merecerían un Premio Goya de Grupo. Clara Lago, que ya nos inquietó como la niña de El Viaje de Carol (Imanol Uribe, 2002), es Amaia, la taxista de Argoitia. Con su belleza intensa, pero nada voluptuosa, enamora al espectador desde la primera hasta la última escena. Cuando sonríe, lo que sucede pocas veces en esta película, se ilumina la pantalla. Noble siempre, aunque bastante borde muy a menudo, la historia la conduce a tener que soportar una fabulación que cada vez está más fuera de su control. Dani Rovira es un cómico malagueño surgido del crisol del televisivo Club de la Comedia. Alguno de sus monólogos ya ha pasado a la pequeña historia del género. Dani es Rafa, un chico engominado del barrio de La Cruz de Sevilla, que trabaja en un bar junto al Guadalquivir. Se enamora hasta las trancas de Amaia, de despedida de soltera por Sevilla, con sus amigas, a la que le sale el rebujito por las orejas. Persiguiendo su quimera, Rafa cruzará por primera vez en su vida Despeñaperros, hasta llegar a Argoitia. Personalmente, Dani me parece muy divertido, especialmente por sus idas y vueltas verbales. La historia le lleva a quitarse la gomina, ponerse un piercing y parecer un chico vasco, la hostia, pues.

El fenómeno de

Karra Elejalde es Koldo (el padre de Amaia). Lo es, no es que
lo interprete.
(Fuente: cinedor)

Karra Elejalde es ya un veterano del cine vasco y español en general. Aquí es Koldo, el padre de Amaia, un pescador de arrastre con barco propio, desaparecido durante seis años, desde que su mujer se fugó con un sevillano (la historia siempre se repite), y que la casualidad (o no) le lleva de vuelta a Argoitia. Cuando baja del barco y avanza por el muelle para encontrarse con Amaia, sabemos que lo que estamos viendo no es a Karra haciendo de Koldo, sino al propio Koldo, con sus historias de pesca en costas lejanas, su afición al txakolí y su castellano parco, entreverado de euskera. Su actuación es simplemente magistral. ¿Y qué decir de Carmen Machi, la Aída de la televisión?. Pues que saca adelante su papel de Merche con acierto y éxito. Ser de Cáceres y viuda de guardia civil en Argoitia no es una tarea fácil, pero lo lleva con alegría y nunca pensó en volver a Extremadura. Rafa encuentra en ella un apoyo ciertamente incondicional, aunque algo interesado, eso sí. Este es el cuarteto de maestros que lleva en volandas al espectador desde el principio al fin de la historia. Más algunos personajes secundarios muy bien escogidos, de entre los que destacaría al Padre Inazio, a quien el secreto de confesión le pesa demasiado, y a los dos amigos sevillanos de Rafa, convencidos de que a éste le ha abducido algún comando terrorista.

El fenómeno de

Carmen Machi es Merche, aunque a veces le toca
parecer Anne.
(Fuente: hola)

Con estos mimbres, Emilio Martínez Lázaro desarrolla la comedia con buen tino y un ritmo impecable, al que un montaje muy bien ajustado le mantiene el necesario suspense. La película es muy divertida. No da para grandes carcajadas, pero al espectador se le instala la sonrisa en la boca al principio de la historia, y ya no le abandonará hasta los títulos de crédito finales. Y quedan ganas de verla otra vez, en la seguridad de que algunos guiños y recovecos de los diálogos se nos han pasado por alto la primera vez. Todos estos ingredientes son los que han convertido a Ocho apellidos vascos en un éxito inesperado de taquilla. Ha funcionado el boca a boca, y la película se ha ido recomendando de unos a otros para pasar un rato muy divertido, lo que, en estos tiempos, la realidad cotidiana raramente nos brinda. Al hilo de Ocho apellidos vascos, he buceado un poco en la filmografía anterior de Emilio Martínez Lázaro, y he recuperado algunas joyitas de la comedia española de las últimas décadas. Empezando por Amo tu cama rica (1991), que ya me gustó cuando la vi en su momento, y que me sigue gustando ahora que la he visto de nuevo. Es otra historia de amor improbable, entre un apocado Pedro (Pere Ponce) y una sensual, seductora y promiscua Sara (Ariadna Gil). O las dos comedias musicales de la última década (Al otro lado de la cama -2002- y Los 2 lados de la cama -2005-) donde el director sigue las peripecias amorosas de varias parejas amigas, utilizando un género infrecuente en el cine español. En resumen, pues, un director con muy buen oficio para la comedia, un grupito de actores que rozan la excelencia, una historia de amor improbable (casi, casi, incluso interracial) y una producción meticulosa que sitúa la acción en escenarios privilegiados, han creado otra joyita del cine español de comedia, que el público ha sabido agradecer. Parecería sencillo, pero dado que estamos hablando de un fenómeno infrecuente, bien convendrá agradecer a todo el equipo técnico y artístico su devoción para conseguir una joya de película. Entre otras muchas cosas, porque saben esquivar con maestría los inevitables elementos truculentos que siempre tiene una historia como esta. Quizá nunca se la considere una obra maestra, pero estoy seguro de que podremos volver a verla en diez o veinte años, y seguirá haciéndonos sonreír de principio a fin. Absolutamente recomendable para pasar un muy buen rato de cine. JMBA

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