
Cada vez que leo una novela de Petros Markaris me siento como si estuviera ante un periódico o un noticiario televisivo; el tema es real, actual y predictivo, es algo que, al menos yo, considero no solo que está pasando sino que irá a más. El protagonista, Kostas Jaritos, es un policía sencillo, totalmente anclado en la cotidianeidad; no es la típica figura principal de la novela negra. Kostas necesita a sus subordinados para resolver los casos, a sus superiores para enfadarse sin perderles nunca el respeto y a su familia para sobrellevar el día a día. La familia de Jaritos y los verdaderos amigos, que también son familia, consiguen que su salud mental no se resienta después de todo lo que ve en la calle; consiguen que sea un hombre feliz.

El Jefe de las Fuerzas de Seguridad del Ática es un hombre discreto que no se ha visto atrapado por el poder ni el dinero, por eso es capaz de hablar con un comunista recalcitrante sin ningún tipo de problema. Zisis y él son amigos y, cada uno desde un lado de la política, quieren el bienestar de la sociedad. Así de fácil. Ojalá aprendiéramos de estos personajes en los que intuyo mucho del propio Márkaris, un hombre de bien, compenetrado con los perdedores de este sistema capitalista en el que vivimos que no pierde la oportunidad de denunciarlo.
El fraude del futuro lo tenemos ya con nosotros; la inteligencia artificial escribe tesis a aquellos alumnos que no quieren esforzarse, libros a escritores mediocres que pretenden ser reconocidos por algo que no han hecho. Siempre han existido personas que trabajaban para la gloria de otros pero la inteligencia artificial está alcanzando unos niveles de perfección tales que, en unos años cambiará la concepción que tenemos del arte. El fraude es el futuro nos introduce en ese mundo cuando un vigilante de seguridad del yacimiento arqueológico de Elefsina aparece muerto y varias piezas de la Antigüedad han sido sustituidas por réplicas elaboradas mediante I.A. Para algunos, lejos de suponer un problema, implica una medida de enriquecimiento. El equipo de Jaritos debe resolver hasta cuatro asesinatos y la recuperación de las piezas. Cuando la ciencia y la tecnología quedan en manos de redes ilegales artísticas se nos presenta, ante todo, un problema moral.
El punto de vista de la novela es el del protagonista, el jefe de policía Jaritos quien, eligiendo los momentos para él fundamentales, nos va contando su día a día desde la mañana hasta que llega a casa, habla con Adrianí, su mujer, cena, ven un rato la televisión y se acuestan. Otros días va al refugio de inmigrantes, que ahora es Adrianí quien dirige mientras que Zisis se repone de su ataque al corazón; allí lo esperan normalmente sus amigos, su hija, su yerno y su nieto Lambros para pasar un rato agradable y cenar antes de finalizar la jornada. Son momentos felices que Kostas agradece por muy cansado que esté «Cuando termina de cenar, Fanis se pone de pie. —Se acabó el recreo por hoy —le dice a Zisis—. Ahora tú te irás a tu habitación y nosotros, a casa. La velada de la alegre subversión ha concluido y subimos a los coches para poner rumbo a nuestras casas… y a nuestras camas».
Creo que esta es la decimosexta entrega de la saga Jaritos y Márkaris se mantiene fiel a la estructura en la que uno de los apartados más importantes del día a día es el final de la jornada. También los lectores estamos deseando conocer en qué consistirá la cena, cómo disfrutarán los mayores con el pequeño Lambros y cómo estarán dispuestos siempre para una palabra amable hacia el otro.

La voz de Kostas aporta su versión íntima de lo que sucede. Con ello nos priva de saber la interpretación de los demás, hemos de confiar en sus impresiones y lo hacemos porque empatizamos desde el primer momento con el protagonista, porque a través de los diálogos intuimos que el resto de personajes está a gusto con él «Mi intuición demostró ser acertada. Adrianí me contó las buenas noticias del refugio y me describió el primer paseo de Zisis por la cocina y el vestíbulo».
Todo es asequible en la novela de Petros Márkaris, el vocabulario natural ayuda a la lectura, las comparaciones cotidianas favorecen que los lectores entendamos la situación «Como nos estamos ahogando en mar abierto, hasta unos manguitos de niño nos serían de ayuda», los platos que preparan, de los que dan buena cuenta, no pueden ser más sugerentes: pulpo al vino, arroz con mejillones, albóndigas con salsa de huevo y limón, tomates rellenos, bocaditos de pollo con jilopites… Y las frases hechas, de carácter popular, también tienen su lugar en el estilo, «nos agarramos a un clavo ardiendo».
Hay otros lugares comunes en la saga: la denuncia al tráfico nefasto por causa de las obras constantes poco eficaces; la introducción de cartas a la policía o a altos cargos políticos en las que los delincuentes piden llegar a acuerdos para salir indemnes
Señor ministro:
[…]
Atentamente,
Grupo de Revitalización del Legado Antiguo
En otras ocasiones la policía recibe comunicados anónimos para instarla a decidirse.
Asimismo, el que la policía vea coaccionada su actuación a causa de intereses políticos representa una situación habitual en las novelas, «Sé que el director está de mi parte pero esto no me supone ningún alivio, puesto que mi superior es rehén del ministro, igual que yo».
No faltan, por supuesto, costumbres sociales que van cambiando para estresarnos más en general, al “obligarnos” a un consumismo desmedido «la mamá de Nikos su amigo, había organizado una fiesta de cumpleaños perfecta. Claro que eso al final me pasará factura —añadió […] en algún momento ella también tendrá que organizar una fiesta».
Y, sin duda alguna, no podemos terminar la novela sin la visita obligada de Kostas Jaritos al Dimitrakos que, aunque parece algo aislado, no solo a él, también a nosotros nos ayuda a entender mejor las expresiones que usamos para nombrar algunos conceptos
inteligencia. f. Capacidad de comprender o entender / Habilidad, destreza y experiencia.
En fin, siempre es un placer compartir la sencillez e inteligencia de Petros Márkaris.
