Revista Filosofía

El funcionario español

Por David Porcel
Compare el lector u oyente un funcionario alemán con un funcionario español, notará en el comportamiento del primero, del alemán, que el hombre oculto tras el rol oficial ha aceptado radicalmente éste, se ha sumergido por completo en él, ha inhibido de una vez para siempre su vida personal -se entiende: durante el ejercicio de su obligación-, no ahorra detalle alguno de los prescritos en el reglamento, no se sorprende en él despego alguno hacia la actuación oficial que le es impuesta, al contrario, hace lo que hace, el oficio, con verdadera fruición, cosa imposible si al individuo no le parece ya, como individuo, un ideal ser funcionario (...) Contraponga el lector, a este caso, el del funcionario español. El espectáculo de su comportamiento no puede ser más diferente: al punto advertimos que el español se siente, dentro de su oficio, como dentro de un aparato ortopédico; diríamos que constantemente le duele su oficio, porque su vida personal perdura sin suficiente inhibición, y, al no coincidir con la conducta oficial, tropieza con ella, por eso le duele. Se ve que el hombre este siente en cada situación unas ganas horribles de hacer algo distinto de lo que le prescribe el reglamento. (Ortega y Gasset, El hombre y la gente. Curso 1939-40)

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