Revista Sociedad

El germen de mi competitividad

Publicado el 06 septiembre 2015 por Jas

El germen de mi competitividad

Calle de mi infancia, en Francia (hoy)

No ha pasado mucho tiempo desde que tuve ocasión de volver a visitar los lugares en los que maduré mi infancia: el barrio obrero de una zona industrial de los suburbios -la banlieue- del viejo París... La casa, la calle, la parada del bus, las tiendas... todo parecía estar en su sitio y contribuír a proporcionarme la inquietante sensación de intuir el paso de un plumero sobre unos recuerdos que se precipitaron a codazos, por  pretender ocupar el espacio consciente de mi evocación.Me vi yendo a buscar el pan por la brevedad de una calle que recuerdo infinita, sin dejar la acera y esperando disciplinado a que el semáforo me prestase el verde de su atención para cruzar, no sin antes mirar a ambos lados, lo que entonces debió parecerme revestido del rigor de un puesto fronterizo. Y recordé la sonriente cortesía de la panadera, sus palabras me resultaban casi tan dulces como sus éclairs o sus pains au chocolat, por cuanto distaban de la rudeza de mi castellano, entonces tan directo y desnudo de formalismos...-. Bonjour jeune homme-. Bonjour madame-. Et bien... Qu'est-ce que vous désirez aujourd'hui?-. Une baguette, s'il vous plait-. Et voilà, une baguette bien cuite!-. C'est combien?-. Ça sera cinquante centimes... Merci!... Au revoir jeune homme!


El germen de mi competitividad

Mi colegio (hoy)

Iba hasta la escuela de la mano de mi madre, a la que imagino siempre agobiada por las prisas de llegar a su exceso de trabajo, aunque también por tener que ceder a su único hijo durante tantas horas y a unos desconocidos. Siempre que me dejaba en la puerta conseguía un momento tan triste como solemne, en el que con un gesticulado adiós y atusándome el cabello, recordaba los consejos de esa última hora: su "cómetelo todo", o su "pide ir al baño si te entran ganas", y  su apostillar con un "pórtate bien y aplícate mucho".Por aquél entonces la educación en Francia resultaba un tanto cruel... Y tanto como que hoy, cada vez que pienso en ello, no deja de parecerme extraño el que a unos mocosos, que apenas conseguían levantar del palmo, no sólo se les calificase, sino que lo hiciesen de una manera que hoy escandalizaría a cualquier pedagogo: en los boletines mensuales no se leía un "Progresa Adecuadamente" o un "Debe Mejorar", tampoco era un "Apto" o una nota del cero al diez... Era simple y llanamente un "Ocupa Ud. el primer puesto de un total de 28 alumnos en la clase" o el segundo o el que, según el sentir del formador, correspondiese a cada caso...

El germen de mi competitividad
Recuerdo que mi madre me prometía siempre un premio por el primer puesto, también que cada vez que lo merecía acababa pidiendo el mismo "bolígrafo de mil colores", por la fascinación que me producía y porque cada una de las veces que lo obtuve, la integridad de sus muelles apenas alcanzaba a durarme unas horas, tal era el frenesí con el que lo recibía y usaba.

En ésta, la anécdota que os cuento hoy, reside el germen de lo que fue siempre mi elevada competitividad, y aunque es cierto que me deparó buen número de satisfacciones, no lo es menos que también fueron muchos los problemas y sinsabores con los que me sancionó... Por eso tarde, aunque vale más que el nunca, acabaría entendiendo que también en esto, como con todo y casi siempre, el ideal y la virtud han de buscarse en el justo punto medio. 



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