
Calle de mi infancia, en Francia (hoy)
No ha pasado mucho tiempo desde que tuve ocasión de volver a visitar los lugares en los que maduré mi infancia: el barrio obrero de una zona industrial de los suburbios -la banlieue- del viejo París... La casa, la calle, la parada del bus, las tiendas... todo parecía estar en su sitio y contribuír a proporcionarme la inquietante sensación de intuir el paso de un plumero sobre unos recuerdos que se precipitaron a codazos, por pretender ocupar el espacio consciente de mi evocación.Me vi yendo a buscar el pan por la brevedad de una calle que recuerdo infinita, sin dejar la acera y esperando disciplinado a que el semáforo me prestase el verde de su atención para cruzar, no sin antes mirar a ambos lados, lo que entonces debió parecerme revestido del rigor de un puesto fronterizo. Y recordé la sonriente cortesía de la panadera, sus palabras me resultaban casi tan dulces como sus éclairs o sus pains au chocolat, por cuanto distaban de la rudeza de mi castellano, entonces tan directo y desnudo de formalismos...-. Bonjour jeune homme-. Bonjour madame-. Et bien... Qu'est-ce que vous désirez aujourd'hui?-. Une baguette, s'il vous plait-. Et voilà, une baguette bien cuite!-. C'est combien?-. Ça sera cinquante centimes... Merci!... Au revoir jeune homme!

Mi colegio (hoy)
Iba hasta la escuela de la mano de mi madre, a la que imagino siempre agobiada por las prisas de llegar a su exceso de trabajo, aunque también por tener que ceder a su único hijo durante tantas horas y a unos desconocidos. Siempre que me dejaba en la puerta conseguía un momento tan triste como solemne, en el que con un gesticulado adiós y atusándome el cabello, recordaba los consejos de esa última hora: su "cómetelo todo", o su "pide ir al baño si te entran ganas", y su apostillar con un "pórtate bien y aplícate mucho".Por aquél entonces la educación en Francia resultaba un tanto cruel... Y tanto como que hoy, cada vez que pienso en ello, no deja de parecerme extraño el que a unos mocosos, que apenas conseguían levantar del palmo, no sólo se les calificase, sino que lo hiciesen de una manera que hoy escandalizaría a cualquier pedagogo: en los boletines mensuales no se leía un "Progresa Adecuadamente" o un "Debe Mejorar", tampoco era un "Apto" o una nota del cero al diez... Era simple y llanamente un "Ocupa Ud. el primer puesto de un total de 28 alumnos en la clase" o el segundo o el que, según el sentir del formador, correspondiese a cada caso...

En ésta, la anécdota que os cuento hoy, reside el germen de lo que fue siempre mi elevada competitividad, y aunque es cierto que me deparó buen número de satisfacciones, no lo es menos que también fueron muchos los problemas y sinsabores con los que me sancionó... Por eso tarde, aunque vale más que el nunca, acabaría entendiendo que también en esto, como con todo y casi siempre, el ideal y la virtud han de buscarse en el justo punto medio.
