Revista Cultura y Ocio

El hombre que guardaba un martillo en el frigorífico

Por Calvodemora
El hombre que guardaba un martillo en el frigorífico


"Tom Waits en directo suele hablar entre canción y canción y, en la grabación de un concierto en Australia, menciona a una mujer que él conocía que se llamaba Suzie Marlango. Cuenta que siempre vestía con jerséis de angora, calcetines de angora, zapatos de angora... Casi pensaba que estaba hecha de angora. Dice que después ya no la vio más, pero que siempre que ve una prenda de angora mira dentro a ver si la encuentra. Nunca supimos si era un personaje real o una invención de Tom Waits. Si fuera un personaje real, nos encantaría componer la música que escucharía Suzie Marlango"
(Pelayo, Marlango)
Antes
Hay algunos datos fiables que contribuyen al engrandecimiento épico de la figura de Tom Waits. Otros lo agrietan, lo empequeñecen, lo revisten de esa rutina de lo ordinario y de lo muy visto que vale para cualquier hijo de vecino. Basta un biógrafo exhaustivo, caído ante la altura del mito pero en posesión de material contrastado sobre la vida del cantante para consentir cierto relajamiento en el idilio con ese malditismo que siempre le rodeó. Hay una prótesis sobre el pasado de la bestia que se puede extraer del miembro y exhibir en circos y en galerias minimalistas, según convenga. Es la leyenda del bourbon contra los efectos balsámicos del té. Es el corazón en continuo júbilo creativo en los bares mugrientos contra el confort del nuevo status burgués ganado a pulso y convertido en cura tóxica. Es el combate que el crápula ha perdido contra el integrado. Detrás de estas inconveniencias biográficas, que no están en modo alguno diseñadas para hacer ganar estatura narrativa al biografiado, está su mujer, Kathleen Brennan, que lo mantiene a raya, sin ese bendito don de la ebriedad que le sacó del alma quebrada las piezas maestras de antaño. No es fácil custodiar la memoria de este hombre: se deja escoltar por malas compañías, bebe a morro, escucha música diabólica.
Barney Hoskyns acometió la hazaña de escrutar los signos del vagabundo Waits: los compiló, los hilvanó, esmeró la caligrafía obscena de los años con grumos del poeta salvaje y sacó al mercado un libro. Lo leí embelesado hace unos años. Se llama  La coz cantante: Biografía en dos actos. Lo edita Global Rhythm, tiene más de cuatrocientas páginas y sale por unos treinta euros. Hoskyns estuvo dos años husmeando en el sotano, registrando cajas abandonadas, cerrando bares favoritos del mito. Airea que Tom Waits es un tipo muy celoso de lo suyo: ya tenemos el personaje así que vamos a dejar en paz al hombre. "Una canción debe tener su propio sistema nervioso: la melodía es como el humo, el ritmo son las toses". Sabemos, a lo que ahora se lee en las reseñas periodísticas que provoca el libro de Hoskyns" que Waits guarda en el frigorífico un martillo, un bote de alcachofas y otro de pegamento. Sabemos que su voz orgánica no proviene del abuso de los licores de Tennessee sino de un catarro mal curado. Sabemos fue camarero y conductor de camiones de helados y que vendió aspiradores. Datos. Luego vino Bukowskial que agradece que le haya proporcionado la melodía de su vida.
La melodía es como el humo. El ritmo son las toses. Tom Waits tose, ruge, distorsiona el registro aceptable de una voz entendible. Pero la voz de Waits no precisa que se la entienda: es un instrumento al que ocasionalmente le añadimos el extra de las palabras, que dan un sentido mayor y agrandan (y cómo) el mensaje. Lo que Tom Waits canta es un lamento. Blues al que incorpora ramalazos conscientes y vividos de opereta o de cabaret o del primer rock antes de que se enfangara con las existencias del mercado. No tengo ningún disco favorito de Tom Waits: la etapa primera, cuando estaba ebrio y parecía un perro apaleado, es formidable. La siguiente es igual de abrupta y está calada hasta los huesos con el mismo catecismo de dolores y de aullidos. A mí me parece uno de los tipos más originales que ha parido el siglo XX. Con independencia de que haga música o de que escriba sonetos.
Ahora
La circunstancia disuasoria no existe: ayer acometí de nuevo la escucha de un disco de Waits (Rain dogs, 1985) Lo introduje en la bandeja del CD y me apoltroné en el sillón, mirando el cielo a través de la ventana. No sé en qué momento sentí la necesidad de apagarlo. Me aturdía la crudeza, por decirlo de alguna manera. Sentí (lo he sentido en más ocasiones) que el arrullo del amigo Waits era contraproducente, me hería, me dejaba tocado, ahí en el sillón, que Tom Waits debía dosificarse, guardarse para ocasiones en que no ande uno muy tocado, pero por otra parte, he aquí tal vez la parte más jugosa, permanecí en esa voluntad de dejarme impregnar y llegó un momento (Hang down your head o Time, muy a la mitad de la obra) en que todo fluyó con absoluto confort, era yo el izado, el conmovido, el transportado con mucho mimo hacia un territorio que no esperaba y en el que me sentí como en casa o como en alguna de las muchas casas que uno funda según vaya a un sitio a otro y busque un placer o busque otros. El de Tom Waits ayer, a media tarde, antes de salir a la calle y ver a mi padre y quedar más tarde con los amigos para contarnos cómo nos iba todo y beber en el fondo de un bar, muy arrimados y felices, fue un bálsamo, una coz dulce, un dolor necesario.

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