Revista Ajedrez

El infinito arte del ajedrez

Por Ajedrezmurciano @ReinaFdz
EL INFINITO ARTE DEL AJEDREZ

El infinito arte del ajedrez
La Nación
Escrito por:
Luis Gregorich
  • Rescate de un juego milenario en tiempos de cambios tecnológicos

San Luis es una de las provincias argentinas que ha sabido ganarse un fácil y convincente sello de identidad. Los que por una razón u otra no la hemos visitado nunca, al oírla mencionar ya tendemos a crearnos una imagen favorable, casi bucólica, en la que sobresalen autopistas limpias y bien señalizadas, relucientes polos industriales, plazas y paseos impecables y, sobre todo, gente dispuesta a recibirnos con afecto y orden. ¿Será otra Argentina ésta que Jorge Asís ha rebautizado con el irónico (y admirativo) nombre de Estado Libre Asociado de San Luis? Lo repito: nunca estuve en el lugar, así que mis opiniones son actos de fe más que experiencias reales. Cuando para despertar hojeo estadísticas sobre costo de vida, cuando oigo susurros sobre autoritarismo y nepotismo, siento que se va la incómoda sensación de felicidad y retomo mi rumiar insatisfecho. Quizá nada es lo que parece ser, pero todo merece ser visto.

Y entre las cosas que San Luis está construyendo, hay por lo menos dos ámbitos que me veo obligado a destacar, sea por preferencias personales, sea porque las cifras y las imágenes son aquí rigurosamente verosímiles. En primer lugar, está el impulso que, por aplicación de leyes nacionales, se está dando a la industria del cine y a la del software . La radicación de empresas especializadas ha permitido bajar los números malditos de la desocupación, aunque no borrarlos, y el Estado provincial, en parte gracias al histrionismo y la permeabilidad de la familia gobernante, ha conseguido algunas inversiones estratégicas.

El segundo punto, el hecho de que los Rodríguez Saá tengan una “política” para un deporte, o un juego, o un arte como el ajedrez -insignificante desde el punto de vista económico- me parece que determina una marca simbólica que excede ampliamente lo material. La reciente visita a San Luis del gran maestro hispano-letón Alexei Shirov, convocado por la Universidad de La Punta, recuerda que esa política está vigente. Cubrir un espacio didáctico acerca del ajedrez, llevar el juego online a chicos de la provincia alejados más de 300 km de la Capital resultan medidas eficaces para estimular el razonamiento, afinar la capacidad de cálculo y convertir en disfrute un arte combinatorio que puede parecerse a la poesía. No por nada Jorge Luis Borges ha escrito sobre el combate de los dos colores: “Cuando los jugadores se hayan ido, /Cuando el tiempo los haya consumido, /Ciertamente no habrá cesado el rito. /En el Oriente se encendió esta guerra /Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. /Como el otro, este juego es infinito”.

En la literatura argentina, ha habido ajedrecistas y escritores sobre ajedrez. De esta última raza fue Ezequiel Martínez Estrada, el gran ensayista de Muerte y transfiguración del Martín Fierro ; de la otra, sigue siéndolo Abelardo Castillo, uno de nuestros mejores escritores vivos, que ha combinado las habilidades del ajedrez con las del boxeo. Por mi parte, más modestamente, fui amigo entrañable del novelista y crítico de arte Roger Pla, con quien jugué incontables partidas. El, a su vez, era amigo de Witold Gombrowicz, a quien conocí, pero con quien, afortunadamente para mí, no llegué a medir fuerzas.

Tomémoslo, ante todo, como una actividad deportiva para simplificar las definiciones. Desde ese punto de vista, y a pesar del entusiasmo y la constancia de miles de oficiantes, el ajedrez nacional está pasando años de decadencia y penurias. Ninguneado por los grandes medios audiovisuales, se ha refugiado en modestas y fieles columnas de la prensa gráfica. Como hoy son menos exigentes las tablas de calificación que en el pasado, contamos nada menos que con 15 grandes maestros (la escala suprema de la jerarquía ajedrecística), pero ninguno de ellos figura entre los 100 mejores del mundo. ¿Cuántos de nuestros lectores conocen el nombre del actual campeón argentino? Si descartamos, por ejemplo, la actual visita del gran maestro Shirov, y el campeonato mundial organizado -¡otra vez!- por San Luis en 2006, ¿quién ha visto alguna vez una nota o un ciclo televisivo dedicados al ajedrez?

No siempre hubo tanta dejadez. Los menos jóvenes seguramente lo recuerdan. No hace falta remontarse tan lejos como el glorioso match por el título mundial entre José Raúl Capablanca y Alejandro Alekhine, disputado en el Club Argentino de Ajedrez de Buenos Aires en 1927, en plena Argentina alvearista, y organizado por distintas entidades, entre las que figuró el diario La Nacion. Tampoco es necesario entrar en detalles sobre el Torneo de las Naciones ajedrecístico (precursor inmediato de las Olimpíadas) del trágico año de 1939, que también tuvo lugar en Buenos Aires, justo en los días de comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Sí hay que recordar que muchos de los participantes, en lugar de volver a los escenarios de desolación de la contienda, resolvieron quedarse entre nosotros en forma definitiva o temporal. El ajedrez argentino recibió así un impulso extraordinario. Algunos de estos nombres ilustres: Erich Eliskases, Herman Pilnik, Francisco Benko. Y el más reconocido de todos: Miguel Najdorf.

Y todavía nos falta la época de oro, las décadas de 1950 y 1960. Oscar Panno, al comienzo de una extraordinaria carrera, conquistó el campeonato mundial juvenil, y rápidamente se convirtió en uno de los cinco mejores del mundo, mayores y menores. (Aquí hay que mencionar al otro campeón juvenil nuestro, Carlos Bielicki, de menos intensa trayectoria, pero igualmente talentoso, con quien tuve el honor de perder varias partidas en el Colegio Nacional de Morón.)

Fueron los tiempos en que las Olimpíadas de ajedrez solían dirimirse entre tres equipos: Yugoslavia, la Unión Soviética y la Argentina, y las principales medallas individuales se repartían entre campeones de la talla de Mijail Botvinnik, Vassili Smislov, Miguel Najdorf y Svetozar Gligoric.

Junto con las victorias deportivas, y con la repercusión popular que implicaban, las autoridades comenzaron a observar con más atención las potencialidades educativas del ajedrez, ya ensayadas con éxito en muchos países del mundo. Hubo movimientos curriculares y cursos especialmente diseñados, que terminaron diluyéndose en el desorden y en la improvisación.

Por fin, en las últimas décadas del siglo XX nuestros mejores ajedrecistas jóvenes debieron emigrar ante la falta de incentivos (no exclusivamente materiales). Los destinos elegidos fueron, principalmente, España e Italia, donde, al revés que entre nosotros, se asistía a un renacimiento loable, que permitía hasta a las pequeñas ciudades organizar sus torneos, dignamente rentados.

Un caso límite de la falta de comprensión del mundo oficial ante el valor del ajedrez se relaciona con Antón Kovalyov, un chico ucraniano que llegó al país en el año 2000, dentro de una familia que venía escapando de las consecuencias directas e indirectas de Chernobyl. Antón tenía ocho años y aprendió rápidamente a jugar. Antes de los 15 años, ya era uno de los más calificados ajedrecistas de la Argentina. Sin embargo, cuestiones burocráticas, y la habitual lentitud de nuestras administraciones, impidieron que fuera convenientemente becado, recibiera su carta de ciudadanía y completara su formación. Canadá se enteró de la situación, invitó a Antón a trasladarse a su tierra, con la ayuda pecuniaria correspondiente, y hoy el chico -ya hombre- se encuentra allí. Curiosamente, sigue representando a nuestra bandera nacional y es el ajedrecista argentino mejor posicionado en el ranking.

Ha pasado mucho tiempo desde que, ante la sorpresa general, Alekhine batiera en Buenos Aires a Capablanca y le arrebatara el título mundial. Los principales cambios, tanto para el ajedrez como para la raza humana, han sido de orden tecnológico. Hoy las máquinas son capaces de vencer al mejor ajedrecista humano, debido a su capacidad de cálculo de varios millones de jugadas por segundo. Si bien se mira, lo mismo nos pasa cuando enfrentamos, lentos especímenes, a la computadora. Por otra parte, cualquier chico despierto, usando correctamente sus monstruosos archivos de partidas, es, en principio, capaz de ganarle al mejor maestro. ¿Será el final del ajedrez?

Por el contrario, no es el final del ajedrez, ni el del hombre. Es apenas un nuevo desafío que vale la pena enfrentar, en el que importan más la invención y la imaginación que la cantidad. En medio de un país lastimosamente dividido, afrontando amenazas y paros generales sin pies ni cabeza, y ante el permanente divagar ideológico del oficialismo y la férrea vocación centrífuga de la oposición, hay que aplaudir a la provincia de San Luis, que ha tenido el atrevimiento y el coraje de colocar al ajedrez -juego, arte, técnica, aprendizaje y maestría- entre sus prioridades, no entre las causas perdidas. Para otras disidencias, hay tiempo.

© La Nacion


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