Cuando las cosas pintan feas y el ya mítico “camino a la excelencia” se hace más cuesta arriba que el de Santiago, Tussam siempre encuentra la pócima que aplaque el dolor de las rozaduras y coloque el foco de la atención en el lugar más conveniente; una abundante ración de una extraña flor denominada “calidad”, que habita en el departamento del mismo nombre, creado ex profeso a golpe de talonario y almuerzos en restaurantes de lujo, para loar hasta la saciedad al inefable impulsor de la obra, Carlos Arizaga.
No hace falta más que darse un garbeo por los titulares de los medios para descubrir que, cuando llueven las críticas y el panorama se pone tormentoso, el ínclito Arizaga siempre recurre a la misma táctica y los medios voceros cumplen a la perfección con su misión servil.
Ahora que la prensa se hace eco de que algo se mueve en la compañía, cuando los trabajadores toman la iniciativa y presentan alternativas importantes y comienzan de nuevo a denunciar todas aquellas anomalías que impiden la prestación digna del servicio que tienen encomendado, ahora que cada cual se ha situado con respecto a la verdad en el lado que ha querido, la dirección de la empresa recurre al baño de flores para acallar el clamor en otra demostración memorable de su proverbial incompetencia.
Ha bastado que el colectivo de eventuales vuelva a movilizarse, ante la reiterada negativa de la empresa a cumplir el mandato por unanimidad del Pleno del Ayuntamiento que la sostiene, y que se comience a abordar en distintos foros esa falta de respeto a la democracia y a la ciudadanía, que los trabajadores vuelvan a las movilizaciones por los perjuicios que les están ocasionando los continuos retrasos en los cobros y ante la pasividad y la desidia de la empresa y de buena parte de los grupos políticos en la respuesta al plan de viabilidad que han ofertado, para que la cúpula intocable de la compañía se sienta de nuevo amenazada y salga ahora con la ofrenda floral de que los usuarios otorgan un notable a la calidad del servicio que se presta.
A cualquiera que haya visto alguna vez cómo se llevan a cabo dichas encuestas lo que le sorprendería es que no sacase un sobresaliente alto. Incluso algunos ciudadanos indignados ante el espectáculo se han molestado en alguna ocasión en poner reclamaciones ante lo que consideraban una burda escenificación de algo ya preestablecido de antemano. El fin último de toda esta burocracia disuasoria, lejos de añadir algún valor de mérito al servicio que se presta, es echar flores a una dirección que cada vez se aparta más de la verdadera realidad de la empresa y que no encuentra una manera mejor de justificarse. Y eso que le cuesta un riñón al bolsillo de los sevillanos.
El aguacero de flores artificiales de cartón piedra para loa y boato del inefable director se produce precisamente en el momento en que su artífice pasa por su peor momento de gloria. Basta con echar un vistazo a las declaraciones de los candidatos en las entrevistas que ha realizado este blog para percatarse de que, si en algo están todos de acuerdo al unísono en relación con la empresa de transportes urbanos, es que ha habido una mala gestión manifiesta. Y a día de hoy, la gestión no es una competencia achacable al colectivo de trabajadores.
Pero hay algo todavía más flagrante que los halagos y vítores al jefe no logran aplacar. ¿Cómo es posible que en una empresa de transporte de viajeros la pérdida constante de los mismos no sea un indicador de la calidad del servicio que se presta? Sería conveniente que, si tanto les preocupa la opinión de los usuarios, preguntaran a quienes nos abandonan si esa “calidad” tan loada es precisamente el motivo por el que lo hacen. Porque cuando un millón de personas te dejan tirado cada año, debe ser por algo y seguramente nada bueno.
Sin embargo, no interesan esas opiniones, porque ponen en tela de juicio las cuestionables decisiones emanadas de la dirección de la empresa y su particular manera de gestionar un servicio imprescindible para los ciudadanos.
Es mil veces preferible la lisonja y la alabanza a gritos de un público inexistente en un teatro vacío, donde se representa una obra que a nadie interesa. Una forma que, lejos de servir al cometido de la empresa, sólo es útil a ellos mismos, para que no los boten de sus onerosas poltronas de privilegio.
A este ritmo, todavía quedan bastantes sesiones de "con flores a María" hasta que lleguen las elecciones.
