Una de las cosas que más me molesta es que me cambien de sitio las cosas en el supermercado. Es como ir a la casa de toda la vida, la de tus padres o la de tus abuelos, y descubrir que la foto aquella ya no está en la tercera estantería de la derecha, que alguien decidió pintar el cuarto azul en blanco sin consultarte a ti antes -que para eso era el tuyo hasta que te fuiste- o poner una cadena de televisión en la que ya no está tu serie favorita.
Por eso esta tarde mi desconcierto al ver las bolsas de patatas enfrente de las latas de atún se volvía en enfado progresivo a medida que avanzaba entre los pasillos. ¿Qué lógica es que la permite colocar el pan de molde en diagonal directa con los refrescos azucarados o deja que una mano invisible esconda el papel de aluminio junto a estanterías repletas de comida para perros? ¿Dónde se ha visto que el agua mineral se muestre ahora impoluta enfrente de los yogures, cuando de toda la vida estaba junto a latas de refrescos y botellas de vino?
Ah, nononono, es que así yo no puedo. Si en el supermercado de emergencia de la cuesta de mi casa ahora juegan conmigo al despiste, no sé dónde vamos a parar. No puedo estar diez minutos buscando la sal que las madres que preparan esta semana el Bar Solidario en mi colegio me pedían como agua de mayo para adecentar las pancetas de los bocadillos. Ni mucho menos tener al final que recurrir a una amable señorita para que me indique con paso ágil, pero cansino, dónde se han guardado estas semanas las dichosas servilletas de papel. Acabáramos.
Y encima, no llevaba bolsita de esta de repuesto en la mochila...
