Revista Cultura y Ocio

El labrador de más aire

Publicado el 04 septiembre 2026 por Rubencastillo
El labrador de más aire

Si no fuera porque, en literatura, confío mucho en los dictámenes del azar, me asombraría haber tardado tanto tiempo en llegar hasta el drama El labrador de más aire, de Miguel Hernández. Su poesía me ha fascinado desde adolescente, y la revisité completa (y la subí al blog) durante el último trimestre de 2021; pero su teatro, tras la experiencia poco luminosa de sus montajes bélicos, permanecía incólume en la estantería. Puesto a solventar ese vacío en 2026 me encuentro con la historia de Juan, foco de amor y suspiros para todas las mozas del entorno (incluida su prima Encarnación), un aguerrido muchacho que se enfrenta a tres conflictos de grave textura: primero, el odio que le dispensa Alonso (que se la tiene jurada desde niño y que lo envidia por su fuerza y por su éxito con las chicas); segundo, el agrio rencor de clase que le tiene don Augusto, dueño de vidas y haciendas, quien no puede soportar la firmeza orgullosa del muchacho, el cual se niega a doblegarse ante él; y tercero, el amor súbito, impropio y no correspondido que el chico tributa a Isabel, la hija desdeñosa de don Augusto. En ese ambiente, es fácil imaginar el torrente de amores, desamores, venganzas y tragedias que se van sucediendo durante el transcurso de la obra, sobre todo desde el momento en que don Augusto, deseoso de forzar a Encarnación y enrabietado contra Juan, consigue que Alonso acepte convertirse en el brazo que, lleno de odio, provoque la muerte del protagonista en una emboscada nocturna.

Pero hay otro aspecto de la pieza que, no siendo el amor, el rencor o el deseo, avanza hasta el primer plano: su vertiente social. Así, cuando Juan se niega a dejarse humillar o explotar por don Augusto y se gana el despido, su corazón se llena de asombro al ver que sus amigos continúan yendo a la taberna para beber vino, en lugar de sumarse al desplante. ¿Por qué aceptan la vileza del amo? ¿Por qué permiten que sus familias sigan pasando hambre por su capricho? Juan, dominado por la acedía, les escupe una imagen visualmente política (“¿Por qué no lleváis dispuesta / contra cada villanía / una hoz de rebeldía / y un martillo de protesta?”) y también un consejo galvánico (“No estéis muertos por costumbre, / y anhelando otro destino / salid ya de vuestro vino / y de vuestra mansedumbre”). Es posible que no se consiga nada, pero al menos mantendrán intacta su dignidad y se evitarán el sonrojo de recordar hasta la muerte su cobardía.

Versificación elegante, rica, variada y altamente poética, al servicio de un drama muy bien construido.


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