
Sé con más o menos certeza qué hay dentro de la cabeza de David Lynch. Una parte de la mía entiende a David Lynch. La otra se empecina en contradecirme y a poco que me descuido me desbarata lo que su mitad realiza. De hecho, ahora está escribiendo la parte no-Lynch de mi cabeza. Es lunes muy temprano y tengo visitas incómodas, puedo decirme mientras saco la basura o espero en la cola a que me toque turno en la panadería del barrio. He pensado en esperar y escribir cuando el lado Lynch aflore, pero no obedece. Cuanto más me obstino en acceder a él, más se cierra. Si me dejo, si no muestro empeño en acercarme, acude y entonces veo la cabeza de David Lynch por dentro. Entiendo qué la mueve. Comprendo las razones que siempre se me resisten. Mi amigo K. dice que le pasa lo mismo con Dios. Dice que en ocasiones entra en la cabeza de Dios, pero en cuanto regresa a la realidad una turbiedad le ciega el entendimiento y no verbaliza el prodigio recién vislumbrado. Cosas de excéntricos, dice la parte Lynch de mi cabeza de lunes. No todo el mundo vale para ser un excéntrico. Ni tampoco para que esa desviación de la norma acoja adeptos, gente entusiasmada con la anomalía ajena. Lynch es uno de ellos, lo es más a cada obra que hace, no renuncia a la periferia, no hace ascos a que su mensaje no cuaje, no acabe de ser entendido del todo, aunque su compromiso con el cine no flaquee y emerja con absoluta independencia, manumitido de las normas, separado de cualquier previsión que uno componga cuando se sienta en la butaca y decide entrar dentro de su cabeza. Sé con más o menos certeza qué hay dentro de la cabeza de David Lynch. Una parte de la mía entiende a Lynch. La otra se empecina en contradecirla y a poco que me descuido desbarata lo que esa mitad avanza. De hecho la que está escribiendo ahora es la parte no-Lynch de mi cabeza. La entusiasta del director americano está mirando la oreja en el jardín de Blue velvet y haciéndose preguntas sobre lo extraña que es casi siempre la vida. He pensado en dejar que sea mi lado Lynch el que escriba, pero el acto de la escritura no está a disposición de quien lo ejerce, no siempre es dócil, a veces se descarría. Parece como si actuara a sus anchas y decidiese, no sé a antojo de qué, escribir o no hacerlo. Cuando estoy tranquilamente sentado en la terraza de un bar, tomando un café, leyendo la prensa, fumando un cigarrillo, acude Lynch y me desbarata el remanso de paz que he construido. Sucede entonces algo que me encanta: cojo una servilleta de papel, que es lo que está más a mano, y manuscribo unas ideas, palabras que Lynch, desde mi parte cómplice de la cabeza, me dicta como en confesión multimedia, pero las ideas se atropellan y las palabras se montan unas encima de otras hasta formar un grumo semántico impresentable a mis entendederas. Cuando no hay servilleta (es romántica la idea de la servilleta) tiro de móvil. Tengo que dejar que se arruinen los recuerdos de una oreja en un jardín. Que se vayan convirtiendo en algo de poco peso. Que la tierra se los coma. Tener dos lados desde donde escribir (tener cien, tener todos los lados, tener el aleph para escribir) hace que alguno no convenido irrumpa y entonces es lunes por la mañana y te descubres mirando a un señor que no conoces de nada o es el señor desde alguna zona oscura y remota el que te habla a ti y te dice qué debes escribir, qué palabra se zurcirá a otra hasta que el traje quede a gusto de alguno de esos dos lados.
