Revista Cultura y Ocio

El ladrón de risas – @CosasDeGabri + @mujer_aracnida

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas
«Quiero que vuelvas». Borro el mensaje que estaba empezando a escribir. No puedo pedirle tal cosa. En realidad, no sé si quiero que vuelva. Cuando le dejé, hace casi un mes, no pensé que le echaría tanto de menos. ¿Realmente le echo de menos a él o me siento sola? Siento que mi cabeza va a explotar, necesito un ibuprofeno.

Suelto el móvil en la mesa y camino hacia el baño, en busca de algo que me ayude a soportar el dolor. Me tomo la pastilla y bebo directamente del lavabo. Al levantar la cabeza, me topo con mi imagen en el espejo: ojeras, causadas por las noches de insomnio, párpados hinchados, por tantas lágrimas que llevo derramadas, piel pálida y apagada, por haber dejado de cuidar mi alimentación… No me gusta lo que veo. Ahora soy una persona triste porque mi ladrón de sonrisas se llevó consigo la última que le brindé y ya no he podido volver a sonreír desde que se fue.

Nos conocimos en un concierto. Cuando iba a sentarme, me llamó la atención enseguida el chico que estaba sentado en la butaca de al lado; era guapo, sí, pero no fue eso lo que hizo que me fijara en él, sino el pequeño tatuaje que llevaba en la parte interior de su muñeca derecha. Miré, incrédula, mi muñeca izquierda. Sí, yo tenía una clave de sol y él una clave de fa. Me miró extrañado, hasta que le pedí que acercara su muñeca a la mía. Por la posición en que estaban los tatuajes, formaban un corazón. Nos miramos divertidos y extrañados y me soltó, con la tranquila inocencia de un niño: «he comprado la entrada a última hora y, mira por dónde, aquí era donde tenía que encontrar a mi otra mitad». Sonreí. Aquella fue la primera sonrisa que me robó.

Me sorprendo haciendo una mueca que quiere parecerse a una sonrisa, sin conseguirlo, mientras recuerdo aquel primer contacto. El ibuprofeno empieza a hacer su efecto, pero no me ayuda a parar mi mente. Necesito una ducha. Deslizo mis braguitas por mis muslos y las dejo caer al suelo, mientras me quito la camiseta también. El roce de mi melena en la parte baja de mi espalda me trae al recuerdo la sensación de sus caricias, suaves, cálidas, tiernas… Entro en la ducha y abro el agua caliente, con toda la presión que permite. Me quema lo suficiente como para sentir que sigo viva, pero sin llegar a provocar quemaduras en mi piel. Recuerdo las risas al ducharnos juntos; yo gritaba cuando él elegía la temperatura, porque estaba fría, y él invocaba a los demonios cuando la elegía yo, tan caliente. Siempre reíamos juntos. Echo de menos reír con él. Le echo de menos. Lloro. Puro ladrón.

El agua caliente me acaricia, como queriendo consolarme, pero es imposible porque no es él. Mis lágrimas resbalan por mis mejillas y por mi cuerpo, confundidas entre las gotas que queman mi piel. Dejo de sentir el agua. Quiero que sea él quien me toque e imagino que lo hace, con suavidad. Me acaricio, emulando su manera de provocar mis reacciones. Primero, recorro mis labios con mi dedo índice, tirando suavemente hacia abajo de mi labio inferior, en su recorrido hacia la barbilla y el cuello. ¡Dios, cómo me gustaba que se detuviera en mi cuello! Sus dedos conseguían erizar mi piel sólo con discurrir desde la oreja hasta el hombro, recorriendo todo, despacio, sin ninguna prisa. Adoraba que besara mis clavículas, justo antes de volver hacia el oído, para susurrarme: «te deseo ahora». Siento como si escuchara sus palabras y me excito como si le tuviera aquí, robándome. Acaricio mis pechos con la palma de mis manos. Los pezones están expectantes: le quieren a él.

Cuesta disimular el dolor, aunque las lágrimas se escondan detrás una cortina de agua. A pesar de la momentánea excitación, soy incapaz de masturbarme. «No es fácil vivir entre recuerdos», pienso cuando vuelvo al salón y decido esconder mis sonrisas en una caja de cartón. Antes tengo que secarme el pelo; sonrío levemente mientras me aliso el pelo con la plancha, después de aplicarme una generosa capa de protector térmico, al recordar lo mucho que le enojaba que necesitara, como mínimo, una hora para prepararme para salir. Daba igual qué bajáramos al supermercado, porque yo, sonrío: «antes muerta que sencilla».

Él se peinaba sin fijador en cuestión de segundos, con la raya al lado derecho, los laterales hacia atrás y la coronilla hecha un desastre. Casi siempre tenía que arreglarle con los dedos aquel remolino, mientras se ponía rebelde como un niño en manos de una madre amorosa. Se ponía sus vaqueros preferidos de un salto y una camiseta cualquiera, calcetines, zapatillas de deporte y, acto seguido, la pregunta de siempre: «¿te falta mucho?». Fingía que le molestaban mis rituales, pero era rara la ocasión en la que no me besaba el cuello y me abrazaba desde atrás mirando fijamente a los ojos verdes del espejo. Puedo guardar en una caja todas nuestras cosas y llevarlas al desván, pero las vivencias son imposibles de esconder.

Decido dejar las cosas donde están, para que no sienta extrañeza si vuelve. Podría creer que quiero sacarle de mi vida y lo único que deseo es que se instale cómodamente en ella. Regreso al dormitorio, me miro en el espejo del armario y me encuentro atractiva. Llevo el mismo conjunto de ropa interior con el que enloqueció cuando regresó de su entrevista de trabajo en la City. Una semana separados es lo máximo que habíamos pasado lejos el uno del otro desde que nos habíamos conocido hasta aquel momento. Habría jurado que sus manos temblaron de impaciencia al quitarme el vestido poco después de llegar. Los preliminares habían sido un beso de bienvenida, un abrazo, dos miradas y su evidente erección al aferrarse a mis nalgas por debajo de la falda. Tenía las manos frías y el cuerpo en llamas. Me hizo dar un respingo al tocarme y se me escapó una risa risueña. Otro robo más.

Me había sentado en la encimera de la cocina y esa era la segunda vez que se me congelaban las nalgas en menos de un minuto. No sabría decir si me bajó las bragas o me las arrancó. Era tanta la urgencia que chascó la lengua contrariado cuando le costó abrir el cinturón y la cremallera de su pantalón. Me penetró sin miramientos y mi humedad le acogió en mi interior sin oponer resistencia, a pesar de que habitualmente le pidiera que lo hiciera despacio porque tenía que habituarme a su fenomenal envergadura.

Me llevó en brazos, sin salirse de mí, hasta el dormitorio. Un breve descanso en la mesa del salón, un apoyo en la rugosa pared del pasillo y algunos movimientos de pelvis después caíamos en la cama entre risas. «Ay, bruto», incluido. Nos miramos unos segundos a los ojos antes de que saliera, momentáneamente, de mí para quitarse el resto de la ropa y bajarme el vestido frente al espejo. «Mírate», me dijo al oído abrazándose a mi espalda, «estás preciosa». Le bastó con una mirada desde el espejo y una indicación de que me arrodillase ante su palpitante erección para hacerme sentir la dama más puta y deseada de todo el vecindario.

Llevaba tanto deseando sentir, de nuevo, su sabor en mi boca… Agarré su pene con firmeza mientras me arrodillaba, sin apartar la vista de su cara, casi desencajada por el deseo. Me encantaba esa sensación de no saber exactamente hasta qué punto perdería el control, ni cuándo saldría el animal y desaparecería el hombre, pero sí tener la certeza de que así sucedería. Él acariciaba mi pelo con suavidad y lo recogía en una coleta, mientras yo acercaba mis labios a su glande, rozándolo levemente con mi lengua y sin dejar de mirar sus ojos. Ese primer contacto me supo a gloria. Y a él.. Puta sonrisa de loba.

Parecía desesperado por tenerla metida entera en mi boca y a mí me encantaba tenerle así, expectante, a mi disposición, así que seguí retardando el tempo. Me movía con lentitud, le miraba, acariciándole sus testículos, los lamía, mientras le masturbaba, sin prisas, pero lo cierto es que yo también tenía hambre de él, así que fui subiendo, con mi lengua, desde los testículos hasta el glande, al tiempo que miraba sus ojos, llenos de fuego.

A él le encantaba esa expresión de zorra hambrienta que aparecía en mi cara siempre que se la chupaba, y es que me encantaba hacerlo y a él le encantaba sentir que así era. Por fin le iba a saborear del todo. Con un movimiento de cabeza, que él ya no esperaba, hice que entrara entera dentro de mi boca, hasta que mis labios tocaron su pubis. Contuve la respiración, mientras le escuchaba soltar ese gemido que esperaba, apreté bien mis labios y volví a hacer que saliera entera, volviendo a la carga de nuevo.

Él nos miraba en el espejo y agarraba mi cabeza, mientras yo engullía su sexo en toda su magnitud, una y otra vez. Imposible pero cierto. Una mirada de soslayo a la sugerente imagen que devolvía el espejo, unida a la sensación de poseerle, provocó que me humedeciera aun más, tanto, que mis fluidos empapaban mis muslos, discurriendo por ellos, como un reguero.

«Destrózamela, cabrona». Había pronunciado las palabras mágicas que hicieron que pasara de zorra a loba en un instante. Comencé entonces a acelerar mucho esos movimientos rítmicos que tanto le enloquecían y que provocaban su entrada y salida, bruscas, de mi boca, al tiempo que succionaba como si quisiera tragarme y digerir su enorme polla.

Apretaba su perineo, mientras succionaba, cada vez con más ganas. Sus gemidos eran ya casi continuos, estaba a punto de empezar a rugir y eso me excitaba aun más. Mi hambre de él no se saciaba, al contrario: quería más; quería su semen en mi boca y me afané aún más para conseguir que me lo diera. ¡Dios! Estaba loca de deseo. De repente, noté que me tiraba del pelo, apartándome. No quería correrse aún y, ciertamente, estaba a punto de hacerlo. Ambos jadeábamos por la excitación.

Se arrodilló junto a mí y me tumbó en el suelo, con cuidado. Entonces era él quien quería y necesitaba retardar, quien quería mi sabor. Siempre que iba a hacerlo surgía esa media sonrisilla canalla en su cara, y robaba una de las mías. La de aquel día me adelantaba que iba a ser implacable. Y lo fue.

Se puso a mis pies, me miró con deseo y una pizca de maldad. Le gustaban mis pies, era un fetichista que encontraba belleza en mis desgastados pies de bailarina. Los besó y lamió mis dedos. Me hacía cosquillas y se me escapó la risa, como casi cada vez que lo hacía. Había cerrado los ojos para hacerlo, como siempre. Cerré los míos al sentir que juntaba las plantas para masturbarse con ellos, embadurnados en su lubricante saliva. Se movió ligeramente, en gesto de follarlo y noté que la tenía muy dura.

Le sobreexcitaban aquellos juegos suyos fetichistas y a mí me seducía el placer de darle placer. Me besó los tobillos y comenzó a hacerlo en las piernas, despacio, en dirección ascendente. A  la altura de las rodillas, dejó de hacerlo para acariciarme el interior de los muslos con la yema de sus dedos, provocándome escalofríos. Después de acariciarme repetidas veces, con suma lentitud, acercándose a mi sexo sin tocarlo, prosiguió con su ritual de besos. Cuando sentí su cálida respiración entre mis piernas, se agitó la mía. Se me escapó un gemido, me mataba cada vez que hacía eso. Conseguía que me pusiera como una hembra en celo. Con los pulgares abrió ligeramente mi sexo y me besó con ternura a la altura del clítoris. Tenía los labios húmedos y el calor que experimentaba en esa zona subió hasta mis mejillas, sonrojándolas. Buscó mi mirada, se conectó a mí y con una leve sonrisa procedió a dar un largo lametón de abajo a arriba, introduciendo ligeramente la punta de su lengua. El roce en mi clítoris me hizo tensar los muslos, con ese sencillo gesto había estado a punto de correrme.

Lamió alrededor y me cubrió a besos húmedos, adoraba que hiciera eso. Situó sus labios mojados en mi clítoris y succionó levemente, mientras su lengua describía pequeños círculos intercalados con rápidos movimientos. Sabía hacerlo muy bien y eso era como haber ganado un premio en la lotería. Para evitar agotar mi clítoris, y después de haberme provocado un ligero orgasmo, comenzó a jugar con sus dedos. Buscó de nuevo mi mirada, con lujuria, y me lamió, entrando cada vez más adentro. Con los labios cerrados, me acarició moviendo la cabeza y creí enloquecer. Adoraba esos labios carnosos y su contacto en cualquier parte de mi piel. Se acomodó boca abajo y comenzó a acariciarme con sus dedos sin dejar de lamerme. Los introdujo, mientras se centraba de nuevo en mi clítoris y me provocó otro orgasmo. Gemí con fuerza, con la respiración entrecortada, mientras le acariciaba el pelo, deseando que nunca terminara. Acto seguido, se puso de rodillas a mi izquierda, introdujo dos dedos en mi interior, apoyando la palma de su mano en la parte superior del pubis y comenzó a moverla rítmicamente, como si agitara abajo y arriba.

Su palma apoyada en mi cuerpo estimulaba mi clítoris y aquel movimiento, con sus dedos dentro, tocando la parte superior, me hizo tensarme y subir las caderas. Sin dejar de mirarme, totalmente conectados, me masturbó enérgicamente hasta que sonó un ruido acuoso. «Córrete para mí», me dijo, y le obedecí, sin poder evitarlo, mojando el suelo y salpicando de gotas mi vientre. No sabía cómo lo hacía, pero siempre conseguía que me corriera como si fuera una actriz porno y aquello hacía que me quedara temporalmente exhausta, mirando al techo sin poder articular palabra.

Había sido un orgasmo tan intenso y avasallador, que era incapaz de hablar. Me besó en los labios y me gustó el sabor a sexo que desprendía su boca.

El calor se adueña de mi cuerpo al recordarlo y no puedo evitar sentir una ligera humedad. Echo de menos todo aquello que teníamos. Era mucho más que sexo, era complicidad absoluta, diálogos sin palabras y amor.

Sigo sin ser capaz de entender por qué le alejé de mí. En realidad, sí lo sé, aunque me desgarra ser consciente de ello. Aquel piso, pagado por él, era nuestro rincón secreto, nuestra realidad alternativa. A final de mes tengo que decidir qué hacer, si pagar yo la renta o volver a mi antiguo y minúsculo apartamento de soltera, y  aún no sé qué quiero.

No siempre fui consciente de que estaba casado y que aquella aventura podría terminar tan pronto. Después de lo del alquiler, para estar más cerca, imaginé que pensaba en dejar a su mujer. No me atreví a preguntarlo, pero me hice ilusiones.

Había sido un shock cuando me lo contó, semanas después del concierto en el que nos conocimos. No sabía demasiado de su vida, pero respetaba su necesidad de espacio y que la relación fuera esporádica, justificada en sus frecuentes viajes al extranjero.

Aún así lo acepté, después de llorar durante una semana como una idiota. No quería perderle, aunque no le tuviese por entero y muriera de celos al imaginarlo follando con su mujer, con la misma habilidad con que lo hacía conmigo. Sus viajes eran la excusa perfecta para estar con ella y, en otra ciudad, conmigo. Lo único que no sabré perdonarle jamás es que me dijera en aquella primera noche que era su mitad, refiriéndose exclusivamente a los tatuajes, porque para mí sí era mi otra mitad. Mi sonrisa preferida.

Vuelvo a coger el móvil: «Cuando quieras, puedes venir a recoger tus cosas». He decidido que voy a abandonar la casa, pero no volveré a mi antiguo apartamento. No quiero que nada me recuerde esa situación que estuve dispuesta a aceptar. No quiero aceptar la ceguera, ni ponerme una venda en los ojos nunca más. No quiero volver a ser la que era.

Disecciono toda nuestra vida en común entre cajas y bolsas de basura. Voy tirando en las bolsas todo lo que no quiero llevarme conmigo, mientras acomodo sus cosas en una caja. Más que tirar cosas o guardarlas, en realidad, estoy seleccionando recuerdos: escojo qué vivencias vendrán a vivir conmigo y cuáles quiero matar. Su risa, a la basura. Su olor impregnado en nuestras sábanas, a la basura. Nuestro viaje relámpago a Florencia, a la basura. Todo a la basura.

Encuentro un bote de su perfume, lo abro y aspiro. Ese olor a Invictus me vuelve loca. «Para ya, Eva. Eres una puta masoquista», me digo a mí misma en voz alta, mientras cierro el bote y lo coloco en la caja, con el resto de sus cosas: un par de vaqueros y otras tantas camisetas, sus zapatillas, ropa interior, una bufanda, algunos libros…

Quiero acabar ya y precintar la puñetera caja. Necesito quemar esto que ha sido mi libro de cabecera durante este último mes, mi primer y último pensamiento del día, que dejaba en la mesilla de noche, muy cerca de mí, para que invadiera mis sueños también.

No es suficiente con pasar página porque, conociéndome, volvería para releer una y otra vez. Necesito que todas las páginas desaparezcan. Todas.

«¿Te parece bien mañana a las 20:30?», el sonido del mensaje en el  móvil me saca de mis pensamientos. Va a venir mañana y terminará del todo, mañana llegará esa cerilla que necesito para que arda nuestro libro y desaparezca nuestra historia, esa parte de nuestras vidas que compartimos sin que nos correspondiera hacerlo… Y siento alivio. Me siento bien, por primera vez en el último mes.

Mi mirada se dirige a la puerta, desearía que llamara por última vez con los nudillos para sorprenderme. Pero no, eso no va a pasar. Deposito en la maldita caja mi último deseo de él, mis gemidos y el orgasmo que nunca llegará. Me quito las bragas y se las dejo dentro. 《Te vas a joder al recordar mi coño, hijo de puta》

Dejo mis llaves encima la mesa y me voy taconeando, dejando atrás mi último día de tristeza.

Bajo en el ascensor sintiendo el frescor de la libertad entrando a raudales bajo la falda. De pronto el olor a Invictus lo envuelve todo al abrirse la puerta en el piso número tres. 《Estás en baja forma, idiota》, pienso sin atreverme a dar la vuelta mientras sus hábiles manos de ladrón de sonrisas me suben con urgencia la falda después de pulsar por última vez el número diez.

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