⭐⭐⭐⭐Sinopsis:
Treinta años atrás, las adolescentes Sofie, Ellen y Magdalena eran inseparables y el futuro parecía prometerles una felicidad sin fisuras. Hasta que una noche, Sofie desapareció sin dejar rastro y nada volvió a ser igual en Fjällbacka.
Ahora y tras un hallazgo fortuito sobre el caso, Patrik Hedström y sus compañeros de la comisaría de Tanumshede retoman la investigación, mientras su mujer, la escritora Erica Falck, incapaz de mantenerse al margen, decide indagar por su cuenta. Sin apenas pistas, quizá la anciana Aino, la plañidera, la mujer que llora por los muertos, sea la única capaz de arrojar luz sobre las preguntas del pasado que aún proyectan su sombra sobre el presente.
Qué gusto ha sido volver a la serie Los crímenes de Fjällbacka (al final hasta lo voy a aprender a pronunciar bien y todo). Leer esta serie es como volver a casa y eso que la novela anterior se publicó hace tres años, pero tengo a los personajes tan interiorizados que no me pasa como con otras series en las que me siento perdida hasta que cojo un poco el ritmo y empiezo a recordar cosas y detalles de los personajes.
Y precisamente la parte de la novela que recoge la vida personal de Patrick, Erica y el resto, es una de las que más me gusta de la serie. Mucho. Me interesa saber qué les pasa más allá del caso, cómo evolucionan, qué ocurre en sus vidas… Es una de las cosas que hacen que esta serie sea especial para mí y, en esta ocasión, tampoco me ha sobrado.
El caso, además, me ha gustado mucho. Läckberg vuelve a construir una historia en la que los secretos del pasado (30 años atrás) terminan llamando a la puerta del presente y donde, según avanzas, todo el mundo te parece sospechoso y a la vez los vas descartando. Cuando parece que todo va tomando forma, aparece un detalle, una pista que te hace recolocarlo todo otra vez.
Me ha gustado mucho la manera de contar la historia a través de dos momentos temporales y dos voces diferentes. Por un lado tenemos el presente, con la investigación y todo lo que sucede alrededor de Patrik, Erica y los demás. Y, por otro, vamos conociendo la historia de Sofie a través de fragmentos de su pasado, acercándonos poco a poco a ella, a sus circunstancias y a lo que vivió. Esto hace que Sofie, deje de ser “solamente” la víctima del caso. Tiene una historia y nos la quiere contar, tiene sentimientos, tiene una vida que conocemos poco a poco y eso hace que la veamos de otra manera.
La novela tiene un ritmo muy Läckberg: capítulos ágiles, una narración sencilla y sin demasiadas florituras y suficientes pequeñas pistas como para mantenerte haciendo cábalas. Hay secretos, silencios, cosas que no se cuentan y asuntos del pasado que, después de tantos años, vuelven con una capacidad de hacer daño bastante impresionante. Y es que al final te acabas preguntando sobre las consecuencias de lo que se queda sin resolver, lo que se esconde con la esperanza de que nunca salga a la luz, y de cómo al final, pase el tiempo que pase, las cosas suelen tener la costumbre de acabar saliendo a la luz. Algo digno de comentar en la novela (que no afecta para nada a la trama) es la suegra de Erica. Mira, yo entiendo que quieras recomendar una alimentación saludable. Que me digas que debería comer mejor. Que me prepares una infusión sin que te la pida… vale, te lo admito, pero entrar en casa ajena, tirar la comida que consideras poco saludable y sustituirla por cosas que parecen fabricadas con serrín y llenar la cocina de hierbajos…pues NO, señora. Era aparecer por la puerta de la casa de Erica y me apetecía comerme unos donuts en su cara. Mucha paciencia ha tenido Erica, todo sea por lo mucho que ayuda y lo buena abuela que es.
En cuanto al final de la novela me he quedado un poco ojiplática, porque estoy acostumbrada a que los casos queden cerrados, pero esta vez ha dejado dos frentes bastante abiertos que me han hecho lanzar maldiciones al aire. ¿De verdad, Cami? ¿Así nos dejas? Ahora toca esperar a que llegue la siguiente entrega, a ver si no tarda otros tres años porque se van a hacer larguitos.
En definitiva, que me ha gustado mucho esta duodécima entrega. Me ha gustado el misterio, la forma de alternar presente y pasado, volver a encontrarme con unos personajes que siento ya muy familiares y, sobre todo, esa mezcla entre investigación criminal y la vida de quienes la protagonizan.
... no es el cementerio lo que estoy mirando. Es el dolor. El dolor que se extiende pesado en torno a él. A muchas personas les da miedo el dolor. Yo aprendí de mi madre, y de su madre también, a aceptarlo.
Antes todo el mundo lo sabía. Sabía que los niños podían morir. Que la vida podía tocar a su fin en cualquier momento. Era un elemento integrante de lo cotidiano. La gente sufría. Y seguía viviendo. Hoy la gente se quedaba anquilosada en el dolor. Dejaba que la devorase por dentro. Dejaba que se extendiera sobre todas las cosas como una manta húmeda, una manta que no dejaba ningún resquicio para que entrara la luz.
Las relaciones eran mundos complejos. Interferían en ellas los sentimientos, interfería el miedo. No solo el miedo a la situación en la que uno se encontraba, sino también el miedo a lo desconocido, a quedarse solo.
