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El matemático del Rey, de Juan Carlos Arce

Publicado el 13 noviembre 2009 por Flenning

Cuando la razón se enfrenta a la intuición es necesario aclararse la voz y ceñir la espada antes de hablar, porque la verdad no podrá ser conquistada con premisas. Y si la intuición se enfrenta a la Inquisición, entonces lo mejor es la mentira o la simulación.

Juan Lezuza, el matemático del Rey, se enfrenta a este dilema, una versión quizás degenerada del dilema del prisionero: si detrás de una puerta está la verdad copernicana, y detrás de otra puerta está la falsedad tolemaica, ¿qué puerta se debe abrir? Parece una decisión sencilla, especialmente para un matemático como Lezuza, sin embargo, si detrás de la verdad está el suplicio y la muerte, y detrás de la falsedad esta la salvación y la vuelta al hogar, ¿cuál es la decisión correcta ahora?

No parece un arrepentimiento grande el de arrepentirse de creer en la teoría heliocéntrica, pero sí parece grande tener que arrepentirse de creer en lo que se cree y asumirse, en acto de arrepentimiento, un cobarde. ¿Fidelidad a la verdad o simulación? ¿Libertad o muerte? ¿Es muerte o es otra cosa?

«… Por cosa de muerte, dices —contestó Ranillas—. Mira, frailecico de mentira: yo nací aquí en Madrid, en tiempo donde en vez de frutas, los árboles daban miedo de pelados que estaban y donde no había otra cosa que hacer que pasar hambre. Aprendí que, si para comerme una morcilla hay que llamarla uva, no voy yo a perderla por discutirle la verdad de su nombre a nadie. La verdad más clara es el hambre y guardar la vida…».

El personaje Ramillas no es matemático ni es Juan, pero su sabiduría hace que resulte más llevadera la sensación de cobardía, de cinismo, que se esconde detrás de la puerta de la falsedad. Él eligió esa puerta sin importarle mucho saber quién gira alrededor de quién. A Ramillas le basta con saber detrás de qué puerta hay comida y cobijo.

«… Todo es disimulo y fingimiento hoy en la Corte, en la universidad, en los tribunales, en los matrimonios y en la calle —dijo Lezuza—. Por eso la Tierra está quieta y parada. Y si se mueve, es apariencia sólo… ».

La verdad sobre los giros de la tierra no es lo que está en discusión, porque, en definitiva, todo el mundo miente, y todos le mienten al mundo: «… ¿Sabe el juez que su mujer le junta la boca a Obelar? —preguntó Ranillas». «… La deshonra verdadera no es que a su mujer le cosquillee otro el mapamundi de sus posaderas, sino que eso pase a conocerse y que lo sepan los vecinos, los amigos y la gente. Más empeño pondrá el juez en esa discreción y en el disimulo que los dos amantes. No hay cuidado…».

A mí me gusta mucho la pandilla de ladrones que asesoran a Juan y a su mujer. Son una banda de sabios de la vida, de vida vivida, con oficio. Ellos son capaces de mentir por amor sin remordimientos, porque amar no tiene medida. Maricarnes es la tabernera, esposa de Ramillas y a ella su marido le dice:

«… Pues si es tu gusto, Maricarnes, le pondré matemáticas a lo que quiero decir y haya paz en esta mesa, que un número más o menos no me quitará la razón. Uno por uno es uno y uno por dos son dos. El mundo, en esfera, está mal hecho por completo, desde un ángulo al otro, porque no está bien que engorde el rico y pague el pobre. Y no está bien, uno por tres son tres, que la injusticia sea señora y los ladrones nos tengamos que esconder…».

Juan ama su ciencia y también ama el horizonte de estrellas. Observar el cielo serena su fatiga, lo libera de la prisión de sus días, pero nadie lo comprende. No lo comprende el Rey, ni los Inquisidores, ni su mujer, Juan no confunde verdad con morcillas y por la verdad es capaz de pasar hambre y tormento…
«… ¡Estoy hablando del mundo, Inesa —dijo, levantando la voz—, de todo el universo, no de una morcilla de más o de menos! ¡Te hablo de las leyes que gobiernan el día y la noche, de la geometría de Dios, Inesa, no de un puchero de caldo en la mesa de mi casa!...».


El matemático del Rey, de Juan Carlos Arce

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Tomasico, el carcelero de Juan
«... Yo, señor, soy Tomasico, vuestro carcelero. Vengo a verle la cara para que no me sea desconocido si he de darle azotes y a ponerme a su servicio en todo lo que sea posible, que no ha de ser mucho, estando preso vuestra merced. No mire que esté la puerta abierta, porque no hay modo de salir de este agujero sin la voluntad conforme del Santo Oficio....»
«... Uno hubo aquí también que era maestro y enseñaba la gramática. Siendo gramático, fue fama que pecaba por las palabras y acabó condenándose por no corregir una que decía mal... Ya recuerdo... Gramaticaba aquel maestro que no se dijera de Nuestro Señor Jesucristo que era Hijo eterno de Dios, sino que él prefería decir que era Hijo de Dios eterno, pues si es Hijo, decía, no puede ser eterno. Muchas veces le corrigieron de ese error con azotes, pidiéndole que mudara esa eternidad de sitio y la pusiera donde le mandaban. Y no hubo modo de que renunciara a esa gramática. Y la gramática le llevó a que lo sacaran de aquí con coroza y hábito al auto de fe y lo quemaran luego....»

El autor de la novela es jurista de profesión y se posiciona con firmeza sobre el problema dialéctico al que se enfrentan Juan y el tribunal inquisidor y prácticamente no deja nada librado al azar. ¿Qué hará el rey por Juan, puesto que se trata de uno de sus matemáticos, de un hombre que lo está instruyendo en saberes heréticos? ¿Qué hará la Inquisición por el Rey, al saber que el Rey sabe los saberes que no debe saber?

¿Qué harán los amigos de Juan por Juan? ¿Qué hará Inesa, su mujer, que tanto lo reprocha? ¿Qué haría la justicia por la injusticia? ¿Qué hará la verdad por sí misma? ¿Qué hará Dios por la matemática?


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