En este mismo instante existe un tío, tía o pokemon, haciendo exactamente lo mismo que tú.
Bebiendo café, plantando un pino o retrasando el momento de enfrentrase a la realidad. Lo que sea que estás haciendo, pues lo mismo.
Y pronto se pondrá delante del teclado y delante de la pantalla, y levantará el teléfono y enviará el mismo número de emails que enviarás tú.
Todo igual, salvo una cosa.
Ese tío, tía o pokemon ganará hoy, 100 veces lo que tú.
Y lo único que hará diferente es pulsar otras teclas y decir otras palabras. El resto, todo igual. Solo eso; teclas pulsadas, palabras mencionadas.
¿Diferencia en las acciones? Uno por ciento.
¿Diferencia en los resultados? Diezmil por ciento.
¿Explicación? Lo que sabe y cómo lo utiliza.
Puedes darle todas las vueltas que quieras.
Que si contactos, que si familia. La suerte, la guapura. La altura, el color o lo que cuelga entre las piernas. Pero ambos sabemos la realidad:
Si ese tipo naciera en tu cuerpo y tú en el suyo la historia sería la misma, pero al revés.
Recientemente estudié el mejor anuncio de la historia.
Y no solo el anuncio, también su origen.
Y lo que allí encontré fue oro y no he visto a absolutamente nadie contarlo hasta ahora.
Una técnica para crear mensajes que se peguen al cerebro de tus consumidores.
Lo explico en el newsletter.
Eso significa que este es uno de los mejores momentos para apuntarse:
Acepto la política de privacidadLa entrada El mejor anuncio de la historia se publicó primero en Luis Monge Malo.
