
Imaginen que estamos en el año 1936 y que John Maynard Keynes (profesor en Cambridge y uno de los economistas más influyentes del siglo XX) entra como una exhalación en la célebre galería Sotheby’s, donde van a ser subastados un buen número de manuscritos de Isaac Newton. Imaginemos que consigue hacerse con algunos lotes interesantes, entre los cuales descubre con sorpresa varios textos en los que el reputado científico detalla sus experimentos con la alquimia y algunas conclusiones sobre la posible fecha del final de la Humanidad (el Armagedón de los judíos o el Apocalipsis de los cristianos). Hasta aquí, todo bien; entre otras cosas, porque Peter Harris (supuesto novelista estadounidense cuya identidad aclararé más tarde) no inventa absolutamente nada: todo ocurrió así. Son hechos históricos. De tal forma que cuando la acción se desplaza hasta el siglo XVIII y asistimos al robo de esos documentos de la biblioteca personal de Newton, el lector se prepara para una trama (ahora sí novelesca) centrada en sociedades secretas, misterios ancestrales y personas que, con antifaces, nombres falsos y ausencia total de escrúpulos (varias muertes se irán sucediendo durante sus páginas), provocan continuas descargas de adrenalina. El problema es que “Peter Harris” utiliza ese anzuelo (tal vez legítimo, pero sin duda tramposo) y luego tira por otro camino absolutamente antagónico, centrado en la avaricia, la falsificación de moneda y los bajos fondos ingleses, con sus rufianes, sus putas andrajosas, sus borrachines pendencieros y sus callejones oscuros. Y a mí, que soy lector agradecido, pero que valoro mi tiempo, la estratagema no deja de incomodarme. No tanto porque juegue a esconderme la bolita, como un trilero experimentado (ese camino narrativo estoy dispuesto a admitirlo e incluso a aplaudirlo), sino porque no hay bolita. Yo adquirí esta novela y le dediqué horas de mi tiempo porque se me habló de profecías, documentos antiguos, organizaciones que se mueven en la sombra, dispuestas a hacerse con conocimientos que afectan al calendario de Dios. A cambio, he recibido una trama enredada, llena de nudos y de avance renco, en la que de vez en cuando se alude a la condición esotérica de los papeles newtonianos (se llega a indicar el año exacto en el que se producirá el fin del mundo)… para de inmediato apartar ese detalle y seguir guiándonos por una trama llena de clérigos indignos, tabernas apestosas, mugre ecuménica y personajes barriobajeros.
“Peter Harris” (seudónimo que, según la Wikipedia, esconde al historiador José Calvo Poyato) no ha escrito una mala novela, líbreme Dios de incurrir en esa falsedad, pero sí una novela que no responde a las fórmulas publicitarias con las que fue vendida. No sé si ese tipo de cosas hay que aplaudirlas.
