Revista Cultura y Ocio

El mes más cruel - Pilar Adón

Publicado el 25 mayo 2017 por Elpajaroverde
"-Me gusta que me cuenten historias -decía Sara.
-Cualquiera puede contar historias.
-Eso no es cierto."
No, no es cierto. Cualquiera no puede atrapar con sus historias o, más bien, conseguir que las historias permanezcan atrapadas en nosotros. Nos dan el mullido y verde manto pero somos nosotros quienes creamos el entramado de ramas y las espinas, quienes regamos los árboles que con sus copas impiden el paso de la luz del sol, quienes con nuestro aliento hacemos el aire irrespirable. Y sí, sí es cierto: leer nos hace débiles, como reza el título de la introducción de Marta Sanz a este libro de historias, leer nos hace vulnerables, sabedores de que el azul del cielo tras el ramaje no es inmutable, conocedores de que el brillo del sol no es perenne. "Más, por favor, / no te muevas. Más, por favor, ven / y permanece", nos gustaría rogar secretamente sin ser capaces de poner nombre siquiera a aquello que lleva la despedida implícita en nuestro ruego. Somos incapaces tal vez por miedo a hacerlo, porque nombrar implica reconocimiento, o, tal vez, por auténtico desconocimiento. El que realmente sabe contar historias provoca en el lector cierta ambigüedad (otra vez vulnerabilidad), la de no saber exactamente sobre qué se ha leído y a la vez tener la certeza de que se ha LEÍDO con mayúsculas. Se termina cada uno de los relatos, se termina el libro completo y, entre el engranaje de ramas torticeras que nos hemos tragado y que nos incomodan se abre paso, tal y como nos cuenta Marta Sanz que a ella le ha sucedido, la pregunta de "¿habré entendido bien?". Aunque, en este caso, la pregunta de marras es insistente y sí que permanece.
"Sin embargo, no estoy muy segura de que El mes más cruel hable de estas cosas y ese no saber con exactitud es lo que más me gusta. La falta de precisión matemática, la imposibilidad de coger el agua entre las manos, el runrún persistente del "¿habré entendido bien?", la asunción de mi tamaño minúsculo frente a la elevación y profundidad de un texto son los que van a conseguir que este puñado de historias me mantengan en vilo y que, quizá, cuando dentro de unos años lo retome, se me presente bajo una luz distinta, pero seguro que no menos inquietante."
Pues ya veis, ni siquiera el runrún de esa pregunta, aunque permanente, es inalterable. Y eso, más que incertidumbre, debería producirnos gratificación. Lo que no muta es que no está vivo. La vida es un puro desconcierto.
"-No todo el mundo soportaría vivir así, como tú -dijo Marcel.
-Tampoco sabemos en qué estado seremos capaces de vivir -casi repitió el profesor Lerrin."
El mes más cruel - Pilar AdónEl breve diálogo que abre esta reseña está incluido en el primero de los relatos de este libro, En materia de jardines. Los breves diálogos que salpican estas historias son todos magníficos, especialmente sus respuestas. Éstas son como un mazazo sobre la superficie helada de un lago que rompe el bloque de hielo y permite aflorar la nitidez del agua subyacente, aunque, paradójicamente, tan incisivas respuestas serían capaces de congelar los mares más cálidos ("-...he pensado que hay gente incapaz de abandonar el invierno. / -Pero también en el invierno más oscuro se puede llegar a ser feliz..."). El relato en cuestión ahonda en la protección o, mejor dicho, en la sobreprotección y en la dependencia en las relaciones, y juega además con la ambivalencia en ambas. Al final arraiga la fuerte duda de quién es más dependiente, el sumiso o el que depende de la dependencia de otro, aquel al que se protege o el que no puede renunciar a la necesidad de proteger.
Son éstos temas recurrentes en varios de estos relatos de Pilar Adón, que explora en ellos desde diferentes vertientes y tomando varios senderos (lo cual me lleva a hacer un juego de palabras con uno de los títulos, el del opresivo y desasosegante Los cien caminos de las hormigas),  y que alcanzan su punto álgido en aquellas historias en las que se exponen las relaciones materno-filiales, tal y como sucede con la madre y la hija de Para que nada cambie o con la crueldad que muestra la nodriza hacia el inocente Darío en El fumigador.
Pero el verdadero punto álgido de estas historias, aquel que hace que las espinas de las ramas tragadas se nos claven y nos perforen produciéndonos yagas ulcerosas, es el momento en que sus protagonistas toman conciencia de quienes son y el lugar que ocupan, aquel en el que sienten que la fértil pradera que les sustentaba se vuelve bajo sus pies arenas movedizas.
"¿Y si ya sé lo que se cree que no debo saber?"
Esas arenas movedizas, en el caso de la niña de El infinito verde, no tragan sino que inmovilizan. Atónita toma consciencia de su impasibilidad frente a la eterna mutabilidad del bosque en el que se pierde. No hay cuento sin bosque, figurado o no, y en éstos el bosque tiene mucha presencia y protagonismo. El bosque de los cuentos de Pilar Adón, al igual que el que me encontré en su novela Las efímeras (podéis leer reseña aquí), "parece silencioso, pero no lo es." Cada susurro, cada leve matiz, arroja la repentina clarividencia sobre el que lo transita de su insignificante pequeñez y de la inconsistencia de los instantes. Así le ocurre a una de los dos protagonistas de Genios antiguos de vuelta a reunirse con su hermano en una casa en la que ya no están sus padres, así también esa dañina y ponzoñosa lucidez se abate en El viento del sol sobre Anne-Marie, que en su caso cambia el bosque por el asfalto de Portugal impregnando su aire de las desvanecidas notas procedentes de su violín. Pero también, a veces, la densidad de esos mismos instantes pesa y agota, y paraliza, como papel atrapamoscas que no permite la torsión y la posterior alzada de  vuelo.
"Los dos compartían un deseo que era más fuerte que cualquier otra circunstancia o idea: el deseo de escapar de la sistemática contemplación de un segundo que se desliza circular junto a otro segundo hasta formar un minuto que conducirá, de manera ineludible, a otro minuto."
Tal vez sea esa sensación la responsable de esa dualidad entre la inmovilidad y la huida hacia adelante que es una constante a lo largo de todos estos relatos. Y estoy pensando ahora, según escribo, que, a veces, la aparente impasibilidad no es más que una huida hacia uno mismo.
"Nada es forzoso. Ni necesario. Ellos se han ido, y de igual modo podré irme yo."

El mes más cruel - Pilar Adón

Today's picture of Love. Fotografía de storebukkebruse

La huida es un mecanismo de defensa inherente al miedo, y, tal vez sea ése, el miedo, la emoción que funciona de amalgama para todos estos cuentos. La huida de Virginia ya lleva implícito este concepto en su título y la Clara de su relato homónimo se aísla del mundo para vivir en el suyo propio con la única compañía de su gato hecho espíritu. Noli me tangere ya suena a advertencia, a pavor, y en ese cuento sí que hay una clara huida aunque del miedo, como de estos relatos, no se puede huir, el miedo se lleva dentro. 
"El dolor ocurre.
Y, cuando ocurre, el dolor viene -siempre- acompañado."
Son catorce los relatos reunidos en este libro, que vienen además acompañados al término de cada uno por un poema que firma la propia Adón. Me hubiesen gustado que fuesen doce, y no porque me haya sobrado ninguno, sino porque el doce se me antoja un número más ligado a la naturaleza. Doce son los meses del año de los que este exponente que os traigo hoy es el más cruel: abril, el que abre paso a la primavera, con su florecimiento que oculta la muerte, con su sol engañoso, con su lluvia torrencial. La primavera siempre es traicionera y no por conocida su estocada es más benigna que la del frío invierno que ha dejado atrás; al contrario, es más profunda, hiere más.
"Desaparecería así la tiranía de los fumigadores para dar paso a la opresión de los seres cercanos, de esos seres buenos: los seres queridos. Tan magnánimos y tan protectores."
Ésos, los seres queridos, los más cercanos, son los que nos causan la verdadera herida. Aquellos en los que confiamos, de los que no nos esperamos ningún mal y a los que, precisamente por ello, les otorgamos todo el poder para infligírnoslo. Pero, ¿acaso los más cercanos a nosotros no somos nosotros mismos?
"-Porque sé que te gusta. Lo sé.
Tendría que analizar muy pausadamente si tenía razón o no. Tendría que estudiar los límites que marcan la separación entre el dolor y el placer, la gracia y la miseria, entre lo que quería sentir y lo que me dejaba hacer para que sintiera él aquello que buscaba y que no puedo nombrar, porque desconozco el apelativo y porque me veo incapaz de descubrirlo."
Incapacidad. Reconocimiento. Desconocimiento.
Y si no podemos confiar en nosotros mismos: ¿hacia dónde huimos?
Me da miedo el bosque que llevo dentro.

El mes más cruel - Pilar Adón

Verde. Fotografía de Ricardo K K


Ficha del libro:
Título: El mes más cruel
Autora: Pilar Adón
Introducción: Marta Sanz
Editorial: Impedimenta
Año de publicación: 2010
Nº de páginas: 208
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