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Esta adaptación rusa de las famosas aventuras de Munchhausen es, con mucho, la mejor de todas las versiones, tanto en letra impresa como en el escenario; aunque quizá decir “la mejor” sea no decir mucho en este caso, dado que siempre puede un tuerto reinar en el país de los ciegos. No: El mismísimo Münchhausen está en realidad muy por encima de los otros intentos por llevar a la pantalla el trabajo literario de Raspe, y este guión de Grigoriy Gorin es también muy superior al libro.
El barón Karl Hyeronymous von Münchhausen fue un interesante personaje real de la Alemania del siglo XVIII que, según la historia, solía entretener a su audiencia con el exagerado relato… no, más bien con historias descaradamente imposibles sobre sus viajes y aventuras, aunque las contase de un modo tan natural que sería injusto tacharlo de vulgar mentiroso. De este barón y sus cuentos, otro no menos interesante personaje apellidado Raspe, un auténtico bribón, escribió y envió a imprenta una serie de ediciones de un libro (cuya autoría nunca admitió para evitar ser demandado por el barón) bajo el título de Extravagantes aventuras del barón Munchausen (o variaciones sobre el mismo) que, con el devenir del tiempo, se convertiría en un clásico del género de viajes maravillosos o relatos de aventuras, a la altura de un Gulliver o un Robinsón Crusoe.

¿Y cómo clasificamos una película tal? Cuando la fantasía, la aventura, el absurdo, el humor e incluso cierto matiz de ciencia-ficción se usan para proporcionar al espectador cuestiones filosóficas y morales, no hay un género concreto para el resultado; no hay un patrón con el que compararlo. Aun así, el mérito de Tot samyj Mjunkhgauzen está fuera de duda, creo yo; y me atrevo a decir que es una joya, una obra de arte, aunque muy desconocida.


Hay, no obstante, una persona y sólo una que cree ciegamente en él: su entrañable criado, cuya fe más allá de la duda y cuya lealtad sin fronteras resultan conmovedoras. Su afecto por su amo es admirablemente puro, sin mancha de desconfianza o recelo, y en este aspecto está por encima incluso de Marta, la prometida de Karl, que pese a su amor no parece creer del todo en el barón; no sin reparos. Por supuesto siente devoción por él; amaa su singularidad, su carácter divertido, romántico y entretenido; pero su instinto práctico es casi tan fuerte como su amor, y ambas fuerzas libran dentro de ella una lucha que, al final, será heroica: en una de las escenas más emotivas, se ve obligada a decidir entre ser fiel a Münchhausen y condenarlo a una más que probable muerte, o traicionarlo para salvarle la vida.
Pero, ¿qué sería una película rusa sin lágrimas? En uno de los momentos más emocionantes, Karl es arrinconado por la sociedad y por la propia Marta para que renuncie a sí mismo y a lo que más valora en la vida, que es paradójicamente la verdad, la misma verdad a la que no parece hacer mucho honor al contar sus aventuras. Pero no podemos evitar simpatizar con él y ponernos en su piel, compadeciéndolo en su desgracia.
Así, poco a poco, la acción nos lleva con gracia, habilidad y un doble salto mortal del absurdo, hacia un dilema desconcertante, una cuestión que haría empalidecer las dudas de Hamlet, un desafío para cualquiera a quien haya preocupado alguna vez el problema de la coherencia y la honestidad personal. Porque luchar o sacrificarse por la verdad u otro valor que goce de igual prestigio popular resulta trivial en el mundo de los héroes; pero luchar o sacrificarse por la realidad de una fantasía... esto es algo que no he visto antes, excepto quizá en el Quijote. El Münchhausen de Grigoriy Gorin podría ser el mayor héroe de la ficción.

