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El monstruo que ama: una idea que el miedo no nos deja entender | Jorge André Hernández

Publicado el 20 octubre 2018 por Iván Rodrigo Mendizábal @ivrodrigom

Por Jorge André Hernández

(Publicado originalmente en revista Cartón Piedra del diario El Telégrafo, Guayaquil, el 24 de marzo de 2018)

El monstruo que ama: una idea que el miedo no nos deja entender | Jorge André Hernández

Foto tomada de: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton/1/el-monstruo-que-ama-una-idea-que-el-miedo-no-nos-deja-entender

La etiqueta de lo monstruoso lleva siglos marcando a la cultura. Pero quienes escriben sobre ello, descubren que es solo el reflejo de lo humano. Las épocas arrojan los monstruos que necesitan. La historia se puede escribir de monstruos, y en ellos.

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Su apariencia es grotesca, animalesca y espantosa. Dientes y garras afiladas que desgarran carne y derraman sangre. Vive fuera de nuestra moralidad y amenaza con destruirla, impulsado por sus instintos. Fuera de la bondad de Dios, el monstruo es la metáfora para la manifestación de nuestras ansiedades y miedos.

El monstruo en sus inicios era creado para representar el mal como el minotauro o el vampiro. En el ensayo Tres modelos de análisis de lo fantástico (1980), la semióloga francesa Jean Molino coloca al Diablo y la muerte acompañando al monstruo en el bestiario de la oscuridad. En definición, el monstruo es todo lo que un ser humano no representa, pero vive dentro de él.

La evolución de la civilización ha demostrado que el monstruo así como puede asustar, también puede amar. El ‘hombre anfibio’ de la película La forma del agua (2017) demostró que podía querer sin importar la apariencia. La criatura se presenta arrancándole el dedo al coronel Richard Strickland y después desgarra la cabeza de un gato para el desayuno. Y, con una dulce melodía de fondo, lo vemos nadar enamorado de Eliza Esposito, hasta rescatarla de la muerte.

«La idea para mí es que dentro de lo monstruoso está lo bello y dentro de lo normal está lo monstruoso», señaló Guillermo del Toro sobre La forma del agua y su cinematografía. En una entrevista publicada por el portal Konbini, del Toro dijo que el verdadero monstruo en sus películas es el ser humano que intenta controlarte y alinearte a la sociedad.

Según el catedrático Stephen Asma, en su libro On Monsters (2009), el concepto del monstruo alberga términos biológicos, teológicos y morales. El ‘hombre anfibio’ de La forma del agua no es símbolo de la perdición humana, es un personaje de soporte para retratar la inmoralidad de la intolerancia encarnada en el coronel Strickland: obviamente racista y machista.

En el caso de la novela gótica Frankenstein o el Prometeo moderno (1818) de Mary Shelley, en el fondo el monstruo no sería la criatura sino el Dr. Victor Frankenstein, quien desafía los límites de la ciencia para crear vida. El monstruo, como el humano, siempre fue una creación divina que termina albergada por el mal, una diferencia entre ser creado por Dios y ser creado por el ser humano.

La criatura de Frankenstein manifestó virtudes humanas: empatía, apreciación por la vida y capacidad de amar, pero su físico no permitió que lo amen y ese rechazo generó violencia. «Algunos monstruos comienzan siendo inofensivos, pero su propia naturaleza fuerza un giro hacia la malevolencia», insiste Asma, e inferimos que la sociedad empuja a estas entidades a ser malévolas.

Los monstruos, como la criatura de Frankenstein o ‘el hombre anfibio’, son personajes incomprendidos, individuos que viven fuera de la concepción de ‘lo normal’. Aunque no todos son producto de la inmoralidad de la ciencia en esta era de la informática, el androide se hace presente como el monstruo del futuro: el miedo a que la tecnología acabe al hombre.

No todo robot amenaza al humano. En el cuento ‘El hombre bicentenario’ (1976), de Isaac Asimov, un autómata quiere ser una persona. Andrew Martin, androide de protocolo NDR, tiene una falla en el software: él puede tener emociones y sentimientos, y, por lo tanto, algo parecido a un alma.

Desde que Asimov escribió las tres leyes de la robótica en 1942, los robots las obedecen y tienen prohibido lastimar a un humano. El miedo de que los androides ingresen en la paradoja de que para salvar a la humanidad hay que eliminarla, generó la noción de la máquina como monstruo.

Aun así, Andrew, un robot humanizado, se percibe como monstruo por ser diferente tanto a los robots como a lo que la gente ve como ‘normal’. Sin importar que la familia que lo adquiere no lo ve como abominación, sino algo peculiar. Lo extraño, poco a poco, se percibe como monstruoso.

Un inmigrante, una persona de una religión o inclinación sexual diferente pueden crear miedo e intolerancia, lo que podría introducirlos en el espectro de lo monstruoso. El autor de terror H. P. Lovecraft, en Horror supernatural en la literatura (1973), dice: «La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el tipo de miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido».

Si una mayoría considera al otro como monstruo, no indica que este no ame. Doug Jones, quien personificó al ‘hombre anfibio’ en La forma del agua, dijo en una entrevista que «(antes) si eras ‘el otro’, se pensaba que eras anormal o malo pero esta película te dice que está bien ser distinto. (…) tiene un mensaje de amor: si eres ‘el otro’, hay un amor para ti, el amor es posible para todos nosotros».

El amor y el miedo, como se lee en el texto, va cambiando con el tiempo. En su ensayo Monsters on the brain (2014), Stephen Asma sostiene que  la «atracción (amor) y repulsión (miedo) colorean nuestro mundo en una configuración codificada temprana, pero estos cambian y se modifican según patrones experienciales posteriores». Los monstruos mutan en la humanidad, se liman los colmillos, se miran al espejo y encontramos un ser humano en el reflejo.


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