Revista Historia

El mortífero colapso del puente de Angers

Por Ireneu @ireneuc

Las grandes infraestructuras humanas, vistas por el común de los mortales, acostumbran a ser un foco de fascinación y, por qué no decirlo, orgullo de los países que los acogen. Grandes edificios, muelles inverosímiles, presas que parecen desafiar las leyes de la física... son una potente tarjeta de visita para propios y extraños, en los que la comunidad que los construye expresa su poderío económico y avance tecnológico. Los puentes, en esta absurda carrera del "y yo más", no son una excepción, y como si fuera una juerga de solteros borrachos, todos los países compiten por ver quién los tiene más grandes y más largos. No obstante, como obras humanas que son, y por mucho que las propagandas oficiales los vendan como " el no-va-más" de la tecnología, a veces no son tan seguros como pueden parecer ( ver Niza 1979, la historia de un tsunami). O si no, simplemente hay que ver el ejemplo del puente de la Basse-Chaîne, en Angers (Francia), la caída del cual supuso la muerte de más de 200 soldados cuando lo estaban cruzando. Ahí es nada.

Los puentes, por definición, son infraestructuras que están pensadas para salvar obstáculos geográficos a una cierta cierta distancia. Ello implica que se utilicen en ríos y valles, para asegurar una comunicación continua de carreteras, vías de tren u otras infraestructuras. Pero claro, una cosa es hacer un puente para salvar un riachuelo y otra un río de más de 100 metros de ancho, por lo que la tecnología a utilizar ha de ser, por fuerza, diferente y adaptada al presupuesto y moda del momento. Así las cosas, en 1838, el arquitecto Joseph Chaley y el ingeniero Théodore Bordillon estrenaban un puente que salvaba las dos orillas del río Maine, a su paso por Angers. La novedad radicaba en que éste era un puente colgante.

El puente, que se construyó entre 1836 y 1838, consistía en una calzada en acero de 102 metros de largo por 7,20 m de ancho que se sujetaba mediante cables de acero anclados en cada una de las orillas y elevados por sendas columnas de hierro colado de 10,85 metros de alto, proporcionando todo ello una gran estabilidad y resistencia al puente, amén de una agradable imagen de modernidad. No obstante todas las novedades técnicas, si hay algo que es el enemigo numero uno de los puentes es la intemperie. Y en Angers no iba a ser la excepción.

La mañana del día 16 de abril de 1850 se había levantado cubierta y con un auténtico huracán que soplaba canalizado por el valle del Maine. Sin embargo, ello no era obstáculo para el 3º Batallón del 11º Regimiento de Infantería Ligera del Ejército Francés el cual, comandado por el Teniente Coronel Simonet, tenía que ir a pasar revista a la Place de l'Académie, en la otra orilla. El único inconveniente era que Angers no estaba a partir un piñón con el Ejército, por lo que, en vez de cruzar el río por otro puente aguas arriba (el de Haute-Chaîne) y atravesar por medio la ciudad con las tropas formadas (lo cual no les hubiera granjeado muchas amistades), Simonet decidió pasar por el colgante, que pasaba por las afueras.

A las 11.30 de la mañana, el batallón, formado por unas 750 personas se dividió en secciones y, rompiendo el paso para evitar resonancias que pusieran en peligro el puente al marchar en formación, procedieron a atravesar el puente. Un puente que, debido a la fuerza del viento oscilaba de izquierda a derecha de una forma patente ( ver Tacoma Narrows, el puente que el viento se llevó... de cuajo). Con todo, los aguerridos soldados franceses, con sus bayonetas a la espalda procedieron a cruzarlo.

El mal tiempo continuaba, al igual que la oscilación del puente, la cual se hizo más fuerte cuando se empezó a cargar de gente. Los soldados, en tránsito por encima de él, difícilmente se mantenían de pie (los testimonios dijeron que parecían borrachos) pero cuando ya habían cruzado unos 200 se produjo una fuerte explosión: uno de cables había reventado de sus anclajes.

En ese momento, la plataforma se desplomó de la orilla derecha (a sus espaldas) y, en forma de siniestro tobogán, hizo que 483 soldados que aún no habían llegado a la otra orilla se precipitaran al río, muriendo muchos por ahogamiento. La mala suerte hizo que, además de caer al agua de forma desordenada desde unos 6 metros de altura, al llevar las bayonetas caladas, éstas actuasen como auténticas picas de los soldados que iban cayendo, muriendo ensartados por los fusiles de sus compañeros. Pero no fue el fin de las desgracias.

El vendaval, al chocar contra la estructura del puente emitía un fuerte silbido que hizo que los soldados, al ir el uno detrás del otro, no se enteraran de lo que pasaba delante. Ello provocó que las tropas que iban por detrás no oyeran las órdenes de alto de los mandos y acabasen por empujar al río a los soldados que, por suerte, habían quedado en el corte. Suerte que les acabó de abandonar cuando el peso de la estructura que aún quedaba partió las columnas de hierro fundido del soporte de la orilla derecha y les cayó encima, aplastándolos. Los cronistas contaron que el Maine se tiñó de rojo con la sangre de los soldados despeñados. Una catástrofe.

Pese a que los servicios de salvamento actuaron enseguida, y los soldados ilesos se lanzaron al rescate, las barcas de los pescadores que pescaban en las inmediaciones fueron claves para salvar a los accidentados. A pesar de ello, unos 222 soldados murieron (uno arriba, uno abajo, según las fuentes) y otros 261 fueron heridos de diversa consideración, siendo uno de los accidentes por colapso de puente más sangrientos y con más víctimas de la Historia. Pero... ¿cómo pudo pasar semejante desastre?

Las investigaciones llegaron a la conclusión de que, si bien la combinación del viento y del peso de los soldados significaron un peso extraordinario (los soldados pesaban unas 195 toneladas, transformados en 322 toneladas por la fuerza del viento), la solidez de la infraestructura era capaz de soportar hasta 598 toneladas, por lo que, a priori, el puente tenía que haber aguantado. No obstante, los anclajes estaban enterrados en tierra y escondían problemas de corrosión que no eran patentes desde el exterior y que, sumado a la resonancia producida por los soldados al querer mantener la verticalidad, fue lo que provocó la debilitación de los cables y la rotura del puente con las funestas consecuencias antes comentadas.

En definitiva que, a pesar de que el ser humano sea capaz de crear extraordinarias maravillas desafiando todo peligro aparente, hemos de tener en cuenta que, como todo en la vida, para llegar a la cumbre, antes hemos tenido que pasar por infinidad de dolorosísimas derrotas. Unas derrotas que, por impactantes, si no las olvidamos y aprendemos de ellas, nos llevarán, con esfuerzo y ahínco, cada vez más lejos.

Lástima que esta sociedad sea ciega, sorda y amnésica.


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