Revista Sociedad

El observador y lo observado son la misma cosa

Publicado el 10 febrero 2011 por Peterpank @castguer
Se argumenta que uno  encuentra significado en su vida a través del servicio. Pero uno necesita estar libre del miedo y del condicionamiento de la mente antes de poder ofrecer cualquier servicio significativo. La libertad interna es el requisito previo de la libertad social y política.
La verdad es una tierra sin caminos. Ninguna religión es capaz de llevarnos a la espiritualidad o a la libertad. Las religiones son una causa de esclavitud tanto como cualquier otra. Sólo nos pueden ofrecer una jaula o prisión religiosa. Para andar libres tenemos que deshacernos de todas las muletas. Las religiones no son más que los intereses creados de la creencia organizada, separando y dividiendo a las personas. Las religiones se basan esencialmente en el miedo.
La guerra de religiones es una guerra entre lo falso y lo falso, no puede haber conflicto entre lo verdadero y lo verdadero. Las religiones se han convertido en vehículos de propaganda, y la propaganda no es la verdad.
Los políticos una vez llegan al poder su meta principal es permanecer en el poder, por las buenas o por las malas. La historia de la política está llena de decepción, corrupción y desilusión. La política se ha convertido, como la religión, en parte del problema, y no en parte de la solución. La política significa “dividir” y “dominar”; la lucha es por el poder, por los privilegios y por la riqueza. Toda certeza que ofrezcan es sencillamente  mentira.
La verdad no se puede comprender a través de ningún credo, ningún dogma, ninguna sabiduría filosófica, ninguna técnica psicológica, ningún ritual o sistema teológico. La verdad se experimenta de momento a momento, en la red de relaciones. Si las relaciones sirven para establecer marcadas diferencias, será entonces la mentira su vehículo.
Si superficialmente las cosas parecen estar separadas, lo cierto es que fundamentalmente estamos todos totalmente conectados. Especies distintas, razas distintas, culturas y colores distintos, nacionalidades y religiones y políticas distintas. Pero si nos fijamos bien,  inmediatamente veremos que todos somos parte del gran tapiz de la vida. Cuando podemos vernos a nosotros mismos como parte de este glorioso patrón de relaciones, entonces los conflictos entre naciones, religiones y sistemas políticos se acabarán.
Los conflictos nacen de la ignorancia. Cuando ignoramos que toda la vida está interconectada, entonces intentamos controlarnos los unos a los otros. Cuando no existe el entendimiento de que las relaciones son la base de nuestra existencia, entonces sólo hay desintegración en la sociedad. Las relaciones son el cimiento sobre el que todos existimos. Y no hay que ser un gran observador para darse cuenta que todo el sistema político y social está pensado absolutamente para todo lo contrario.
De forma que el problema es mucho más profundo que lo concerniente a religiones o política, comienza en nuestras mentes, nuestros hábitos, nuestras vidas. Existe un condicionamiento constante que ha perdurado durante siglos. Estamos sujetos al condicionamiento y participamos en nuestro propio condicionamiento.
Se nos ha condicionado para creer que el observador es distinto a lo observado, que el pensador está separado del pensamiento. Este dualismo, esta división en compartimentos, es la madre de todos los conflictos, la base de todo dolor y sufrimiento.
Para poder sanarnos, debemos ir más allá de las teorías, las fórmulas y las respuestas prefabricadas que interesadamente nos ofrecen. Debemos estar callados y prestar atención. El silencio y la atención proporcionan la base para la meditación. La meditación es un proceso curativo para las heridas de la fragmentación. Al meditar, las divisiones se acaban y la totalidad emerge. Ya no hay división entre “yo” y “tú”, entre “nosotros” y “ellos”, entre “bien” y “mal”. Cuando no existe el ego, no existe la vanidad, o el miedo, o el aislamiento, la inseguridad o la ignorancia, entonces hay curación y totalidad.
Si no nos transformamos radicalmente, corremos el riesgo de destruir no sólo a la especie humana, sino a la Tierra misma. No es una utopía o un lujo, sino una necesidad. Por favor. Cuando miremos profundamente y nos veamos a nosotros mismos como una parte integral del universo, entonces nuestras mentes parlanchinas se calmarán, la sordidez de la guerra humana desaparecerá, conseguiremos establecer un parentesco profundo y perdurable con la naturaleza.C.M.

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