Revista Educación

El pequeño ‘Bigote’ Arrocet

Por Siempreenmedio @Siempreblog

Bigote

La naturaleza y sus crueles designios. No le bastó con dotarme de un tremendo cabezón, un hambre atroz y unos pies como raquetas de tenis, no. En un alarde de cinismo cruel, mis células madre me tenían preparada, al poco de pisar este mundo, una terrible sorpresa. No había llegado a los 10 años de vida cuando recibieron la orden fulminante: “¡Pelo! ¡Pelo! ¡Pelo!”. ¿Quién en lo más hondo de mi ser daba tales instrucciones? No lo sé, pero el caso es que fueron cumplidas a rajatabla.

Podían haber sido unas cuantas neuronas más para elevar mi cociente intelectual, pero las células se convirtieron en una mata negra de pelo en el sobaco; podían haber aumentado la longitud de mis huesos para despegarme 15 centímetros más del suelo y alcanzar el metro noventa, pero tuvieron que transformarse en unos capilares como alambres brotando del pecho. Y lo que es peor, en un espeso bigote.

Mi fotografía del colegio con 11 años lo dice todo. “¿Qué es eso que tiene debajo de la nariz? ¿Un gato echado?”, se preguntaba la gente al cruzarse conmigo por la calle. En los partidos de baloncesto, los compañeros del colegio me agarraban por las piernas, boca abajo, y barrían con mi mostacho la cancha. Era el niño escobillón, un cepillo humano con una imponente mata de pelo bajo la nariz y la cara llena de granos.

El caso es que mi madre se resistía a que me afeitara. “¡Te vaaas a condenaaaar! ¡Es empezar y no acabaaaaar!”, me decía cada vez que me veía ante el espejo atusándome la brocha. Así fue cómo, un buen día, apareció con el remedio a mis problemas, con el sustituto perfecto de la cuchilla: un bote de Andina. “Se te va a quedar tan rubio que no se va a ver”, me garantizó. El problema era que yo no tenía una pelusa, sino la maldita tundra leporina. Así que me embadurnó la cara con aquella crema, la dejó actuar unos minutos y luego procedió a retirarla con cuidado. Mi padre me contemplaba estupefacto: “Joder, es como ‘Bigote’ Arrocet”, sentenció.

Se imaginarán mi desgracia, aunque bastó un día en el colegio con el cepillo teñido para que en casa aceptaran, por mi salud mental, que lo mejor era que me podara el seto. Y de ahí hasta hoy. Por eso el recortable de la cabecera: a veces, cuando me da morriña, cojo uno, me lo pongo bajo la nariz y me miro al espejo: “¡Piticlín, piticlín!”.


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