Revista En Femenino

El Regreso a Clases:

Por Coachingparamamas

Cuando el verdugo no es un compañero, sino el maestro

Se acerca septiembre y, con él, la liturgia habitual del regreso a clases. Las listas de útiles, la ansiedad por los horarios, las compras de uniformes y los consejos sobre cómo hacer nuevos amigos. Los medios nos hablan del «acoso escolar» como una pandemia entre pares, entre lobatos que se muerden en el patio. Pero nadie, o muy pocos, nos advierten sobre el otro tipo de bullying. El más silencioso, el más devastador y el más difícil de denunciar: aquel que proviene de quienes se supone deben educar.

Mi hijo no regresará a las aulas este año con la ilusión de reencontrarse, sino con el alivio de quien escapa de una celda. Y no huyó de los matones del recreo. Huyó de los adultos. Huyó de profesores.

Criar a un hijo con criterio propio es un acto de rebeldía en un sistema que exige obediencia. Desde pequeño le enseñé a no bajar la cabeza, a debatir con argumentos, a cuestionar la autoridad si esta carece de lógica. Pensé que le estaba dando herramientas para ser un hombre libre. No imaginé que le estaba entregando, sin saberlo, una diana pintada en la espalda dentro de un sistema educativo en decadencia, obsesionado con la repetición y el adoctrinamiento, y aterrorizado ante el pensamiento crítico.

Durante meses vi cómo se marchitaba. No era la tristeza típica de la adolescencia; era el apagón de un espíritu brillante siendo asfixiado. Cuando intentaba sacarle las palabras, cuando le rogaba que me explicara por qué llegaba a casa destruido, su respuesta era un muro de dolor: «Mamá, yo no puedo con esto, es muy difícil».

¿Cómo ibas a creerlo? ¿Cómo iba yo, como madre, a imaginar que el villano de la historia no era un niño con malas pulgas, sino un licenciado con título y sueldo? Nuestra sociedad nos ha programado para confiar en la pizarra y el libro de asistencia. Pensamos: «Seguro que es inadaptado», «Seguro que le falta humildad». Pero la realidad es que, para muchos docentes inseguros, un alumno que piensa fuera de la caja no es un reto intelectual, es una amenaza a su pequeño poder feudal.

El punto de quiebre, el momento en que la niebla se disipó y entendí la magnitud del horror, no ocurrió en una reunión de padres ni en una queja formal. Ocurrió en la banalidad de una secretaría.

Por motivos de mudanza, fui a retirar sus documentos para reubicarlo. Mientras esperaba, detrás de un mostrador, dos docentes conversaban. No hablaban de pedagogía, ni de cómo ayudar a un alumno rezagado. Hablaban de una chica. —Es que esa niña es la toca-pelotas del salón —soltó el Profesor 1, con una mezcla de desdén y rabia. El Profesor 2, lejos de reprenderlo o mediar, le respondió con complicidad: —No te preocupes. Si se llena la firma, queda automáticamente excluida. Así nos la quitamos de encima.

El mundo se me detuvo. Escuché esa frase y sentí un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Si así hablan de una estudiante frente a una madre desconocida, en un pasillo, a la luz del día… ¿Qué dicen de mi hijo cuando cierran la puerta del aula? ¿Qué dicen en los consejos de evaluación? ¿Cómo se burlan de su curiosidad? ¿Cómo se confabulan para «sacarlo del sistema» no porque sea un mal estudiante, sino porque es incómodo para su ego?

Entendí entonces que el bullying institucional existe. Existe cuando el adulto utiliza su poder para someter, para humillar, para «corregir» a quien no se deja «aborregar». El sistema actual no está preparado para los jóvenes que debaten, para los que no repiten como loros la lección del día, para los que tienen dignidad. Y la respuesta de muchos adultos inmaduros que habitan las escuelas no es la educación, es la eliminación.

Hoy, mi hijo está a salvo. Pero mi corazón está roto por todos esos jóvenes que siguen sentados en esos pupitres, escuchando cómo los adultos que deberían guiarlos los llaman «toca-pelotas», «inútiles» o «problemas», mientras planean cómo expulsarlos del mapa.

Este regreso a clases no es una fiesta. Es una alerta. Miren a sus hijos. No solo miren sus notas. Miren sus ojos. Si ven que se marchitan, si ven que pierden su luz, si ven que temen ir al lugar donde deberían aprender a volar… no asuman que es cosa de niños. A veces, el depredador no está en el patio.

A veces, el depredador está detrás del escritorio, calificando con tinta roja la valentía de ser diferente.

La entrada El Regreso a Clases: se publicó primero en Coaching para Mamás.

La entrada El Regreso a Clases: se publicó primero en Coaching para Mamás.


Volver a la Portada de Logo Paperblog