Cuando Asurbanipal llegó al trono, hacia 669 a. C., heredó uno de los mayores imperios conocidos hasta entonces. Sus dominios se extendían desde las costas del Mediterráneo oriental hasta las montañas del actual Irán occidental y reunían pueblos, ciudades, lenguas y tradiciones muy diferentes. Un territorio tan vasto no podía ser gobernado solamente desde Nínive: se encontraba dividido en provincias administradas por funcionarios nombrados por la corona, mientras gobernadores, embajadores, mensajeros y una extensa red de comunicaciones transmitían las órdenes reales y vigilaban las regiones sometidas.
*]:pointer-events-auto R6Vx5W_threadScrollVars scroll-mb-[calc(var(--scroll-root-safe-area-inset-bottom,0px)+var(--thread-response-height))] scroll-mt-[calc(var(--header-height)+min(200px,max(70px,20svh)))]" data-turn="assistant" dir="auto">Asiria combinaba la negociación diplomática con la amenaza militar. Algunos reinos conservaron a sus propios soberanos a cambio de reconocer la supremacía asiria, pagar tributos y proporcionar tropas cuando fueran requeridas. La fidelidad podía ser recompensada; la rebelión, en cambio, provocaba campañas de castigo, destrucciones, saqueos y deportaciones. La violencia no era únicamente una reacción frente a los enemigos: constituía también un lenguaje político, cuidadosamente divulgado para convencer a las demás ciudades de que resistirse al rey resultaba inútil.
Las riquezas obtenidas mediante tributos, botines y redes comerciales fluían hacia el corazón del imperio. Metales, madera, caballos, marfil, tejidos y objetos preciosos alimentaban la economía y hacían posible la construcción de ciudades, templos y grandes palacios. Buena parte de cuanto hemos contemplado en las entradas anteriores —los relieves monumentales, los jardines irrigados, los recipientes suntuarios o la propia biblioteca— dependía de los recursos humanos y materiales movilizados desde todos los rincones del territorio.
Entre esos recursos se encontraban también las personas. Los asirios trasladaron por la fuerza a poblaciones enteras, separándolas de sus lugares de origen y asentándolas en otras regiones del imperio. Estos desplazamientos servían para debilitar posibles focos de resistencia, repoblar territorios, cultivar nuevas tierras y proporcionar artesanos y trabajadores especializados a los grandes centros urbanos. No todos los deportados fueron tratados de la misma manera y muchos pudieron reconstruir sus vidas en sus nuevos destinos, pero el proceso nacía de una imposición y debió de suponer para innumerables familias la pérdida de su hogar y de su mundo conocido.
Aquella movilidad forzada transformó profundamente el imperio. Las personas desplazadas llevaron consigo sus lenguas, conocimientos, técnicas, costumbres y tradiciones artísticas, contribuyendo a crear un espacio extraordinariamente diverso. Asiria no fue, por tanto, una cultura aislada que se extendió intacta sobre otros pueblos, sino una estructura imperial en la que circularon continuamente bienes, ideas y seres humanos, aunque esa circulación estuviera dirigida en gran medida por las necesidades y la violencia del poder.
Este apartado nos obliga así a mirar el reinado de Asurbanipal desde una perspectiva mucho más incómoda. El monarca culto que reunía tablillas y se enorgullecía de saber leer textos antiguos era también el rey guerrero que dirigía campañas, castigaba rebeliones y hacía representar la derrota de sus enemigos sobre los muros de su palacio. La biblioteca y el campo de batalla no pertenecían a dos Asurbanipal diferentes: eran las dos caras de un mismo poder imperial.

Antes de comenzar a recorrer cada una de las escenas, conviene detenerse ante el relieve completo. Este gran panel mural, procedente del Palacio Norte de Nínive y fechado entre 645 y 640 a. C., representa el saqueo de Hamanu, una de las ciudades del reino de Elam conquistadas durante las campañas de Asurbanipal. Tallado en alabastro yesoso, formaba parte del programa decorativo mediante el cual el monarca convirtió las paredes de su residencia en una crónica monumental de sus victorias.
Los relieves asirios no mostraban necesariamente un único instante. En una misma superficie podían reunir acciones sucesivas, escenarios diferentes y las consecuencias de una campaña, creando una narración que avanzaba ante los ojos del espectador. En este caso, el relato se distribuye en tres franjas superpuestas, cada una dedicada a un episodio distinto de la derrota elamita. La rendición, el saqueo, la destrucción y el destino de los vencidos quedan integrados así dentro de una secuencia ordenada.
Contemplado en su conjunto, el panel transforma la guerra en una historia perfectamente organizada y dirigida hacia un desenlace inevitable: el triunfo de Asiria. Sin embargo, al acercarnos comienzan a aparecer multitud de acciones, personajes y pequeños detalles que introducen historias dentro de la gran historia oficial. Por ello, después de esta primera visión general, recorreremos el relieve nivel por nivel, tratando de descubrir todo cuanto sus escultores quisieron contar —y también aquello que la propaganda del vencedor dejó involuntariamente grabado en la piedra—.
Vamos a utilizar recreaciones coloreadas del original solo con una finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.

La franja superior nos sitúa ante la rendición oficial de un rey elamita, aunque la identidad concreta del soberano no puede determinarse con seguridad. La escena se organiza alrededor del carro real que aparece en el extremo derecho. Los caballos, ricamente enjaezados, avanzan precedidos y rodeados por soldados asirios, mientras el vehículo convierte la presencia del vencedor en el centro simbólico de toda la composición. Asurbanipal no necesitaba combatir personalmente para dominar la imagen: su carro, su escolta y el orden del ejército bastaban para representar la autoridad del rey.
Delante marcha una formación de soldados asirios armados con largas lanzas y escudos redondos. Las figuras se suceden con un ritmo casi repetitivo: cuerpos alineados, armas verticales y pasos dirigidos en una misma dirección. No contemplamos el desorden de una batalla, sino un ejército que avanza de manera disciplinada después de haber impuesto su superioridad. La guerra ya ha terminado y la formación militar se convierte ahora en una demostración pública de control.
En contraste con esta rigidez aparecen los elamitas vencidos. Algunos levantan las manos en señal de sumisión, un gesto fácilmente reconocible dentro del lenguaje visual asirio. No ofrecen ya resistencia ni portan armas: sus brazos alzados manifiestan que aceptan la autoridad del conquistador y suplican probablemente clemencia. La diferencia entre ambos grupos resulta deliberada: frente a las lanzas, los escudos y la marcha ordenada de los asirios, los elamitas solo pueden mostrar sus manos vacías.
La escena no pretende narrar una negociación entre iguales. La rendición se presenta como una ceremonia cuidadosamente jerarquizada en la que cada personaje ocupa el lugar que le corresponde: el poder real asociado al carro, el ejército asirio como instrumento de la victoria y los enemigos desarmados reconociendo públicamente su derrota. Incluso sin comprender las inscripciones, cualquier visitante del palacio podía interpretar el mensaje: Asiria estaba armada, organizada y en movimiento; Elam, detenido ante ella, no tenía otra alternativa que someterse.
Aquí la versión coloreada puede ayudarnos especialmente. Al diferenciar suavemente los escudos, las lanzas, los vestidos, los caballos y los distintos grupos humanos, comprendemos mejor una composición que en la piedra desnuda parece inicialmente abigarrada. Pero bajo esa multitud de pequeñas figuras existe una estructura muy clara: el vencedor avanza; el vencido levanta las manos. La propaganda asiria reducía así un conflicto complejo a una imagen sencilla e inevitable de dominio.

La franja central nos introduce de lleno en el saqueo y la destrucción de Hamanu. Si en el nivel superior contemplábamos la rendición oficial de los elamitas, aquí vemos sus consecuencias: la ciudad ha quedado a merced de los soldados asirios, que avanzan entre sus edificios, arrancan sus riquezas y destruyen cuanto podía representar su poder. El relieve ya no muestra una acción ceremonial y ordenada, sino una multitud de pequeñas escenas que se desarrollan simultáneamente.
En la parte superior aparecen las construcciones de Hamanu, identificadas mediante una sucesión de torres y muros almenados. Sobre algunos edificios se elevan lenguas de fuego, representadas mediante formas onduladas que la recreación coloreada nos ayuda a reconocer inmediatamente. La ciudad no está siendo únicamente ocupada: está ardiendo. El incendio convierte la derrota militar en una destrucción física y simbólica, pues alcanza el espacio donde hasta entonces se había concentrado la vida política y material de sus habitantes.
Algunos soldados asirios participan directamente en la demolición. Provistos de picos, palancas y otras herramientas, golpean los muros, arrancan elementos constructivos y desmantelan las fortificaciones. La repetición de estos gestos transmite la impresión de una destrucción sistemática: no se trata del daño accidental producido durante el combate, sino de una operación organizada para inutilizar la ciudad y borrar su capacidad de resistencia. Los asirios no se limitan a vencer a Hamanu; se aseguran de que no pueda volver a levantarse fácilmente contra ellos.
Mientras unos destruyen, otros se llevan el botín. Entre los objetos transportados destaca un trono ricamente trabajado, probablemente procedente de un palacio o residencia de la élite. Su retirada poseía un significado que iba mucho más allá de su valor material: apropiarse del trono era apoderarse de uno de los principales símbolos de la autoridad elamita. Junto a él aparecen recipientes, muebles y otros bienes conducidos fuera de la ciudad. Todo aquello que había expresado la riqueza y el prestigio de Hamanu pasa ahora a manos del vencedor.
La escena está construida mediante una sucesión casi ininterrumpida de figuras: hombres que golpean, cargan, arrastran o transportan objetos. Esa acumulación hace que el saqueo parezca extenderse por toda la ciudad al mismo tiempo. Los escultores asirios condensaron así las distintas fases de la operación en una sola imagen: Hamanu arde, sus edificios son demolidos y sus riquezas salen de ella mientras todavía continúa la destrucción.
Pero el relieve no pretendía denunciar aquella violencia. Dentro del programa decorativo del palacio de Asurbanipal, todo esto constituía una demostración de eficacia militar y una advertencia dirigida a quienes contemplaran la escena. El rey podía castigar a una ciudad rebelde, derribar sus murallas, privarla de sus símbolos de poder y convertir sus bienes en botín. El orden minucioso de la composición transforma la devastación en una operación aparentemente controlada y legítima.
Al acercarnos a los pequeños personajes, sin embargo, la imagen resulta mucho menos impersonal. Cada gesto grabado en la piedra nos obliga a imaginar lo que está ocurriendo detrás de la propaganda: viviendas incendiadas, espacios saqueados y una ciudad entera despojada de cuanto había formado parte de su identidad. Para el palacio de Nínive, la escena representaba una victoria; para los habitantes de Hamanu, debía de significar la desaparición del mundo que conocían.

La franja inferior cambia por completo el ritmo de la narración. Después de la rendición oficial y de la destrucción de Hamanu, la violencia directa desaparece y encontramos una escena aparentemente cotidiana: varios prisioneros civiles comen en un campamento provisional. Sin embargo, esa calma resulta engañosa. Estas personas han sido arrancadas de su lugar de origen y esperan probablemente el momento de ser trasladadas a otra región bajo control asirio.
Los cautivos proceden, según el panel, de las zonas pantanosas del sur de Mesopotamia. Los escultores los distribuyeron en pequeños grupos: algunos permanecen sentados o acuclillados, mientras otros se acercan transportando alimentos y recipientes. Entre ellos aparecen grandes vasijas, cestos y sacos en los que se guardarían las provisiones. El relieve no representa un banquete ni una comida familiar, sino la alimentación organizada de una población cautiva durante una pausa en su desplazamiento.
Resulta especialmente interesante la estructura situada en el extremo derecho. Parece tratarse de una construcción temporal realizada con cañas o materiales vegetales, muy semejante a las viviendas propias de las regiones pantanosas de la Baja Mesopotamia. En su interior o ante su entrada aparecen varias personas, mientras un soldado asirio, reconocible por sus armas, controla el lugar. La arquitectura ayuda así a identificar la procedencia de los cautivos, pero también convierte el campamento en un espacio vigilado del que no pueden marcharse libremente.
La presencia de mujeres, niños y personas sin armas aleja esta escena de las imágenes heroicas del combate. Aquí no contemplamos guerreros vencidos, sino las consecuencias de la guerra sobre la población civil. Asiria recurrió habitualmente a las deportaciones para castigar rebeliones, desarticular comunidades y redistribuir mano de obra por el imperio. Agricultores, artesanos y otros trabajadores podían ser enviados a territorios muy lejanos, donde debían reconstruir sus vidas al servicio de las necesidades del Estado.
Para la propaganda palaciega, esta alimentación de los prisioneros podía expresar capacidad de organización: el ejército asirio no solo conquistaba ciudades, sino que clasificaba, custodiaba y mantenía a las poblaciones sometidas durante su traslado. Pero, observada desde nuestra perspectiva, la escena posee un sentido mucho más humano y doloroso. Los cautivos comen, conversan y atienden a sus hijos mientras a poca distancia —en la franja situada sobre ellos— la ciudad arde y sus riquezas son saqueadas. La aparente normalidad de la comida contrasta con la destrucción de todo cuanto hasta entonces había formado parte de sus vidas.
El panel concluye, por tanto, no con el fragor de la batalla, sino con sus consecuencias. Arriba, el vencido se somete; en el centro, la ciudad es desmantelada; abajo, sus habitantes esperan bajo vigilancia. La guerra ha terminado para los soldados, pero para aquellos prisioneros comienza ahora otra historia: la del destierro, la pérdida del hogar y la obligación de vivir lejos del mundo que conocían.
