A Danni Askini, una enfermera estadounidense de 38 años, le acababan de cambiar la medicación de su tratamiento contra un linfoma. Por eso, cuando a finales de febrero comenzó a sentir falta de aire, dolor en el pecho y jaqueca, lo primero que hizo fue llamar a su oncólogo. Él le recomendó que fuera directamente a urgencias. Allí, los médicos le dijeron que se trataba de una neumonía y la mandaron de vuelta a casa.
Días después Danni empeoró. Empezó a tener fiebre alta y ataques de tos. No fue hasta su tercera visita a urgencias cuando los médicos accedieron a hacerle la prueba del coronavirus, que dio positivo. La enfermera fue informada de los resultados una vez en casa, en la recta final de su recuperación, y no tuvo mayores complicaciones para derrotar a la enfermedad. A pesar de ello, Danni recibió unos días más tarde una noticia que la dejó fuera de juego: debía abonar una factura de 35.000 dólares por la prueba y el tratamiento a los que había sido sometida. El coronavirus la sorprendió en medio de una mudanza y no estaba asegurada. Ahora no sabe cómo va a afrontar semejante gasto.
La historia de Danni Askini es tan solo una pequeña muestra de la avalancha que se le v...
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