El camión del tapicero, que ameniza las mañanas de algunas zonas costeras con su megafonía, me produce mucha ternura, a la vez que me intriga hasta el infinito.
¿Conocéis a alguien que haya tapizado algo en el camión? ¿Tienen catálogo de telas? Si quieres tapizar un sofá con chaiselonge, ¿también se lo llevan?
Reconozco que la intriga supera a la ternura y me lleva a preguntarme aún más sobre el misterioso mundo de los tapiceros motorizados.
¿Hay algo oculto en el camión? Puede que, además de vivir intrigada, viva en la inopia, algo que me vendría muy bien para evitar ciertas realidades mundiales. Por otra parte, las zonas costeras son muy propicias a ciertas ilegalidades…
Resumiendo: el camión del tapicero me suscita las mismas dudas que esas tiendas de gominolas de gran tamaño, que suelen ubicarse en las mejores zonas comerciales de cada ciudad y que nunca tienen clientela. Sí, sí, la de los barriles de madera llenos de chuches del tamaño de mi cabeza. ¿No os parecen misteriosas?
Pero prefiero volver al tapicero, dejando para otra ocasión el mundo de la chuchería sospechosa: cuando el domicilio al que llegan no es propio, ¿te tapizan también o hay cierta discriminación hacia los alquilados con necesidades tapiceras? ¿Cuántos camiones hay? ¿Son familia?
Podría pasar horas planteando todas las preguntas que se me han ocurrido a lo largo de mis muchos años de vivir en la costa, pero no soy tan pesada como el tapicero y prefiero dejarlo aquí.
Me quedo con la alegría que me ha dado escuchar a mis amigos los tapiceros, porque significa que hace sol, que vivo cerca de la playa y que tengo una cesta llena de tarros de crema con protección elevadísima y una colección de complementos veraniegos ideales.
Lo que nos hace feliz no debe ser esporádico o misterioso, como el camión del tapicero.
