Revista Sociedad

El teléfono móvil

Publicado el 11 enero 2012 por Hogaradas @hogaradas

Por Hogaradas
Sigo sin entender, y estoy segura de que no llegaré a hacerlo nunca, la falta de pudor de algunas personas a la hora de airear su vida públicamente, y no me refiero a quienes lo hacen en televisión talón en mano, sino a todos los que a diario, y a través de su teléfono móvil, lo hacen de manera totalmente gratuita.
Como sucede con todo, las nuevas tecnologías tienen su parte positiva y negativa, y sobre todo, cuanto mejor se utilicen, mucho más ventajas conseguiremos sacar de las mismas, al menos en mi modesta opinión.
El teléfono móvil, sin el que tantos ańos vivimos y a cuya ausencia sobrevivimos, como diría aquella famosa, “divinamente”, se ha vuelto imprescindible en nuestro día a día y se ha colado en nuestras vidas para no permitirnos disfrutar de esos momentos de intimidad o de privacidad tan preciados y que tanta falta hacen. Y no soy precisamente yo la más indicada para decir esto, si tenemos en cuenta que tengo bastante poco pudor en desconectarme cuando hace falta, incluso del fijo si así lo estimo oportuno y viajar a esa isla desierta en la que por no haber, no hay ni un teléfono móvil con el que comunicarme con el exterior y conseguir volver a tierra, pero también sé que hay muchas otras personas, quizás las más, que o no quieren, no les apetece o ya no pueden llevar a cabo esa idílica huída.
Cuando comenzaba esta Hogarada pensaba en el autobús, al que nunca suelo subir con el tono encendido, puesto que no me gusta ir hablando y, en consecuencia hacer de mi conversación un auténtico monólogo para todos a quienes no les queda más remedio que escucharme, o bajarse en la próxima parada, y tampoco me agrada tener que llevar el teléfono pegado a mi oreja y tener que ir susurrando mientras que mi interlocutor debe hacer acopio de toda su capacidad auditiva para enterarse de lo que digo. Al fin y al cabo es tan sencillo como, una vez llegada a la parada, echar un vistazo y devolver la llamada, si resulta que se ha producido alguna durante el trayecto.
Esta mańana asistí, no por devoción, que maldita las ganas que tenía de ir aguantando a aquella muchacha que más que hablar gritaba, sino por obligación, a uno de esos monólogos en los que la monologuista le importa un pimiento airear su vida a los cuatro vientos para, me imagino que también, disfrute de alguno o alguna que seguro tendría la antena puesta, y horror de quienes intentábamos evadirnos e incluso pasamos vergüenza ajena.
Su alegre parloteo duró un buen rato, el mismo durante el que intenté evadirme de aquel tono de voz que recorría el autobús a la vez que se mezclaba por cada rincón que quedaba libre entre tantas y tantas personas que intentábamos llegar sanas y salvas a nuestro destino. Cansina, esa es la palabra con la que mejor la definiría, muy cansina, me imagino que quizás también para quien al otro lado, la estaba escuchando, aunque quizás también se encontrara recitando en algún lugar público y encantada o encantado, de ser también la o el protagonista de su propio monólogo.
Al final, y después de habernos contado parte de su vida y milagros, escuché, no con cierto asombro, su despedida y punto final:”Bueno, hasta otro momento, y muchísimas gracias por haberme escuchado”, instante en el que tuve que morderme la lengua para no decirle, con el mayor de los respetos, que fuera lo suficientemente amable para agradecer también a toda la audiencia viajera su atención y su aguante.
Decididamente, hemos perdido una buena parte de nuestra intimidad, unos por méritos propios y otros por esa persecución implacable que a veces supone el tono y el politono de ese celular que nada más descolgarlo nos devuelve una voz que nos pregunta dónde nos encontramos.


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