Revista Cultura y Ocio

El tesoro de Minerva (5)

Por Julio Alejandre @JAC_alejandre

Al despertarse, los familiares sonido de Kem Park entraban con toda nitidez por la ventana abierta. La cortadora de césped del vecino colindante, alguna radio a todo volumen, voces cercanas, el estruendo sordo de los motores de los vehículos y el insistente silbato de la locomotora de un inacabable mercancías. Sentía una pesadez enorme en los párpados y una rigidez en las articulaciones del cuello y de los hombros. Despegó con cuidado su humanidad del escritorio y vio la pantalla muerta del ordenador, que no recordaba haber apagado, la tesina de Helen Wozniak, abierta por la bibliografía, y las desordenadas hojas en las que tomó algunas notas apresuradas; poco a poco, fue recordando su actividad de la víspera y recuperando el hilo de sus pensamientos.

ventana de descarga

Miró la hora en el reloj: por Dios, se dijo, qué tarde es, así que se levantó con presteza y, quitándose sólo la camisa, se enjuagó la cara en el cuarto de baño y se dio un rápido baño de aleta, corrigiendo con desodorante y abundante perfume el exiguo lavado. No se detuvo siquiera a prepararse una taza té y unas tostadas, como solía, pues en media hora debía examinar de historia medieval a los alumnos de tercer año. Cogió las llaves de su vehículo del pequeño aparador junto a la puerta, descolgó la cazadora del perchero y salió a la calle. Mientras conducía no dejó de lucubrar ni un momento sobre los sucesos de la noche, si bien con la luz de la mañana se sentía menos propenso a fantasías y más inclinado a la crítica y el escepticismo. Debía informar a sus compañeros, aunque no sin antes hacer algunas averiguaciones sobre la estudiante en cuestión y contactar con ella y, por supuesto, comprobar de nuevo el insólito website para asegurarse de que no había sido todo una producción onírica.

Aquel día la actividad en el 515 de Portage Avenue no era muy intensa, y cuando llegó al aula, sólo un minuto antes de la hora prevista para la prueba objetiva, los alumnos ya lo estaban esperando, sorprendidos de verlo aparecer después que ellos. El tiempo que duró el examen, y las dos clases que lo siguieron, el profesor estuvo dominado por una inquietud inusual, mirando con frecuencia hacia el reloj y perdiendo el hilo de las explicaciones. El receso para el lunch le proporcionó un intervalo de libre disposición y Tim Crouse acudió directamente a su despacho, eludiendo pasar por la sala de profesores y saludando con prisa a quienes se encontró por el pasillo. Al sopesar cómo proceder con los compañeros respecto al hallazgo, había decidido darse un margen de tiempo para revisar otros textos y realizar algunas comprobaciones sobre su presunta verosimilitud, antes de correr el riesgo de que se burlasen de su credulidad y lo tomaran por ingenuo.

Ya en su cubículo, sentado frente al ordenador, en primer lugar buscó en la intranet de la Universidad los datos de la alumna, pero en lugar de hallar la información requerida se encontró con que su nombre había sido retirado. Sorprendido, descolgó el teléfono y marcó el número de secretaría para averiguar la causa de tal irregularidad. La persona que lo atendió, tras teclear frenéticamente durante unos segundos, lo puso al corriente de que la alumna no había pagado la cuota correspondiente a los dos últimos meses y, por tanto, siguiendo la política administrativa de la institución, había sido dada de baja. En todo caso, le remitió por fax una copia de su ficha personal. Su nombre completo era Helena Yaroslava Wozniak, nacida en el año ochenta y cuatro en Belgorod, Rusia. No había fotografía de ella, ni tampoco teléfono de contacto, aunque sí un correo electrónico, del que el profesor tomó nota en su agenda. La dirección postal correspondía a Saskatoon, Saskatchewan, donde había una numerosa comunidad eslava. No obstante, antes de dar ningún paso para contactar con Miss Wozniak, se dispuso a verificar de nuevo, con los ojos bien abiertos, el templo del conocimiento.

Repitiendo el proceso de la noche anterior, pronto se encontró ante el mapamundi y después el mosaico romano y la diosa Minerva con el rollo de papiro en la mano izquierda. A continuación, tecleó el usuario, “Terminator”, introdujo el password en el espacio reservado para ello y pulsó sobre el botón Aceptar.

¡Plic!: el sonido breve, precursor de complicaciones, acompañó a una ventanita rectangular que informaba de que la contraseña era incorrecta. Un jarro de agua fría no habría sorprendido ni molestado más a Mr. Crouse, que de esta forma tan inoportuna veía interrumpido su acceso a Biblos. Durante unos instantes permaneció inmóvil, observando fijamente el recuadro gris, como si pudiera hacerlo desaparecer por la sola fuerza de su mirada. Pero como no fue así, escribió la clave nuevamente, caracter a caracter, teniendo la precaución de comprobar que estuviera desactivado el bloqueo de mayúsculas. El resultado no varió: el mismo sonido electrónico, la misma insidiosa ventana.

El profesor sintió un desagradable picor en la nuca y se rascó nerviosamente, hundiendo con fuerza las uñas entre los desordenados cabellos. Antes de intentarlo por tercera vez, pues había experimentado con anterioridad las catastróficas consecuencias que ese número podía tener en los sistemas informáticos, revisó el correo recibido la noche anterior, proporcionándole la clave: incluía la bienvenida al dominio como nuevo usuario, la secuencia alfanumérica, el aviso de que el correo se había generado automáticamente… etcétera, etcétera, etcétera; pero más abajo, en unos renglones que había obviado leer, se advertía del número limitado de usos con que contaba –y tan limitado, ironizó el profesor– y que, una vez cumplidos, la contraseña perdería toda validez debiendo obtener una nueva para volver a entrar. El gesto de contrariedad que se había instalado en su cara se hizo más desabrido y la picazón se le extendió por los brazos y por el pecho: obtener, repitió, ¿qué demonios significa obtener?

Lo único que se le ocurrió fue rellenar nuevamente el exhaustivo y peregrino formulario de registro para que le proporcionasen una segunda clave. Mientras lo hacía, en su mente iban incubándose los más funestos presentimientos, que se vieron confirmados cuando el sistema le impidió finalizar el formulario a causa de una absurda paradoja: su nombre ya estaba registrado. El profesor soltó el ratón y su mano derecha fue crispándose hasta convertirse en un puño, con el que descargó un golpe contenido sobre la madera del escritorio al tiempo que mascullaba un basto reniego. Antes de abandonar definitivamente la tarea, se tomó el tiempo de examinar cada rincón del sitio web en busca de alguna información respecto a sus autores, propietarios o financiadores, alguna explicación respecto a su contenido, la supuesta procedencia de los textos que albergaba, o cualquier otro dato que le pudiera dar alguna pista para sobre Biblos. Pero no encontró nada. Ningún hipervínculo, ninguna referencia, ningún texto aclaratorio o explicativo.

Resignado, apagó el ordenador y salió el despacho. Se sentía frustrado y engañado: durante unas horas había vivido una quimera, una suerte de omnisciencia histórica, había tenido la posibilidad de acceder a una suma enciclopédica de conocimientos y a un bagaje de erudición que se consideraban perdidos para siempre, y apenas un día después debía renunciar a todo ello. No tenía ganas de hacer nada, ni soportar a sus colegas en la cafetería mientras comentaban frívolas anécdotas sobre los alumnos, ni afrontar una tarde en la que tenía programadas varias sesiones tutoriales con estudiantes de cuarto año, ni corregir los exámenes de la mañana, así que cuando terminó la jornada laboral y subió a su vehículo sintió una suerte de liberación, siquiera para poder lamentarse en voz alta o ensimismarse en sus cuitas sin necesidad de dar molestas explicaciones.


Volver a la Portada de Logo Paperblog