
Relato presentado para la antología
TRIPAVACIA de Literentropia
La camioneta recorría la polvorienta carretera desde hacía horas. No habían visto a nadie con vida durante la última semana y hacía tanto calor, que ni las chicharras cantaban. Guada y Lupe necesitaban encontrar pronto algún lugar en el que poder abastecerse de agua y sobretodo comida. Aún les quedaba algo agua, pero llevaban sin comer dos días ya, y la sensación de hambre era insoportable. No encontraban demasiadas casas que no hubiesen sido saqueadas por otros supervivientes, al igual que los comercios. Habían aprendido por las malas a no confiar de primeras en la gente. Solo se tenían la una a la otra. Al fin y al cabo eran primas. Sus padres eran hermanos, los cuales habían decidido poner el nombre de la madre de ambos a la primera de sus hijas, por lo que las dos se llamaban como su abuela Guadalupe.
Guada García era la única hija de Paco García y Puri Fernández, y la mayor de las primas a sus veinticinco años. Con veintitrés, Lupe García, era la hija mayor de Pepe García y Paqui Rodríguez, y tenía un hermano diez años más joven, Borja.
Cuando todo empezó, las dos se encontraban trabajando en Madrid. Guada como dependienta en una tienda de lujo en pleno corazón de la ciudad, y Lupe como becaria en una editorial dedicada a la novela rosa. Se podría decir que ninguna era el estereotipo de heroína aguerrida de la historia, y sin embargo, ahí estaban, con la ropa y el pelo pegados por el sudor y añorando el tiempo en el que se dieron una ducha por última vez, seis meses después de que todo empezase a irse al garete.
No sabían nada de sus familias, aunque probablemente estuviesen muertos, o eso, almenos, eran lo que querían creer, ya que para ellas, sería muy duro saber que podrían ser uno de aquellos no muertos que vagaban por un desolado mundo. Aunque también cabía la posibilidad de que estuviesen vivos, pero cuando hablaban sobre ello, acababan aceptando que lo mejor era ser realistas, y que el porcentaje de vivos era irrisorio, y que ellas eras unas ¿afortunadas? por seguir aún con vida y tenerse como apoyo.
Habían ido turnándose para conducir, su idea era la de encontrar a su familia en Madrigal de la Vera, donde todos se encontraban en el momento del comienzo de la pandemia. Pero antes que nada, necesitaban encontrar comida con urgencia. Vieron a lo lejos el edificio rojo de un supermercado, irían a ver si aún podían encontrar algo que llevarse a la boca. Cuando se acercaron con el vehículo lo más que pudieron a la puerta del comercio, se dieron cuenta de que un grupo de diez zombis se encontraban merodeando cerca la entrada.
—Lupe, tenemos que atacar rápido, están bastante separados los unos de los otros. Así que vamos a ver si podemos cargarnos a cinco cada una. No nos esperan, aunque ya sabes que en cuanto sepan que estamos aquí se nos tirarán encima como perros rabiosos.
—Sí Guada, llevo los dos machetes, y menos mal que la adrenalina por saber que algo de comida puede esperarnos allá dentro, hace que mi cuerpo no sienta el cansancio en estos momentos.
—A mí me pasa lo mismo, pero no nos vengamos arriba, ¿vale prima? Siempre cautelosas.
Y con un golpe de cabeza a modo de afirmación por parte de Lupe, las dos se separaron y fueron a por los zombis que estaban más alejados de la entrada. Con golpes certeros, Guada se cargó a los cinco que le tocaban, clavándoles los puñales asegurando de alcanzarles el cerebro. Lo más fácil era a través de una de sus cuencas oculares sin vida. Le dio un vuelco al corazón cuando reconoció a la señora Petra y a su marido Aquilino. Aquel día más que nunca, sintió que acababa con ellos por piedad. No entendía el por qué de tanta inquina y rabia en algunas películas del género hacia los no muertos, cuando ellos eran las verdaderas víctimas. Cuando cualquiera de ellos podría ser otro de aquellos seres. Pensándolo friamente, ningún podrido tiene nada personal en contra de nadie para atacarle, matarle o para que se convierta en la misma cosa que son ellos si logra zafarse, y busca refugio cuando ya es demasiado tarde porque lleva el virus zombi corriendo irremediablemente por el torrente sanguíneo.
—¡Guada! ¡Guada! ¡Te necesito!
Los gritos de Lupe la sacaron de su ensimismamiento. Lupe se había cargado a tres de los cinco que le tocaban, pero los dos últimos la tenían agarrada, cada uno por un brazo, y tiraban fuertemente de ella. Al acercarse, Guada se dio cuenta de quienes eran, su tía Paqui y su primo Borja. La chica, rápida y ágil como una culebra, terminó con ellos. Ahora el lugar parecía estar vacío de no muertos.
—Lo siento prima. Me quedé bloqueada… —No pasa nada peque.
—¿Te han mordido? —preguntó Guada preocupada.
—No, por suerte. No quiero dejarte sola —contestó Lupe con una sonrisa triste— Perdóname. No sé qué me pasó, me quedé parada, no supe reaccionar a tiempo.
—Lo que pasa es que eres humana y tienes sentimientos. A mí me hubiese pasado lo mismo, no te tormentes.
—¡Pero no has dudado ni un segundo en deshacerte de ellos!
—Incorrecto. No he dudado ni un segundo en salvarle la vida a mi prima. Y ahora, vamos a ver que encontramos ahí dentro.
Las dos mujeres se adentraron en la penumbra del supermercado con una linterna cada una. Donde alguna vez estuvieron las frutas y las verduras, solo quedaba algún resto podrido. Las estanterías estaban prácticamente vacías, pero pudieron coger un par de latas de atún y una de sardinas además de un paquete de galletas María. Y de pronto, el haz de luz de Lupe le mostró el paquete de un dónut solitario, uno de los normales, de los de toda la vida. Redondo, dorado, brillante, con su azúcar... increiblemente intacto. La chica lo cogió con cuidado.
—¡Mira Guada! ¡Un dónut! ¡Un dónut!
—¿Solo hay uno?
—Sí... pero voy a compartirlo contigo. ¿O acaso lo dudabas?
Guada y Lupe se sentaron en el suelo apoyando sus espaldas contra el estante de la zona de panadería. Abrieron el paquete y partieron en dos aquel dónut. El sabor dulce del bollo enloqueció a sus papilas gustativas, el azúcar se fundía en sus bocas, dejándoles un regusto que las transportaba a su niñez. Aquel pedacito les supo a gloria y sus estómagos rugieron al ser reconfortados con algo de azúcar. Como ya estaba anocheciendo, decidieron que dormirían allí mismo. Ya tendrían tiempo al día siguiente de ir a ver el segundo supermercado que estaba a pocos metros de allí. Y con el sabor del dónut en sus bocas, se quedaron dormidas.
