Revista Cultura y Ocio

Electra

Publicado el 05 agosto 2017 por Rubencastillo
Electra
Resulta curioso comprobar la manera en que los adelantos científicos pueden llegar a desbaratar los argumentos y las tensiones emocionales de algunas obras literarias. Si nadie se ha entretenido en elaborar un estudio sistemático sobre esa línea le animo a que se ponga: podría resultar muy ilustrativo. Por ejemplo, en el caso de Electra, la pieza dramática que Benito Pérez Galdós estrenó en 1901, con extremadas reacciones entre el público.Nos encontramos con una protagonista joven, locuela y pizpireta (Electra), que vive acogida en casa de los García Yuste. Su madre fue una mujer de vida disipada que acabó sus horas en un convento; y de su padre no hay constancia fehaciente. El virtuoso matrimonio, de amplios poderes económicos y nobles intenciones, considera tarea primordial arroparla para que no siga el infecto camino de su progenitora, pero en ese afán interfieren también algunos amigos de la familia, como el agente de bolsa Leonardo Cuesta o el marqués de Ronda. Y, como elemento sentimental, la presencia de Máximo, un científico viudo de 35 años ante el que brillan los ojos de la muchacha… Pero don Salvador de Pantoja (quien se encarga de encarrilar y vigilar estrechamente a Electra) no ve con buenos ojos esta relación y desliza en los oídos de la joven la insidiosa información de que ella y Máximo comparten sin saberlo el mismo padre. Como es natural, se produce en el ánimo de la protagonista una violenta explosión, que la lleva a ingresar en el mismo convento donde murió su madre.No desvelaré la continuación de la trama, ni sus exquisitos pormenores teatrales y psicológicos, ni el final que Benito Pérez Galdós dispuso para sus personajes, pero sí una consideración general: ¿cómo juzgamos hoy en día (cuando apenas un análisis de sangre permite confirmar o desmentir este tipo de afirmaciones) piezas como Electra? Una respuesta apresurada nos llevaría a desdeñarlas, por obsoletas. Pero de inmediato brota una rectificación: no, de ninguna manera. La finura exhaustiva con la que se disecciona el corazón de los protagonistas, la red oscura o purísima de sus intereses, el perfecto ritmo de su prosa, la crítica acerba pero justificada hacia los estamentos económicos y religiosos de su tiempo, hacen de este drama una obra imperecedera, airosa y firme, que ha quedado en los anales de nuestro teatro.

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