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Eliot Weinberger. Algo elemental

Publicado el 21 mayo 2010 por Santosdominguez
Eliot Weinberger. Algo elemental
Eliot Weinberger.
Algo elemental.
Traducción de Aurelio Major.
Atalanta. Ars brevis. Gerona, 2010.
Eliot Weinberger (Nueva York, 1949) es uno de los intelectuales más poliédricos y lúcidos de los Estados Unidos. Mucho antes del 11-S advirtió del peligro de Bush y del golpe de estado que le llevó a la Casa Blanca. Editor y traductor de poetas como Huidobro, Paz y Bei Dao, o de las Siete Noches de Borges, su obra ensayística se caracteriza por una inusual mezcla de densidad intelectual y fluidez expresiva e imaginativa.
Weinberger escribe ensayos como poemas y explora un territorio de frontera entre géneros. Lo raro no es la búsqueda de esa zona en la que, como en los presocráticos, confluyen pensamiento e intuición, poesía y conocimiento, descripción y hallazgos verbales. Lo verdaderamente extraordinario es que Weinberger encuentre ese lugar y se instale en él para escribir un libro de las maravillas como Algo elemental, que acaba de publicar Atalanta.
Con lo que el hombre puede asir / hace el poema, escribía el mexicano Homero Aridjis en un texto que tradujo Weinberger al inglés. Y de esa misma materia fugitiva y poética están hechos estos textos, escritos con la pericia de quien conduce al lector por un mar de historias que aluden a la variedad del mundo, a la música del desierto peruano, al viento y el hueso en equilibrio en la metáfora del poema que es un pájaro, a los tigres de William Blake y al sabor de la primavera, al hielo y los mandeos que viven en la frontera entre Irán e Irak, a los vórtices cartesianos y al vacío que engendra el universo en el Tao, a los monjes benedictinos y a los lagartos del Nilo.
Si Borges imaginó el universo en la forma de una biblioteca, en las páginas de Algo elemental Eliot Weinberger resume el universo en la forma de un libro que contiene historias orientales y americanas, leyendas europeas y cosmogonías africanas. En sus páginas conviven, como en un aleph, la Cartago del año 203 y la Italia milagrera del Barroco, el Ohio de 1845 y la China del siglo II a. C.; en sus capítulos se evoca a Empédocles, que confundió memorablemente poesía y ciencia y dejó una sandalia en la ladera del Etna antes de bajar al interior del volcán, y a Valmiki, el sabio indio que se retiró al bosque como el héroe Rama que protagonizó su epopeya.
Escribí al principio que a veces los ensayos de Weinberger son poemas. Dejo aquí tres ejemplos que me ahorran cualquier comentario añadido.
El primero (El Sáhara) es una indisimulable greguería:
Las patas de los camellos dejan en la arena huellas de hoja de loto.

El segundo es un fragmento de El viento:
El viento era la venganza de los antepasados descontentos. Provenía de la boca de las serpientes, y los chamanes vestían su piel para que el viento los llevara al otro mundo; en China o en México, el chamán era dibujado dentro de las fauces abiertas de una serpiente.

El último pertenece a Las estrellas, un texto de tono presocrático construido a base de imágenes que funden el lenguaje de la ciencia con el de la poesía, la experiencia con la alucinación, la mitología con la física:
Las estrellas: ¿qué son? Son trozos de hielo que reflejan el sol; son luces que flotan en el agua más allá de la cúpula transparente; son clavos en el cielo; son agujeros en la gran cortina que hay entre nosotros y el mar de luz; son agujeros en la dura concha que nos protege del infierno que hay más allá; son las hijas del sol; son los mensajeros de los dioses; son condensaciones de aire en llamas que tienen forma de rueda y rugen a través del espacio que hay entre los radios; se sientan en sülitas; son casas esparcidas por el cielo; hacen recados a los amantes; son composiciones de átomos que caen por el vacío y se enredan entre sí; son las almas de los bebés muertos convertidas en flores del cielo; son aves cuyas plumas arden; fecundan a las madres de los grandes hombres; son brillantes concentraciones del aliento espiritual, hechas con los residuos sobrantes de la creación del sol y la luna; auguran la guerra, la muerte, el hambre, la peste, las buenas y malas cosechas, el nacimiento de los reyes; regulan los precios de la sal y el pescado; son las simientes de todas las criaturas de la tierra.
Quienes tengan el privilegio de leer estos textos que están entre el ensayo, la narración y la poesía, los recordarán siempre como una experiencia irrepetible en la que Weinberger hace cómplice al lector de su sensibilidad, de su curiosidad intelectual y de su talento literario.
Santos Domínguez

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